Federico Baeza es el actual director del Palais de Glace. Historiador del arte, curador y doctor en teoría e historia del arte (en la UBA), algo que en el contexto de la gestión cultural argentina no es poco, ha establecido como su objetivo de gestión ‘renovar la imágen’ de una institución vinculada a los aspectos más tradicionalmente corporativos de las artes en tanto disciplinas tal y como puede apreciarse en los Salones Nacionales que, desde hace un siglo, han servido como mecanismo, primero de consagración y luego como pensión clientelística de un sector cada vez más precarizado. Desde el siglo XIX, las artes han sido estructuradas por los Salones Nacionales a través de disciplinas que no se condicen con la intención aparentemente deconstructiva de Baeza quien quiere limitar el enfasis en los lenguajes artisticos para dar entrada a una concepción más amplia del arte como registro del contexto social. Esto desde ya, es algo positivo.

 

Queerizar la gestión cultural es necesario en un contexto tan parroquial como el Argentino en el que los mecanismos patriarcales de distribución de privilegios y honores están basados en estructuras hegemonicas de poder heredadas. Los premios de los Salones son otorgados de manera corporativa lo que significa que un grupo de colegas dan anualmente pensiones vitalicias a otros colegas. Los unos se conocen con los otros y se entrelazan en promeses del tipo de: ‘Este año te toa a vos, el año próximo me toca a mí’. Todo esto a espaldas de la sociedad y en nombre de ese valor inapelable e incontestable que es el arte. Qué puede salir mal? Bueno, muchas cosas… El resultado de esto es que casi el 90% del presupuesto del Ministerio de Cultura está destinado a esa masa de pensiones vitalicias que generan ese sentido de ‘entitlement’ a generaciones de individuos que se creen con el derecho a ser mantenidos.

Tomemos un ejemplo de la era del NiUnaMenos. En su libro sobre Arte Feminista Latinoamericano, Andrea Giunta plantea como objetivo lograr una equitativa distribucion de los fondos del Salon Nacional entre hombres y mujeres. En lugar de pensar en cambios mas fundamentales, este feminismo de segunda ola va aún más atrás en el tiempo para reafirmar los modos hegemonicos y ciertamente patriarcales de distribución. La diferencia es que ahora en lugar de sentarse sólo hombres a la mesa del reparto, tambien se sientan mujeres. Una de las excepciones marcadas por el libro de Giunta fue el Premio del Salón Nacional para Marcia Schvarz, algo que debe ser celebrado de acuerdo a los criterios de igualdad de genero pero no en tanto buen uso de los recursos del Estado. Marcia vive en un petit hotel de su propiedad, vende arte en decenas de miles de dolares y participa activamente del mercado del arte. Darle una pensión vitalicia obedece a criterios de premiación clientelística que vienen del Antiguo Regimen y pasaron a las Repúblicas, primero en Francia con la Revolución y luego con Napoleón y sus derivaciones alrededor del mundo. Un Estado empobrecido como el Argentino no puede hacerse cargo de ese tipo de premiaciones y vale decir que tampoco parece ser demasiado justo para los contribuyentes. Desde ya, Baeza es funcional a este estado de cosas al, desde un principio, negarse a mirar en las profundidades para mantenerse en la superficie ya que, nobleza obliga, plantearlo sin los apoyos políticos necesarias eyectaría al que lo enunciara al grito de ‘traidor’o ‘enemigo de la cultura’. Tal vez es por eso que el nuevo director se ha dedicado de manera narcisista a una gestión en la que la institución es usadas como plataforma de visibilidad de una identidad que él cree que en sí mismo constituye no sólo un hecho cultural sino tambien artistico.

Desde un principio, Baeza anunció que su gestión sería superficial ya que se limitará a ‘renovar la imágen’ del Palais mas no sus funciones y objetivos. El problema es que al negarse a hacerlo acaba alterando dichas funciones. Para esto y con las limitaciones impuestas por el COVID y la cuarentena, Baeza organizó un ciclo de cinco charlas en Instagram tituladas ‘Futura. Manifiestos y profecías de la humanidad’. A traves de estos encuentros virtuales, Baeza pretendió: “Desde una perspectiva contemporánea, su programa de gestión se propone no solo poner en diálogo diversos lenguajes artísticos sino dar cuenta de las transformaciones sociales que operan más ampliamente en el campo de la cultura”. Equilibrando estética (en sus propias palabras ‘lenguajes artísticos) y contexto social (según él, ‘transformaciones sociales’), Baeza transforma el cambio cosmético en el instrumento para contarle a la sociedad, a modo de gesto micropolítico, que hay nuevas identidades y fenómenos a los que tienen que prestarle atención. Esto en una sociedad negadora como la Argentina tampoco es poca cosa. El problema es pretender hacer esto desde el Palais de Glace.

En sus propias palabras: “¿Cómo imaginar la formación de nuevas comunidades del porvenir en un horizonte en ruinas? ¿Qué fragmentos de nuestra cultura, vestigios y despojos seremos capaces de implementar en este presente marcado por la pandemia global?”. La pregunta es si esta debe ser la función del Palais de Glace. Y esta pregunta no parece ser menor si se tiene en cuenta que Federico Baeza en tanto persona de carne y hueso se coloca él mismo como ejemplo de las comunidades que tienen que lograr visibilidad. A decir verdad, esas comunidades (trans, queer, etc) no son tan nuevas ya que vienen siendo tema del arte desde hace por lo menos cuarenta años. Sin embargo, lo que parece novedoso es que el director/curador parece aprovechar o, mejor dicho, usar la plataforma de visibilidad que le da su cargo para escenificar una versión de sí como persona no binaria sin otro fin cultural que ese. Es como si la gestión del Palais de Glace hubiera quedado limitada a una excusa para que Baeza le cuente a todo el mundo que le gusta vestirse de lo que él ve como alguien ‘no binario’.

La pregunta que cabe hacerse es la siguiente. Debe ser la gestión y la politica cultural un medio para generar transformaciones en los modos de produccion y exhibicion de arte o para la promoción de modos de vida especifica e identidades concretas? Personalmente me identifico como queer pero soy reticente a transformar lo queer en una identidad fija y mucho menos en un estilo o un ‘look’ a ser mostrado como modelo o posibilidad. El peligro del modo superficial en el que Baeza está narcisisticamente atando su imágen a la del Palais de Glace es la banalización de la institución. Durante los últimos días, Baeza apareció como modelo en el nuevo proyecto de ‘ropa’ de Fernanda Laguna y en Instagram no para de mostrarse en situaciones con cierta carga libidinal como una persona no binaria poniendose él, en tanto cuerpo privilegiado, como ejemplo. Al estar en un cargo de gestión, uno se coloca al servicio de los objetivos de ese cargo. El problema surge cuando esos objetivos se limitan a proyectar una imagen que, en un giro narcisista, coinciden con la imagen que esa persona quiere proyectar de sí en un intento de reforzar la imagen que tiene de si misma. Creo que en unos años, Baeza va a ver con mucho ‘cringe’ el papelón que ha venido haciendo peluca tras peluca. J A T