Si algo caracteriza a Robertito Funes Ugarte es haber transformado la pose en un modo de vida. Este ‘frente’ recubre a modo de careta una ética tanto del trabajo como interpersonal que podría calificarse de desesperada, en tanto que siempre parece estar en estado de urgencia. Esa distancia entre la dudosa ética (interior) y la pose (exterior) genera un espacio liminal que, por así decirl, vuelve a este señor alguien muy poco atractivo. El mal gusto es la estética en acción que, en este caso, no sólo puede verse en sus elecciones estéticas (en los modos de vestirse y lo estrafalario de sus corbatas y medias ‘artísticas’) sino tambien en sus elecciones éticas. Por esto último me refiero a sus poco caballerosos comentarios deseandole la muerte a Gerardo Sofovich mientras hacía de mobilero precisamente frente a la clínica en la que se estaba muriendo o en el modo en el que usó y dejó ‘garpando’ a un ex proveedor/empleado de su programa de cable al que no sólo habría descontinuado en los pagos sino que usó su espacio de aire para humillarlo publicamente in absentia. En mi experiencia personal y sin haberlo conocido en persona hubieron ciertos aspectos de su conducta que demostraron cómo en él la urgencia deviene facilmente en exceso y mal gusto. En los comienzos del blog, Robertito se excitó con alguna foto mía y no dudó en llamarme directamente para manifestarme su intención de ser ‘penetrado y dominado’, supongo que por mí al tiempo que no paraba de mandar mensajes en los que hacia evidente que iba a mandarme ‘mensajitos en clave’ desde el estudio mientras estaba al aire en el noticiero.

Aunque como dice el proverbio inglés, uno no debe tirar piedras cuando vive en una casa de cristal, hay algo que me parece muy poco sexy en aquellos que necesitan testear los límites de la confianza de sus empleadores o de los desconocidos para explorar los margenes de lo aceptable, claro está, en secreto. Eso no sólo evidencia cierta deshonestidad sino, más preocupantemente, problemas para establecer relaciones interpersonales íntimas, de confianza. En este sentido, la casa de Robertito es un reflejo de ese péndulo que parece existir en su vida entre una interioridad marcada por el trauma de las relaciones primarias (en principio con su madre) y el exceso (con otros posibles o mejor dicho, imposibles, objetos de su afecto). Insisto… el problema aquí no es el exceso per ser sino la pretensión de ser amoroso (con mamá) al tiempo que se le desea la muerte a otro anciano. Cómo ese desdoblamiento se refleja en la decoración de interiores es el tema de este post.

En el programa ‘Las Rubias’ de mi amiga Marcela Tinayre, la relación entre la psicología del presentador y su habitat es tematizado. Con una pantalla de Webex o Zoom dividida en cuatro pantallas mas pequeñas, ‘Las Rubias’ (que lo son a base de una insistente oxigenación de sus cabellos) y Robertito entablan una conversación estructurada a partir de las imagenes enviadas por este ultimo desde el su celular. Adriana Costantini está sentada delante de una repisa con souvenirs ‘fetiches’ de sus viajes por el mundo. Cada uno de estos está colocado de manera espaciada y geométrica como si fueran obras de arte minimalistas. El resultado es higienico en el modo en el que esa higiene es usada por esa clase para planchar las arrugas de su vida personal. Higienismo aspiracional sin arte. Del otro lado tenemos a Marcela Tinayre que es la que menos tiene que probar por la sencilla razón que es la heredera única de una fortuna que debe acercarse a los cincuenta millones de dolares. El resultado de esa seguridad de ‘clase’ es que la repisa que la enmarca es literalmente un quilombo de desprolijidad (por no decir mugre) que la muestra no en control de su propia imágen y probablemente experimentando una depresión que sabe tapar con esos giros maníacos del tipo de ‘qué divino!’. El que nadie le haya dicho que no es del todo conveniente que trasmita su programa frente a semejante cambalache da cuentas de la relación que tiene con su entorno a meses del fallecimiento de su marido.

Robertito, por su parte, aparece de entrecasa y sin esa pose caricaturesca que lo hizo famoso. Haciendo gala de un sentido de la autocrítica admirable, de entrada nos dice que su casa se parece a la de Norman Bates en Psycho de Hitchcock. Esto es tan pero tan exacto a nivel no solo estético sino ético que da escalofríos. El tour de su casa comienza por el fondo que no es un jardín en sentido estrictos sino una pileta encajada o, mejor dicho, ‘encajonada’ en el rincón de la propiedad. El modo en el que las paredes rodean la pileta en dos de sus lados, da la pauta que el agua es tocada por el sol en posiblemente no mucho más que una hora y media por día. Más allá de eso, esa pileta es el mejor feature de la casa. El resto del jardín compuesto más bien por los bordes de la pileta y de la casa son una suerte de cinturón seco con agujeros en el piso y una serie de masetas que conforman una huerta de cocina en la que Robertito demuestra su voluntad no sólo de arraigo sino tambien su reclamo de sensorialidad a traves de los aromas y los sentidos: ‘los visitantes pueden tocar, al entrar, esta hierba para purificar sus manos’. Todo esto al grito de: ‘Qué divina! Qué divina!’ de la Tinayre. Vale decir y esto me consta porque me la crucé en Barneys que el costo de todos los contenidos de esa casa equivalen al gasto de una y media de esta buena mujer en una tarde de shopping en New York. Esta es la parte fresca de la casa. Sin embargo, el interior de la misma es otra historia.

El modo en el que Robertito decoró el interior de su casa denota, en primer lugar, falta de recursos para el tipo de decoración ‘de época’ que pretende tener; en segundo lugar, un gusto poco entrenado y finalmente, una relación bizarra con su madre propia de muchos gays con problemas de intimidad. La relación entre lo primero y lo segundo es significativa porque si bien por un lado anuncia que los muebles son heredados (dando idea de tradición y continuidad) esto no se ve acompañado por una ‘sabiduría estética’ dada por ese linaje. Por esto, ya de entrada hay disonancia. Pero empecemos por el principio: en primer lugar, los problemas presupuestarios. De un modo similar a otras casas analizadas en este blog como, por ejemplo, la de Ginette Reynal o Esme Mitre, en donde los muebles ‘de época’ no son elegidos para ese espacio sino que son el resultado del rejunte que deriva de los repartos entre familiares precarizados, el interior de Robertito es otro justificativo para esos cachivaches agrupados bajo el dudoso paraguas conceptual del pastiche posmoderno en el que, supuestamente, todo vale. El problema con lo posmoderno es que exige recursos para poder combinar muebles contemporaneos de alta calidad con los muebles de epoca. En el caso de Robertito los muebles son pesados y oscuros; en síntesis, poco sofisticados y ‘de vieja’. En su living el combina cuadros en colores pastel del tipo heladería marplatense de la década del ochenta con muebles usados al punto de desgaste y otros que han sido recubiertos de una tela color marfil que trajo, como cuenta, de un viaje a Paris y que compró en liquidación. Esa tela se repite en varios cuartos de la casa. La falta de elementos decorativos de calidad llama la atención, así como el descentramiento del cuadro principal respecto de una boisserie de muy mala calidad (instalada por ‘Eduardo el que hizo toda la boisserie del Estrugamú’ -sic- ) y las lamparas de mesa lateral tambien de mediocre calidad que hacen que el espacio parezca el salon de reuniones de un hogar de ancianos en funcionamiento del barrio de Flores. Todo esto frente a los gritos de la Tinayre: ‘Mirá que lindo!’. El sofá revestido con la tela comprada en Paris es de su madre. Esto significa que en el living tenemos una suerte de homenaje a su madre (en tanto que es el único mueble más o menos fresco) y el resto son muebles viejos, oscuros y deliberadamente depresivos. De pronto la cámara de su celular se posa en un espejo de estilo imposible de identificar porque pertenece al eclecticismo decadente de la decada del 40. Las volutas son asimetricas sin ser Roccocó y el marco es directamente de mala calidad. El hecho de que esté apoyado en el piso y que el cuadro más importante de esa sala este descentrado respecto del techo y la boisserie dan la impresión de que todo en esa sala está entre deprimido y desarmado. Como living es lúgubre y fofo. Una combinación complicada.

Luego pasamos al pasillo de ingreso que es la sala mejor presentada de la casa porque tiene una lantern estilo Chelsea que es el tipo de iluminación indicado para ese espacio pero que al enfocar hacia el living desde la puerta, muestra a los pisos demadera demasiado claros y no pulidos para ser alternados con ese tipo de boisserie de paredes. A la derecha de esa salita hay un soporte de botas, obviamente heredado o comprado en una casa de muebles de segunda mano en la que colocó algunos libros (que nunca leyó ni leerá). Sin embargo, y como no podia ser de otra manera, el equilibro de ese espacio está totalmente alterado por la inclusión de otro sofá de esa misma tela borravino. Así como los pisos no son compatibles con la boisseries, el color de las paredes de un ‘crema’ que genera disonancia cromática y hace que todo sea aún más kitsch plantea un problema en toda la casa. En la consola de entrada, en el lugar de honor de la casa, Robertito coloca una foto de su madre de los 60s (que vale decir era muy linda) debajo de un espejo de marco de estuco pintado de plateado del tipo de los que hay en peluquerias con pretensiones boudoirescas.

Pero no conforme con eso, Robertito nos lleva a los pisos superiores compuestos por dos habitaciones. La de él tiene techos muy bajos con paredes color huevo. La cama con buen respaldo pero con un duvet sin funda con las mesas de luz, nuevamente, demasiado lugubres y avejentados. En este casa, el mueble de periodo nunca llega a ser de periodo para ser ‘antiguedad’ y queda en ese limbo entre la decoración y el abandono. Asimismo no hay un estilo definido en el periodio sino que es un rejunte de estilos afrancesados en muebles que necesitan ser restaurados y todo esto combinado con paredes en color amarillo huevo y el techo blanco!!!!. La habitación tiene ventanas pequeñas que no se condicen con ese mobiliario y estan descentradas lo que hace imposible brindar el tipo de simetría exigida por la pretensión de ese tipo de mueble.

Finalmente, llegamos al cuarto de la madre que estructuralmente es el mejor porque, en principio es en suite pero los features del baño son demasiado modernos para los muebles que contienbe. El piso tiene una alfombra de pésima calidad pero el punctum es que mientras en todos los espacios los cuadros son o bien retratos de primeros planos (tipo foto carnet) y cuadros cuadrados con figuras deformadas como manchas en colores pastel, en este cuarto, Robertito decidió colocar sobre el lugar en el que su mamá duerme una mujer desnuda con los pezones erectos en pose desafiante. Frente a esto y en lugar opuesto colocó esquizoidemente un reclinatorio de capilla privada para rezar apuntando hacia la pared justo al lado de un estufa Orbis.

Puede decirse, entonces, que la casa se estructura a partir de una serie de sistemas de opuestos enmarcados de manera claustrofóbica. La pileta, sin salida y acorralada en un rincon de la casa, parece como el único lugar junto con el huerto minimo en el que se pueden disfrutar de los sentidos en un interior que está diseñado para obstruirlos. El interior está compuesto por muebles viejos que son presentados sin mayor sentido que el del homenaje a la madre (y a su familia de procedencia) en tanto fragmentos de un naufragio transgeneracional signado por el trauma (de ella, supongo). Ese trauma es trasladado a su hijo que hace de la habitación de su progenitora un esquizoide santuario/capilla a una Venus imposible de coger desde un punto de vista Edípico y que ni siquiera vive ahí. El cuarto, como Robertito, siempre la esperan. La subida del volumen erotico en el cuadro de su progenitora ocurre al tiempo que en su propio cuarto hay una suerte de castración si tiene en cuenta que está colocadó de manera subsidiaria como en un lugar liminal, casi como si en un pasillo mal construido entre el balcón y la escalera. Es, efectivamente, la habitación de Norman Bates. Apesar de su narcisismo, no es él el que verdaderamente importa en esta casa ya que lo que se venera es la belleza adulterada de un pasado idealizado cuyo recuerdo está atado con alhambres. La casa como balsa transgeneracional. J A T