El episodio 5 de The Crown es diferente a todos los anteriores, en principio, porque la mayor parte de la acción ocurre afuera del Palacio. Hay algo trágico en el sentido más estricto en la narrativa de los dos protagonistas (Elizabeth II y Michael Fagan) que funcionan ya no como personas de carne y hueso sino como alegorías personificadas de las dos caras de esa misma moneda que es Gran Bretaña. De entrada oímos las noticias que informan con tono de urgencia que ya nadie está seguro y que un intruso atravesó la seguridad del palacio para entrar a la habitación de la Reina mientras dormía y entablar una conversación con ella. Esto lejos de ser ficción, ocurrió y ella nunca contó lo que fue conversado en esa ocasión por lo que The Crown usa ese vacío histórico para alegorizar el momento que atravesaba el país que, posiblemente, fue el de mayor cambio de los últimos cincuenta años. La clave de este episodio es cómo transforma a lo épico/trágico en algo íntimo a través de esa alegorización intimista de los personajes.

 

El mismo tiene lugar en 1982 inmediatamente despues de la Guerra de Malvinas cuando la popularidad de Thatcher alcanza niveles sin precedentes y la Reina, por varias razones, se siente más aislada que nunca. Esto coincide con una creciente preocupación por los efectos sociales de las políticas implementadas por la Primer Ministro. Fagan encarna al hombre común sobre el que cae el peso de esas politicas quien siente que su vida se le escapa de las manos. Es por esto, que en este nuevo mundo post-Falklands se ve compelido a saltar el muro y hablar con la Jefe de Estado. Hay algo del punk en su gesto. Para él, la Guerra de Malvinas fue no solo el resultado de la estrategia de Galtieri de salvar el regimen militar sino, y por sobretodo, esto fue una oportunidad para Thatcher para desviar las miradas de los efectos devastadores que estaban teniendo sus políticas.

Desesperado, Fagan va a ver a su MP (el equivalente británico a un diputado) para que le explique por qué Thatcher decidió financiar esa guerra en lugar de construir casas para los pobres y crear empleo. Para mostrar ese mundo empobrecido, The Crown sale de los palacios para mirarlos desde afuera, por encima del muro. Fagan va al Job Center (que es la oficina estatal en la que se gestiona el seguro de desempleo y los subsidios familiares) para darse cuenta de que está atrapado en un sistema que es coherente pero no tiene sentido. Un sistema diseñado para transferir la culpa al individuo de algo de lo que no es responsable.

Paralelamente, la Reina, antes de que ocurra el incidente, hace un par de comentarios referidos a cómo siente que el Palacio se ha convertido una prisión que la mantiene muy lejos de la gente. En el pico de su populariedad, Thatcher, por primera vez, envalentonada por el triunfo se organiza una ‘marcha de la victoria’ de la que excluye a la monarca. Es en este estado de aislamiento y desdoblamiento que ocurre el primer incidente de dos en el que Fagan se sube a uno de los muros y logra entrar al Palacio para tomarse una botella de vino y salir corriendo. Esto no pasa desapercibido por la seguridad que decide no hacer la denuncia (y vale aclarar que en ese momento ‘trespassing’ no era un delito) porque esto le daría a Thatcher una justificación más para seguir aislando a la monarca.

Pero Fagan no se deja intimidar y lo intenta nuevamente para, finalmente, lograr entrar a la habitación de la Reina y entablar una conversación con ella. En ese momento, Fagan deja de ser una excepción para convertirse en una personificación de la Gran Bretaña de Thatcher desde el punto de vista del pueblo trabajador. De este modo, The Crown evita meterse en la política a traves de los slogans y lo agónico de las instituciones y los grandes debates para, en cambio, hacerlo mediante la micropolitica mostrando cómo esas políticas afectan las diferentes areas de una vida en particular. El problema que este encuentro de dos mundos plantea es que parece inverosímil por lo que todos los personajes comienzan a desarmarse un poco para poder encontrarse en un punto intermedio. Por ejemplo, la seguridad de Palacio le dice al Principe Felipe el precio (cinco libras) de la botella de vino que el intruso se tomó antes de darse a la fuga para acto seguido, demostrar su propia inadecuación y falta de preparación para el cargo al ignorar la geografía de los países que componen el Commonwealth. Esto permite que al momento del encuentro podamos ver una conexión entre monarca y súbdito. El momento es complicado porque de entrada existe la posibilidad de que el encuentro acabe mal (que el hombre la mate, por ejemplo) por lo que ella necesita mantener la calma al tiempo que, como monarca, no puede horrorizarse ni por la marginalidad ni por la pobreza que el sistema que ella representa provoca en su propio pueblo. Este reconocimiento del contexto y las circunstancias la transforman en la madre que, en la realidad, nunca logró ser. Todo esto llega a su punto culminante cuando ella le pregunta: ‘Para qué hiciste todo esto?’ y el responde: ‘Para que nos salves de ella’ (de Thatcher).

Sin embargo, Fagan llega a ese punto tras una serie de quiebres del sistema que lo afectan de una manera u otro. Al principio va al Job Center para conseguir trabajo pero antes tiene que conseguir que el Council le solucione la gotera que tiene en su departamento porque la asistente social le dijo que sus hijos (que viven con su mujer tras que esta se fuera porque él no tiene trabajo) no lo pueden visitar en tanto y en cuanto esa gotera siguiera estando allí. Pero la unica que puede hacer ese trámite es su mujer que ya está con otro. Luego va a ver a su MP para ser ninguneado. Esto le provoca depresión pero no farmacológica sino social y en este sentido el episodio hace una diferenciación muy necesaria entre economía material y economía moral, por un lado (esta distinción la hace explícita la Reina) y entre depresión social y depresión fisiológica, por el otro (una diferencia que él encarna).

Si bien no es un hombre educado, Fagan entiende lo que el sistema le está haciendo y decide tomar el toro por las astas y actuar para poder revertir, al menos, la situación de aquellos que vendrán tras él. Por eso cuando llega a sentarse en la cama de la Reina tiene un mensaje que entregar aunque el momento lo supere. Para esto necesita de la ayuda de ella: ‘Primero me sacaron la confianza en mí mismo, luego el amor de mi familia y uno se pregunta, cuál es el límite?’. Un momento de tamaña tensión dramática es resuelto con Fagan caminando al centro de la habitación y sentandose en una silla para recién ahí decir: ‘Ahora me dicen que tengo problemas mentales pero eso no es verdad. Simplemente, soy pobre’. Es ahí en donde cabe preguntarse si la razón de ser del sistema universal de salud británico y el hecho de que haya sobrevivido a la era Thatcheriana sin ser privatizado como en Estados Unidos, no tiene que ver con la necesidad de convencer a la población precisamente de eso: de que su problema no es la pobreza sino su depresión. La reina se sienta a su lado y lo que comienza como un acto delictivo es transformado en una audiencia con su pueblo y no solo eso, sino que podría decirse que esa es la primera audiencia ‘real’ de una monarca que sólo llega a conocer la realidad a través del sistema de filtros que ese propio sistema ha colocado durante siglos para que ella no pueda ver. Fagan ocupa el rol de aquel que rompe todas esas barreras para mostrar como son las cosas en realidad y contarle quién es y cómo se siente. Pero la Reina ya había llamado a la seguridad y cuando entran a la habitación, ella lo mira y le pregunta: ‘Hay algo más que me quieras decir?’. Y ese es el momento en el que Fagan se da cuenta que ella escuchó y que, a pesar de todo, todo valió la pena. Esto último es muy relativo porque desde una lectura de izquierda, esta escena reduce un encuentro de alta relevancia pública al espacio íntimo haciendo evidente que ni ella ni él ya controlan sus destinos ni los de la Nación. Todo se plantea como una farsa cuyos hilos son movidos desde otro lado. J A T