El app. que el gobierno inglés me hizo bajar en mi celular cuando todavía estaba en Grecia me envió esta mañana un aviso. El sabado pasado estuve expuesto al COVID mientras comía con una cita en un restaurante en el centro de Londres. Por esto debo aislarme diez días. Entiendo esto como un capítulo más en una guerra que es, indudablemente, política y cuya línea (o frente de batalla) se mueve cada vez más hacia los lugares más intimos de nuestras vidas. Por ‘íntimos’ no me refiero simplemente a esos dispositivos de disciplinamientos Foucaultianos como el sexo y la cultura de masas sino a como los nuevos modos de vida y del trabajo han venido atomizandonos al punto de estructurar nuestra cultura en, algo así, como dos bandos: el bando de los ‘avoidant’ (es decir, los que gozan de una neurosis que justifica sus vidas como productivas pero que, en realidad, consta de la persecusión de toda una serie de razones cuyo fin último es evitar vivir plenamente) y el de los que siguen queriendo vivir en relación a los otros.

El lockdown tuvo efectos concretos y profundos en mi vida. Por lo pronto, mis amigos se alinearon en bandos análogos a los arriba mencionados. Por un lado, estan aquellos que, cuidadosos, hicieron un esfuerzo por conectar y así, tejer esa red que garantiza que permanezcamos cuerdos equilibrando responsablemente la relacion entre afecto y riesgos. Por el otro están aquellos (generalmente inmigrantes a Londres, de clase media y trabajando como profesionales graduados en grandes ciudades) que entraron en panico y desde ese momento, se negaron a darme un abrazo en pánico al virus. Para los primeros soy la posibilidad de salir del aislamiento desde el calor de la amistad mientras que para los segundos soy un amenaza o un agente de contagio tolerado hasta cierto punto de proximidad avalado por el Estado. Al ser HIV positivo vengo muy preparado para esto sobretodo porque mi cultura (gay) tuvo que decidir allá en medio de la crisis del SIDA si quería vivir como víctimas o en control de sus propias vidas. Era morir de SIDA o vivir con SIDA. La diferencia es sutil pero muy importante.

Lo que quiero decir es que ya vivíamos en una sociedad cuyas leyes del mercado y modos de trabajo y cultura nos ha venido empujando hacia la atomización. Por ejemplo, en el gym, las pocas veces que alguien amagó saludarme se encontró con un bloqueo en forma de gambeteo de mi mirada por la sencilla razón de que disfruto hacer ejercicio escuchando música y cualquier saludo, dentro de mi neurosis, es una violación a mi intimidad. Frente al esfuerzo de esa interacción mi dispositivo psíquico me lleva a seguir escuchando música por default. En mi entorno, mi ex Konstantinos ha transformado su vida en una constante busqueda de razones para no tener que disfrutar e hizo de la teoría (la psicoanalítica, para ser más exacto) un fetiche tras el cual ocultarse simulando ante el mundo y, lo peor, ante sí mismo que está en contacto con su propia humanidad. El ‘Ouroboros’ de Liliana Maresca en el patio de Puán (la Facultad de Filosofía y Letras) era una escultura de alhambres y papel de una serpiente comiendose a sí misma revestida de hojas de libros en lugar de escamas. Lo que Maresca evocaba era el uso del saber como modo de evitar conocer la vida a traves de nuestra experiencia, nuestro cuerpo y nuestros amigos. Una sobreintelectualización de lo que a uno le ocurre tiene como resultado no tener que exponerse a eso que a uno le ocurre. Son precisamente estas energías, las que considero el verdadero enemigo contra el que tenemos que emprender nuestra batalla. Una batalla cultural en la epoca de la biopolítica.

Esto, desde ya, no significa que no voy a obedecer el autoaislamiento. Lo que sí creo que comienza a ser una obligación ‘moral’ es hacer el esfuerzo para contraponer una estrategia de conectar con el projimo y evitar que el mandato al aislamiento acabe naturalizando nuestras neurosis. Mucha gente ha tomado el COVID como una oportunidad para transformar sus inseguridades subjetivas en una realidad objetiva y es precisamente esta inversión de lo peor de nuestra interioridad en una proyección sobre el paisaje que nos rodea. Digo esto porque en algunos amigos estoy notando que no solo por el COVID sino por el tipo de vida que eligieron, la capacidad de sorpresa y el disfrute ya les es totalmente extraña. Ese es el nuevo orden contra el que nuestra generación tiene que luchar. J A T