Si el primer episodio de la muy esperada cuarta temporada de The Crown marcaba una transición, incoluso estética entre la oscura temporada previas y esta más introspectiva aproximación al futuro, el segundo episodio nos coloca en la década del ochenta con una premonición con Diana volviendo a su departamento de soltera de Earl’s Court y enfrentando por primera vez a aquellos que eventualmente acabarían con su vida: los paparazzi. Emma Corrin quien hace de Diana inmediatamente logra logra suspender el descreimiento en la representación de un personaje tan icónico al lograr ese tono de voz melancólico y cansino característico de la Princesa de Gales cuyo hablar siempre caía un par de tonos al final de cada frase.

De regreso de Balmoral, la propiedad en los Highlands escoceses a la que los Windsor se retiran durante los veranos, Diana sabe que su fin de semana fue exito rotundo al lograr no sólo que el Principe Felipe cace un alce imperial que la familia entera había estado persiguiendo desde hacía algunos días sino que todos ellos acabaron reconocimiento que no podía haber mejor candidata para esposa de Charles que Diana tanto por el largo de sus piernas, sus credenciales aristocráticas y por su inteligencia. Por esto, el trofeo con la cabeza del alce muerto siendo colgado frenta a uno previo en el comedor de la reina marca ese reconocimiento de la llegada de Diana a un mundo de pares como si de las dos cabezas del monstruo Janno se tratara: Diana/Camila, Diana/la Monarquía, Diana/Carlos y finalmente Diana ‘Santa’ y Diana ‘Demonio’.

Es sintomático que la primer salida de Diana y Carlos sea a la opera cargando ya que, desde un principio, su relación se perfila como una performance con títeres y titiriteros en donde el amor parece no tener lugar. Tras esto viene el fin de semana en Balmoral por sugerencia, ni más ni menos que de Camila Parker Bowles, quien, como uno de esos titiriteros, sabe muy bien que la visita de cualquier alien al ambito privado de los Windsor va siempre acompañado de una fuerte carga de crueldad. Pero Diana es más de lo aparente y sorprende a todos al punto que Carlos tiene que reconocer frente a Camila que: ‘En la historia de Balmoral, nadie ha pasado el examen familiar más exitosamente’.

Como dije anteriomente, la narrativa de The Crown se mueve a partir de una serie de espejamientos: en este caso, las experiencias de Diana y de Thatcher en Balmoral no pueden ser más diferentes. Si bien Diana triunfa, Thatcher parece fracasar. Sin embargo mientras a Diana esto le importa y mucho, Thatcher ni siquiera lo intenta y aprovecha la situación para percibir el desfasaje que existe entre la familia real y la realidad. En la visita de Thatcher y su marido Denis, la Primer Ministra no para de meter la pata: da la propina en el momento equivocado, se viste para cenar a la hora errada, no lleva el calzado que debería y usa perfume cuando esto espantaría a la presa en la cacería. Al día siguiente es sometida a la tortura de tener que presenciar unos juegos folkloricos escoceses con demostraciones de fuerza como la de hombres en kilts tirando troncos. Para Thatcher eso ya es demasiado y decide volver a Londres sin antes decir a su marido: ‘Estoy tratando desde hoy de encontrar algo que redima a esta gente pero no lo logro’ para luego sentenciar que esa familia representa lo que ella odia, a saber, la creencia de la clase alta de que el resto de la sociedad les debe algo y que pueden lograrlo porque sí.

Mientras intenta evadir el sin sentido de estos pasatiempos, Thatcher trata de trabajar un poco entre comidas. En ese momento, la Princesa Margaret (Helena Bonham Carter) ve que lo está siendo en el escritorio y la silla de la Reina Victoria en la que nadie (jamás!) debe sentarse. Demás está decir que esa silla está en un lugar estratégico del castillo colocado casi como si se tratara de una trampa. A los ojos de Margaret, la decisión de trabajar de Thatcher agrega otra dimensión de insulto al preferirlo a la ‘diversión’ familiar de perseguir al alce con el resto de la familia en el medio del barro para finalment poder cazarlo. Lejos de valorar el esfuerzo de alguien que, como mas tarde confesara, no sabe cómo divertirse y cuya unica forma de diversion ha sido, desde siempre, el trabajo; Margaret la reprende diciendo: “Mi experiencia me ha enseñado que, a veces, tomarse un descanso es el mejor modo de ser productivo’. A esto Thatcher replica: ‘Es que a mí, no hacer nada no me sienta bien ni me da placer alguno’. En lugar de dejar la conversación allí, Margaret decide quedarse con la última palabra y sentencia: ‘Si te tomaras un recreo lograrías algo mucho más importante que placer: un poco de perspectiva’. Esto, desde ya, dicho por una persona que, en su vida, no hizo otra cosa que experiementar un largo y parasitario recreo.

La partida de Thatcher de Balmoral es significativa ya que en ese preciso momento llega Diana cambiando el tono considerablemente. Diana se adapta mientras que Thatcher no se mueve ni un centímetro de su posición y esto lo hace, nobleza obliga, con gravitas y plebeya elegancia. Si bien a primera vista, su visita fue un fracaso rotundo, esto le permite ver con más claridad que su relación con los sectores más conservadores de su partido (quienes manejan el país practicamente desde siempre) debe cambiar si pretender implementar el tipo de reformas radicales que quiere implementar. Es durante ese fin de semana que algunos miembros de su gabinete osan manifestar publicamente su desaprobación al paquete de medidas fiscales impulsado por ella. Es la conducta sin sentido de la familia real durante el fin de semana en Balmoral lo que le permite ver que son parte del pasado y lo unico que puede hacerse es correrse de ellos ya que nunca van a cambiar. Así, vuelve a Londres y redacta una lista con los ministros a despedir lo que procede a hacer sin tardanza. Comienza en Inglaterra una nueva era.

En su reunión semanal con la Reina, Thatcher le informa que decidió deshacerse de ellos (todos ellos parte de la clase reinante) porque carecen de la valentía y la creatividad necesaria para sobrevivir en los nuevos tiempos del tardocapitalismo. Esto es tomado por la Reina como un ataque a ella y a su familia tras el fin de semana en Balmoral por lo que no duda en responder: ‘Es un error asumir que la gente es incapaz sólo por el hecho de contar con privilegios’.

La fortaleza de caracter de Thatcher frente a los bullies de su partido refuerza su status de lider y esto ocurre mientras Diana asegura su posición como la frágil ‘English rose’ que con su delicadeza ganará el corazón de todos. Inflexible y a veces, brutal, Thatcher es un espejo en negativo de la delicada inocencia de Diana y ambas se perfilan como las dos mujeres que dominarán el espacio público global durante esa década. J A T
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