El 21 de octubre, mientras vacacionaba en Grecia recibí un mensaje de mi querida Ernestina Pais diciendo: ‘Rodrigo, me perturba much ver tus fotos con un pequeño niño o criatura. Adoptaste un nene o sos medio del team La Faraona? Digo… qué pasa? Tuvo un pibe? Qué onda?’. Un poco antes, mi amigo Edu Torres me decía: ‘Rodrigo, por donde andás? Y qué hacés tanto tiempo con un menor?’. Una alumna me aconsejó que me llevara a uno de ellos como ‘chihuahua’ en el bolso y llegó incluso a decir que ‘me quedaban bien’. A decir verdad, la frase ‘te quedan bien’ se repitió una y otra vez. Mi respuesta a Ernestina no tardó en ser enviada y fue: ‘No, homofoba del orto!!! No se puede ser gay y tío? Hay que adoptar o ser pedófilo? Esas son las dos únicas opciones? Son mis sobrinos (hijos de mejores amigos) y, obviamente nos amamos’.

Si bien pude colocar con cierta velocidad de reflejos los puntos sobre las íes, todo los intercambios e incluso la sorpresa de muchos de mi (para nada nueva) buena relación con los niños (todo esto en medio del escándalo de Martin Cirio) ameritan cierta reflexión. En los dichos de Pais y Torre, la sociedad heteronormativa (aunque Edu Torre es gay pero desde hace un tiempo vive una vida de ama de casa urbana -tecnificada- en un contexto de pareja gay homonormativa en la que habitualmente sale a dar vueltas con la suegra) me planteaba con ese tono de cariño transformado en latigazo en el que los ‘amigos’ argentines y mediterraneos suelen ser especialistas era que como gay mi acceso a los niños debía ser solo superficial o pseudo-heterosexual: ‘te quedan bien’, ‘llevatelos en la valija’ o ‘qué hace al lado tuyo’. Me queda claro que en mi condición hijo único gay, para mucha gente, yo había quedado excluído del accesso a ese tipo de amor. En tanto gay (sin pareja a lo Ricky Martin/Flavio Mendoza) solo se me imaginaba entre dos escenarios excluyentes: la perversion (dentro de las cuales estan la pedofilia -obviamente penalizable- y la homosexualidad que hasta hace muy poco era científica y penalmente considerada como un crimen) y la posibilidad de formar una familia heterosexual adoptando o teniendo un bebé diseñado de acuerdo a los criterios narcisistas en los que la logica del accesorio y la proyección del propio narcisismo acaban combinandose. En realidad, nadie habló de ‘familia gay’ sino de definir esa relacion con el niño ya que la ambiguedad era planteada como ‘intolerable’ de manera explicita por Pais.

El amor que recibí de estos niños llegó en un momento muy especial. El final del primer lockdown (y digo primero porque el proximo jueves comenzamos en Inglaterra el segundo) no me dejó bien parado. Al principio, tomé la cuarentena como una oportunidad para hacer lo que me gusta: estar solo y no tener que ver gente. De hecho mi mudanza a la costa inglesa habia tenido que ver con escaper de las distracciones y el ruido de Londres -tras años de ser una especie de socialite- para acercarme mas a la naturaleza y concentrarme en lo que realmente me gusta que son mis estudios sobre arte y la escritura. Sin embargo, aquellos que vivimos solos y no tenemos hijos en un lugar previsible como Inglaterra (donde no hay imprevistos como en Argentina) tendemos a estructurar neuroticamente nuestra vida de manera lineal en el sentido de que todo está agendado y el sistema en el que todos estamos inmersos está diseñado para que nadie pierda el tiempo y todos puedan ser lo más productivos posibles. Esto es algo que amo pero tambien odio de Inglaterra ya que para que alla productividad el tiempo debe ser lineal e inexorable cuando en realidad los impasses en el tiempo y los recreos son necesarios para poder no solo descansar sino tambien entender la vida. La abstracción del tiempo no es mas quer una ilusión, y lo que al principio del aislamiento parecia pura productividad pronto se fue transformando en una sensación letárgica en la que lo que uno se proponía hacer, sencillamente, no podia ser hecho por falta de energía o incentivos. Casi sin darme cuenta había naturalizado la cuarentena y su distanciamiento habiendo olvidado la necesidad del contacto físico que el sistema mismo conspira en evitar. En esos casos, suelo conseguir rapidamente lo que necesito pero de una manera que no es la mejor para mí por lo que la vacación en Grecia me permitió resetear e incorporar otro manejo del tiempo y de las relaciones: la de los niños. Era obvio que tras meses de encierro y neurosis, lo que necesitaba era buenos amigos, familia, buena comida y el paraíso como contexto. Todo eso es algo que solo gente de mi propia cultura puede darme. Por más que en Atenas estuve con mi ex Konstantinos y luego con Lady Lisbon que son lo mas cercano que tengo en estas islas, nada se compara con el tipo de conexión que tengo con mis amigos argentinos.

Al sacar pasajes para la segunda parte de la vacación (con mis amigos José, Alexandra y sus hijos), debo confesar que tuve cierta prudencia y decidí sacar pasajes de vuelta quince dias despues de encontrarlos y partir juntos a la isla griega de Milos. No estaba seguro si podria tolerar la dinamica familiar con dos chicos: uno de diez y otra de casi dos años. Sin embargo, el efecto que los niños tuvieron en mí me tomó de sorpresa.

Para aquellos que leen esto y son padres esto les va a parecer una obviedad pero el poder terapeutico de tener que dejar lo que uno está hacienda para responder una pregunta o para ponerse a bailar con una nena de año y medio que está esperando atras de la puerta para hacerlo, es enorme. Mientras en mi solipsismo anglo mis horas de trabajo y diversion estan milimetricamente estipuladas, en Grecia tenia que dejarme llevar porque el tiempo no era exclusivamente mío ya que Emi me esperaba para ‘ir a nadar a lo profundo’. Le podia decir que me dejara leer un rato pero eso significaba que despues de ese rato tenía que estar con él. A pesar de esto mi productividad no bajó sino que posiblemente subió y, dentro de margenes considerables, seguí haciendo lo que tenia que hacer como, por ejemplo, dar clases en Webex, tener algunas sesiones de Zoom y escribir posts en este blog. Así, las semanas pasaban y cuando hablaba con mis amigos en Inglaterra me daba cuenta de que la falta de contacto con ese tipo de atencion que exigen los niños nos había transformado en bolas neuróticas que habíamos perdido la capacidad de divertirnos con la simplicidad de las cosas que realmente importan: los amigos, los niños, los que nos necesitan y el prójimo. Creo que hubo algo cuarenténico en la homofobia internalizada de aquellos que redujeron a mis ‘sobrinos’ a meros accesorios de homosexual cosmopolita o directamente los convirtieron en potenciales victimas de abuso por el solo hecho de que, a sus ojos, mi relación con ellos no estaba definida. El vinculo entre el freak y el queer está más presente que nunca y no como una virtud sino como una amenaza al orden social y eso da para pensar. J A T