Argentina es un país que se presta para ‘Talentosos Mr.Ripley’, en principio, por cuatro razones: la educación pública y gratuita, la política cambiaria, la estrategia de elevar mediocres por parte de una insegura elite política que no quiere recambios generaciones reales y la homofobia internalizada de los gays. Si atravesamos todas estas variables y buscamos un comun denominador emerge Peter Robledo quien acaba de casarse en Francia. Lo primero que llama la atención es la velocidad de sus movimientos. Recordemos que el ex Director Nacional de la Juventud en tiempos del Pro fue eyectado del gobierno de Macri por varias denuncias de irregularidades en el uso de fondos públicos. Aprovechando que ocupaba un espacio caliente en la adminstracion de un presidente que había hechos comentarios abierta y explicitamente homófobos, Robledo fue casi inamovible hasta que dejó de serlo. El gobierno de Macri encontró una formula discreta para deshacerse de él que fue darle una beca para ‘líderes mundiales’ (o algo por el estilo) en China que lo ocuparía durante un par de años y si no me equivoco, debería seguir ocupándolo.

 

 

El COVID, por alguna razón, no lo tomó donde debía estar (China) sino que lo encontró, sorpresivamente, en Paris por lo que permaneció viviendo en la casa de una amiga varado sin posibilidad de volver ni a la Argentina ni a China. Pero Robledo no pierde el tiempo ni lo dedica para el mejoramiento personal sino para lo que él entiendo como el posicionamiento estratégico. La pregunta es: posicionamiento respecto de quién?. En épocas de mandatos normalizantes, los gays parecemos estar obligados a casarnos para asegurarle al mundo heterosexual que no somos freaks. Esto generalmente viene de la mano del mandato de obligarnos a transformarnos en modelos de consumo de bienes en el mercado. Es por esto que el gay es el stylist, el cool, el fashion y el hot. Esto para convencernos a nosotros mismos (bajo una mascara de ‘carpe diem’) y a aquellos que durante casi una decada, negando o haciendo la vista gorda a la no provisión de medicamentos para el SIDA nos convencieron de que morir era un acto de justicia por ‘habernos buscado con nuestra conducta promiscua la peste rosa’. Es por esto que muchos gays siente que no hay tiempo que perder en esa carrera para congraciarse con aquel que nos quiere muertos o, al menos, no le importa si morimos. Para eso vamos al gimnasio, nos hacemos los mejores amigos de sus esposas cornudas, trabajamos a destajo y nos hipotecamos el futuro para vestirnos en las mejores marcas y buscamos ser lo mejor no por la excelencia de serlo sino para que el projimo nos vea como los mejores. Esta energía compensa ese espacio que existe entre el yo ideal y el yo real que desde ya rápidamente es ocupado por un superyo que nos castiga con esa muy sádica culpa de no haber sido lo que mamá y esa sociedad patriarcal nos pedía que fueramos.

 

 

La figura de Robledo en un gobierno como el de Macri estaba tragicamente destinada a transformarse en una caricatura de sí misma ya que no le quedaba otra que habitar ese espacio intermedio de normalización y adaptación al opresor. Dicho de otro modo, alguien como Robledo no puede pensar que la cuarentena puede llegar a ser un impasse para repensar su relacion en mundo y reposicionarlo para aprovechar ese curso que le vino de arriba para, ahora sí, intentar ser un líder en serio. En lugar de eso, viola la cuarentena (salvo que se haya conocido y enamorado en un mes y medio) para engancharse con un Alf con aspiraciones ya expiradas en el microporno con el que decide casarse y mostrarle al que lo que quiera ver que logró el ‘amor’ (y muy seguramente el pasaporte europeo para no tener que volver a al Argentina) de un modo absolutamente express. Me impresiona la facilidad y velocidad con la que garrapatas con la Andie MacDougall o Peter Robledo se enganchan. Es por esto que sanguijuela en un reclamo de universalidad dice: ‘Claro que voy a decir que sí, te amo Antoine’. Desde ya, Robledo no pierde oportunidad de dejar asentada la narcisista necesidad de aclarar que él está bajo control cuando, en realidad, el dueño de todo (y del pasaporte) es Peluquita Antoine.

 

 

Lo que llama poderosamente la atención es la distancia entre la imagen de su madre de clase baja exageradamente emocionada con claras asociaciones visuales a la madre que gritaba ‘Karinaaaaa’ en Crónica TV (es también parecida a Amado Bodou) y esa construcción caricaturesca de parisino chic con polera incluída que escribe en Frances en Instagram una frase que ella nunca comprenderá: ‘L’amour par temps de Covid’.

 

 

Como un gatito que rasca la puerta para salir; una vez que lo logra, sólo está motivado por el comfort que la aceptabilidad que su Superyo exige (mientras los fines de semana se le desata el Ello y rompe no una sino varias veces la cuarentena chupando pijas y teniendo sexo sin protección ni Covideana ni de la otra, por Grinder). Sin embargo, Robledo no construye lazos ni comunidad en el intercambio de flujos sino en la denuncia de lo inapropiado que es ser promiscuo para afirmar los valores heteronormativos del matrimonio fiel de la sociedad que lo oprime. Su casamiento francés es el paso lógico siguiente de su paso por el gobierno de Macri y otra prueba de que aquellos muertos de SIDA que la película 120 pulsaciones por minuto retrata y que recorrieron de la mano de Act Up las calles ahora recorridas a modo de shopping frustrado por él están hoy más vivos de lo que alguna vez podrá estar él. J A T