Cuando leí (en el articulo de Pagni en La Nación) que Javier Grosman iba a estar a cargo de las exequias de Maradona me entusiasmé porque me resultaba inquietante imaginar cómo su estética Beaudrillardiana de pantallas gigantes, símbolos 3D y bailarines voladores post-Fura del Baus, propios del primer Kirchnerismo, sería adaptada a tamaña ocasión. El reclamo de modernidad en tiempos de devaluación filtradas por la mano tramoyista de Grosman hubieran transformado a la figura de Maradona en un espectro Godzillesco proyectado en un sinnúmero de pantallas a lo ancho y a lo largo de la ciudad al tiempo que su cuerpo como en las exequias de John Fitzgerald Kennedy habría sido paseado por media ciudad de Buenos Aires. En un mundo ideal poblado de adultos racionales y bien intencionados, la procesión con el féretro hubiera salido de la Casa Rosada tras un breve velatorio para amigos y familiares en donde el Presidente hubiera hecho gala de su dignidad. Quinientos asistentes como máximo. Habiendo previamente anunciado en todos los medios el circuito que atrevesaría el cajón con los restos de Maradona tomando, preferentemente, como eje a la Avenida Rivadavia durante ciento ochenta cuadras para finalmente acelerar y terminar en el cementerio donde aquellos mismos familiares que recibieron el pésame del Presidente como Jefe de Estado y representación del cuerpo político soberano argentino, habrían despedido al Diego en su entierro. Esto en un país ya no ideal sino mínimamente cuerdo.

Sin embargo, al ver lo que había organizado la Casa Rosada supe inmediatamente que esto nada tenía que ver con Grosman que tiene años de experiencia en organización de eventos de Estado. Si ya unas exequias populares con caravana incluída hubieran sido cuestionables en tiempos de pandemia, qué decir de lo que decidieron hacer en la Casa Rosada. Para decirlo en términos futbolisticos: la tenían picando frente al arco y la tiraron por arriba del travesaño. Cómo puede cometerse el error de prometer a un millón de personas entrar sin pensar, por ejemplo, que sería conveniente en tiempos de COVID colocar pantallas y sonido en diferentes tramos de la cola para contener la ansiedad y permitir mantener la distancia social. Cómo pensar que en una situación como esa podrían conformar a  la familia de terminar el velorio rápidamente mientras que, por el otro lado, convocaban a una movilización de masas.

En primer lugar, la decisión de anunciar una convocatoria para un millón de personas en la Casa Rosada fue sencillamente increíble. Cómo y quién llega a tomar semejante decisión? Desde ya, esto viene con varios problemas. El primero es ético ya que miles de argentinos no han podido velar a sus seres queridos por la pandemia y acá tenemos al gobierno que por oportunismo o por cobardía política decide romper con el sentido común y el resultado está a la vista. Personalmente, creo que ni siquiera la principal motivación fue el oportunismo político porque esto equivaldría a intencionalidad y control. Yo creo que el gobierno se abatató en el temor de que si no se hacía un velorio multitudinario la sociedad se los iba a cobrar de alguna manera y algo que no se puede permitir es pensar por un minuto que no satisface la voluntad popular de manera lineal. Es como si el gobierno (y no solo el kirchnerista sino tambien el macrista en el pasado reciente) solo tomara decisiones en función de la repercusión instantánea de esas medidas en algo así como la proyección espectral de lo que ellos creen que es la opinión pública. Me los imagino discutiendo a puertas cerradas con el Presidente, dando consejos como si supieran de lo que están hablando, muchos de ellos sin haber trabajado o sido responsables de nada ni un sólo día de sus vidas para acabar concluyendo de que es aceptable, conveniente y aconsejable convocar a un millón de personas en la Casa de Gobierno. De esta decisión, difícilmente se vuelve porque a partir de ahora nadie los puede tomar en serio a varios niveles: funcional y ético.

Pero de dónde sacaron la cifra del millón. El ritmo con el que pasaba la gente era de cuarenta o cincuenta personas por minuto. Esto significa que en una hora podían pasar tres mil personas en promedio. Si duplicamos esto y aceleramos al máximo la cola, con los riesgos que esto traería aparejados para el necesario distanciamiento social en tiempos de COVID podemos llegar a seis mil personas. Por qué anunciaron un millón teniendo en cuenta la volatilidad psicológica de ese millón absolutamente fanatizado o sensibilizado por la perdida de su referente? Dicho de otro modo, de la distancia entre la decisión en el despacho presidencial (donde, seguramente, acabaron felicitándose por la suerte que tuvieron en ser depositarios del rol de anfitriones de semejante evento) a la ejecución (en la que decidieron ir por lo fácil asegurando a la familia que iba a ser una cosa sencillita como si le prestaran el patio privado de una casa para que los familiares se sienten frente al cajón con un par de vallitas mal colocadas separando su dignidad del desborde del público) se traduce un nivel de ineptitud inconcebible. El rey no sólo está desnudo sino que ya ni sabe que debería estar vestido.

El otro tema es la decisión de abrir la Casa Rosada para un evento tan mal calculado terminando en una suerte de Toma de la Bastilla temporaria que puso en jaque a un gobierno que probó que no puede hacer las cuentas más elementales y que tras meses de forzar a la ciudadanía a la segunda cuarentena más estricta del mundo decide abrir las compuertas al contagio dejando en evidencia que su preocupación por el COVID no es más que una pose para justificar su propia ineptitud en materia económica. Si se quiere lo peor del caso en términos prácticos es que perdió control efectivo de la sede del Poder Ejecutivo en manos de los barras bravas que han venido siendo usados en la politica territorial pero que ahora se dan vuelta y demuestran que el gobierno ni se entera cuando su estupidez lo hace dispararse en el pie. La cuestión es muy clara: la gente no se merece esto por más crisis económica, moral y cultural que estemos atravesando. El responsable de esto tiene nombre y apellido y se llama Nacho Saavedra y es el ejemplo más acabado de que la Cámpora es posiblemente lo peor que le pasó al país después de Macri y Larreta.

Pero aún peor e indigno fue la reacción de Wado de Pedro echando la culpa a la policía de la Ciudad. Señores, les ocuparon la casa de gobierno y perdieron el control de la sede presidencial durante cuatro horas. Tenían gente adentro a quienes no podían ni controlar, ni identificar ni sacar. Qué tiene que ver la Ciudad con la Casa de Gobierno. Lo de De Pedro fue infantil: ‘Yo no fui, señorita. Yo no fuí. Fue el Niño Horacio! Yo no!’. Patético y aún más patético es que no hubiera inmediatamente ofrecido su renuncia. Esta es la gente que está llevando las riendas del Estado en una de las peores crisis que atraviesa la Argentina. Mamita. J A T