ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE LUJAN MC MARSHALL

Pola y Malena, agua y aceite se mezclan en las ensaladas.

Pola es la cheta mordaz, la nueva Victoria Ocampo que Male Pichot no quiso (no pudo?) asumir que le tocaba ser por herencia familiar. La señorita Caracciolo ocupa ese lugar gorila que las herederas galerita dejaron vacante por entregarse al relativismo francés y la culpa popular. Las chicas bien se hacen peronistas repitiendo una boutade setentista, una moda anacrónica como las patas de elefante en los pantalones.

Pola, groncha, sube desde nadie sabe donde a piñas de talento, arribista exitosa, se corona al llegar a La Nación. Malena nace en casa de rugby y relaciones, y vuelca su frustración de petisa en colectivas que luchan por los derechos de primer mundo que suponen que otras clases sociales también quieren tener, y que no pueden evidentemente obtener solas.

La naturaleza le entregó a Pola las tetas y labios que le negó a Male, a quien solo le queda travestirse de pobre usando flequillo villero. Ambas se ubican sobre el eje de Puan, el Mordor de la intelectualidad argentina. Ambas son derrotadas por Puan, que las relega de su endogamia haciendoles el vacío que las expulsa. Ambas se consagran satirizando esa academia decadente, una desde el stand up (Mírenme! Soy distinta!) La otra desde un libro (Acéptenme! Soy una autora igual!)

Malena nacio cheta y se quiso volver grasa. Pola nació grasa y se quiere volver cheta. Ambas fallarán forever. El rechazo de la cuna y la academia como constante argentina: el desprecio por aquello que en realidad no se puede alcanzar.

No en vano ambas se odian, y presumiblemente, se aman. Me las veo ancianas y amigas compartiendo geriátrico. Y felices.