ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE Jorge Alonso

No fue un virtuoso de la pelota, no tuvo fama ni poder, su nombre no trascendió las fronteras del país, nunca abdicó de su origen humilde ni se codeó con los oportunistas del poder. Por el contrario, trabajó codo a codo a favor de la salud de los pobres y desprotegidos, sin doble discurso, respetando el juramento hipocrático, y siempre desde su humilde morada en Formosa. Para quienes no lo conocen, se llamó Esteban Maradona, el “médico de los pobres” (1895-1995).

Como joven médico recién recibido, dejó la comodidad de una familia de buena posición económica, y se radicó en las zonas rurales de Formosa, especialmente en Estanislao del Campo, donde vivió 51 años. Ayudó a rescatar el conocimiento tradicional indígena, y lo incorporó en su práctica médica. Estudió la flora, la fauna y las costumbres del noreste argentino, destacándose como un eximio naturalista y publicando importantes libros que rescatan el saber y la naturaleza de esos parajes casi desconocidos entonces.

Renunció a todo tipo de honorarios, pensiones vitalicias y premios materiales, viviendo hasta el resto de sus días en la humildad de la cual hizo gala toda su vida, y con la pasión de su irrevocable compromiso por ayudar a los más necesitados, incluso colaborando con su escaso dinero comprando medicinas a las desprotegidas comunidades indígenas conformadas por tobas, matacos, mocovíes y pilagás.

Ya con 90 años, enfermo, y casi sin recursos, regresó a su Santa Fe natal que lo vio emerger. El único reconocimiento que no pudo rechazar, fue tras su muerte. Por Ley 25 448, el 4 de julio, día de su nacimiento, se ha establecido el “Día Nacional del Médico Rural”.

En momentos donde seguramente se quiera “rebautizar” calles, escuelas, bibliotecas, hospitales o colegios médicos, sería bueno se acuerden de este “otro” Maradona. Nos haría muy bien como sociedad saber que el país honre a personas ejemplares y de bien, por encima de la fama que genera una pelota de fútbol.