Acaba de morir Nelly Arrieta de Blaquier y su muerte marca un punto de inflexión en los modos del mecenazgo argentino. Es, ciertamente, difícil reseñar su muerte porque Nelly era un personaje tribal y matriarcal análogo al de Miriam Margolyes en The Age of Innocence, la adaptación de Scorsese de la novela de Edith Wharton. Leer el modo en el que se ha escrito sobre ella estos últimos días da cuenta de eso ya que es una figura que, al menos en ciertos grupos, genera un tipo de veneración  que construye un ideal (y, en parte, una fatansía) como oposición a la precariedad del presente. No creo exagerar al decir que para cierto grupo social y sobretodo para las mujeres (patricias) de ese grupo, Nelly era el tribunal supremo de buen gusto y la virtud de la madre argentina de clase alta. Una mala mirada o un comentario despectivo podían erradicar a una persona de ese circulo, para siempre. El casco de su estancia La Biznaga fue armado como un showroom cuyo acceso (ya que ha estado a escondidas de la sociedad) ha marcado el quién llega y quién no de la sociedad argentina de un modo que ninguna propiedad de Eduardo Costantini jamás lo logrará. El canon del buen gusto de esa clase se construyó a partir de esos modos de acceso.

 

CUANDO FUE HOMENAJEADA EN LA FRICK COLLECTION

 

Nelly fue durante 34 años presidenta de la Asociación de Amigos del Bellas Artes y fue miembro en la Academia Nacional de Bellas Artes, la Fundación Teatro Colón y la Fundación Fondo para el Patrimonio Argentino. Como coleccionista, junto con su ex esposo Carlos María Blaquier (quien la cambió por un modelo más nuevo hace algunas décadas) amasó la que tal vez sea la colección más importante de arte de la Argentina quedando en un segundo lugar y desde lejos la de Amalia Lacroze de Fortabat. A diferencia de esta última y como plantée anteriormente, su colección (que incluye un Van Gogh que ha sido reciente y sorprendentemente exportado) siempre fue mantenida de espaldas al publico como un acervo privado sin intenciones (al menos que se conozcan) de enriquecer el acervo del museo que ella tanto quiso. Esta es una de sus grandes contradicciones y Nelly fue una mujer muy contradictoria ya que su filantropía se mezclaba con comentarios (y esto lo escuché con mis propios oídos) del tipo de:  ‘Nunca me sentaré en la mesa con la hija de una cocinera’ en referencia a una colega suya de la Asociación de Amigos del Bellas Artes. Desde ya, conmigo cerca, ese comentario tenía un dejo de perversidad.

CON ANNE POULET, SU PAR NEOYORQUINA

Mi relación con Nelly era a través de su mejor amiga, mi amiga Susy de Bary, quien, durante muchos años y bajo los auspicios de Nelly presidió FADAM, con quien se pasaba horas tomando cognac en el restaurant Oviedo. Podría decir que yo apreciaba a Nelly Arrieta precisamente porque Susy la quería. Esto me daba un acceso mucho menos institucional o profesional del que muchos tenían ya que con ella compartí varias mesas que puedo caracterizar como de ‘amigos’. Es desde ese punto de vista y de acuerdo a mi experiencia vivencial con Nelly que siempre percibí algo infantil en su narcisismo, el que emergía, casi siempre cuando tomaba unas copas de más. La Nelly ‘en copas’ fue tal vez su mayor aporte a la cultura popular de la mano de la imitación que hizo de ella Fernando Peña. Mis encuentros tanto con ella como con Susy de Bary en Oviedo (tambien restaurant favorito de mi mamá) la mostraban idéntica al personaje de Peña y era ahí donde se volvía innecesariamente autorreferencial como si alguien, como yo por ejemplo, pudiera competir con su ‘reputación internacional’ por el sólo hecho de vivir en el extranjero. Al respecto, recuerdo que la última vez que la ví me preguntó qué estaba haciendo y cuando le conté que estaba en Inglaterra respondió, casi sin dejarme terminar y tapándome con su voz, que le estaban haciendo un homenaje en la Frick Collection. Nelly era adorablemente mala e infantil cuando se divertía aunque se transformaba en un bulldozer prusiano con su pelo con forma de casco Isabelino (II) cuando estaba a cargo de algún proyecto filantrópico y tenía que, bullying mediante, sacarle dinero a sus socialmente inseguros colegas y comensales. De algun modo, la muchas veces brutal forma de gestionar su filantropía era directamente proporcional al dolor que sintió cuando su marido (Carlos María Blaquier) la dejó por una joven pulposa.

CON SU EX, CARLOS MARÍA BLAQUIER

Uno de los temas que le preocupaban y esto era algo que manifestaba cada vez que nos veíamos era cómo hacer que los jovenes se interesaran por el arte y la cultura o, mejor dicho, cómo hacer que los hijos de los ricos y de familia bien lo hicieran. Sin embargo, lo que Nelly no lograba ver era que ese tipo de filantropía de dama patricia con fuerte orgullo nacional y recursos puestos al servicio de la proyección internacional de esa versión de la cultura argentina decimonónica y afrancesada era un anacronismo destinado a desaparecer. Julio Cesar Crivelli, su sucesor en la Asociación de Amigos del Bellas Artes, intentó modernizar dicha institución sin que la manzana cayera demasiado lejos del arbol y el resultado terminó siendo decepcionante y la prueba es la Gala Joven de dicho museo y su ultima versión digital Covidiana. El modelo de mecenazgo personal y a veces autocrático de Nelly precisaba, en principio, de una elite que viviera en el país y que sintiera orgullo de esa cultura en su reclamo universalista. Ese grupo de poderosos ya no están en el país y los que permanecen están genuinamente desinteresados por el arte. Con De Ridder en la década del 50 y Di Tella en los 60s, un nuevo modelo de mecenazgo cultural había emergido y era mucho más adecuado a los tiempos tardo capitalistas con altos niveles de profesionalización y progresivamente desvinculados del viejo rol paternalista del mecenas. Podría decirse que si Nelly Arrieta era el modelo cultural argentino del Centenario; Guido Di Tella impulsaba otro tipo de reclamo universal mucho más basado en la importación de la Neo Vanguardia y los modelos de gestión cultural norteamericanos. De allí a hoy, tenemos la emergencia de Eduardo Costantini en los 90s a quien alguien como Nelly Arrieta vería, sin dudas, como un advenedizo nuevo rico que no dudó en afirmar en público que para él: ‘El MALBA es una carta de presentación para hacer más y mejores negocios’. Nada estaba más lejos del ethos virtuoso de Nelly Arrieta de Blaquier para quien el arte como instrumento de moral patriótica era un deber y una responsabilidad.

CON SUSY DE BARI

Sin embargo, podría decirse que además de promover esa visión decimonónica de la cultura (entendida, en principio, como las bellas artes de la Europa Occidental), el proyecto filántropico cultural de Nelly Arrieta estaba vinculado a la creencia (de la Generación del 80) de que una elite aristocrática y culta era fundamental para el orden y el progreso. Dicho de otro modo, su platónica concepción de la república la hacía creer que una sociedad con roles claramente estipulados, una clara división del trabajo y una estructura social definitiva y un tanto estática eran la condición sine qua non para que ese progreso fuera posible. Por eso cuando en privado era discriminatoria no lo era con miembros de otras clases sino con aquellos que creian que se podía saltar de una clase a otra con facilidad. Para ella, la clase social no era solo una condicion sine qua non del progreso social racional e intelectual sino que tambien era un ámbito comunitario en el que uno encuentra el apoyo y cariño a ‘la altura y en el nivel que a uno le corresponde’. El ejemplo más cabal de esto fue cuando en una de las últimas apariciones de Amalia Lacroze de Fortabat, ya practicamente tomada por la senilidad, Nelly no dudó en poner su cartera a un lado para darle de comer a su amiga y muchas veces adversaria, en la boca. Ese para mí fue el canto del cisne de este modelo aristocratizante romántico y melancólico de mecenazgo de las grandes damas patricias argentinas.

Como decía más arriba, una obsesión (según entiendo sin resolución) de Nelly fue cómo y a quién pasar la posta de su legado mecenístico. En al Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes esa persona, podriamos decir que fue, en un principio, Mauro Herlitzka en la época en la que era rico; es decir mientras en tanto rico heredero era ‘groomed’ para ser uno de los líderes de ese mundo. Pero Herlitzka es la viva prueba de que el dinero cambió de manos y mientras lo hacía él mismo se quedó sin dinero y tuvo que transformar ese cómodo lugar de jóven  coleccionista de pintura flamenca à la Prince Charles en un coleccionista de pintura argentina contemporanea de corte queer que lo llevaría a ser temporariamente el segundo de Eduardo Costantini (como vicepresidente del MALBA) para, pronto despues, cuando la necesidad lo exigió transformarse en un mercader del arte (como art dealer y galerista). Sin embargo, y por más que este blog haya criticado a Mauro en numerosas oportunidades, proyectos de su autoría como Fundación Espigas han sido derivados del tipo de preocupación por la documentación y el archivo que el mecenazgo de Nelly Arrieta le enseño desde jóven. Hay otros, aún más jóvenes, que vienen del palo Costantini como, por ejemplo, Alec Oxenford que en realidad quieren melancólicamente volver a esos modelos previos industrialistas (en Estados Unidos) y agro-ganaderos (en la Argentina) pero esto es algo que tiene un tufillo ya demasiado narcisista y avejentado.

Un conflicto que marcó el choque entre estos dos modelos de financiamiento de la cultura y tuvo como progatonista a Nelly Arrieta de Blaquier fue su enfrentamiento con Jorge Glusberg, entonces Director del Museo Nacional de Bellas Artes. Arrieta de Blaquier demandaba el respeto que creía que su posición social le daba casi por ley natural. Glusberg, por su parte, era una de las primeras camadas de exitosos gestores culturales. Ese enfrentamiento fue el de dos modelos de arte: uno que mira a las bellas artes decimonónicas extranjeras y cree en la belleza y el buen gusto y otro que cree en una arte más de vanguardia pero que sigue mirando al exterior como fuente de valor. Mientras a Nelly Arrieta el mercado internacional del arte le importaba bien poco (salvo por el valor de  propia colección), para Glusberg aquello que iba a terminar legitimando la existencia y calidad de un arte argentino era ese mercado internacional. Pero Nelly Arrieta sabía flexionar musculo cuando esto era necesario y Glusberg fue eyectado del Museo con demanda penal incluída.

Desde ya, los antecedentes de violación de los derechos humanos y sus vínculos con la dictadura a través de los ingenios Ledesma que eran la fuente de su riqueza no fueron algo totalmente ajeno al arte. De hecho, fueron el contexto e insumo de uno de los momentos más productivos del arte argentino en tiempos de la desmaterialización conceptual de Tucumán Arde. Nelly Arrieta era una suerte de Isabel II plebeya que queria instaurar un order regido por la ley natural en un contexto en el que eso era algo profundamente anacrónico. Es por eso que como gestora cultural se fue sin herencia y su Van Gogh como era de esperarse nunca fue exhibido en Buenos Aires ni mucho menos donado al museo que ella tanto dijo amar. J A T