Una muestra captó mi atención la última semana y es ‘El sol por atrás’ de VVAA que tuvo lugar en el Parque Los Andes de Chacarita el martes 8 de diciembre de 15 a 21 horas. Como voy a demostrar, la misma se inserta en una riquísima tradición artística argentina y regional de arte comunitario y participativo pero lo hace a través de un filtro privatizador y excluyente. Los artistas involucrados en esta experiencia fueron, entre otros: Denise Groesman, Danusi Ferrari, Celina Eceiza, Marina Deaiez y Lucia Reissing. La consigna, según el texto de presentación era la siguiente: ‘En marzo estábamos apunto de invitarles a nuestro festival y la pandemia nos encerró en nuestras jaulas . Ahora que nos estamos descongelando es el momento ideal para amasarnos todes juntes. El martes próximo les esperamos en parque Los Andes en la zona abierta (altura Maure) . Diseñamos un día mágico para ustedes ! Drenaje y fantasía ! Las obras y actividades arderán a la luz del sol y en el ocaso desaparecerá como un circo’. Post-pandemia, magia, salir de la jaula y descongelarse son las ideas rectoras de una experiencia que se inserta en una tradición muy argentina de arte para ‘amasarse’.

A través del registro fílmico del juez pelilargo Gustavo Bruzzone, tenemos acceso a una serie de ambientaciones, objetos, instalaciones y performances participativas dispuestas en el espacio público del parque. La convocatoria en sí misma es idiosincrática ya que ocurre un día de semana en horarios de tarde en los que la gente, habitualmente, trabaja. Esto ya limita el tipo de espectador con acceso a esto para excluir, por así decirlo, al ‘hombre común’. En cierta forma, esta es una actividad que si bien está publicitada acaba siendo reservada para un círculo específico de ‘conocidos’. Es como si una actividad íntima fuera publicitada pero, de cierto modo, sigue siendo íntima y por íntimo me refiero a exclusiva a un grupo de amigos o conocidos (entre ellos).

Si seguimos el derrotero de Bruzzone, de entrada se topa con los muñecos de Dana Ferrari que están colocados da manera ‘viral’ en el paisaje para llegar a su epitomización en un conjunto de muñecos unidos como una serie de almohadas en donde un grupo de amigos descansa bucólicamente en el parque como si de una puesta del ‘Desayuno en la Hierba’ de Manet se tratara. Luego Bruzzone se encuentra con una instalación/objeto escultórico immersivo, creo que de Denise Groesman, que no es evidentemente immersiva; algo que es aclarado por la artista cuando felicita a Bruzzone por saber qué hacer con él. El conocimiento a priori e interno de los modos de uso de los objetos dispuestos son como en Starbucks algo apreciado por los organizadores. Es tambien Groesman quien hace las veces de anfitriona del visitante mientras juega vestida como juglar medieval con un objeto que simboliza el infinito en un cuerpo de obra fuertemente vinculado a Xul Solar y al espiritualismo como fuente de valor. En esta línea participativa y mística tenemos a Eceiza (creo) en una tienda dedicada a ‘hacer trabajos de purificación espiritual’ del visitante pasandole la plumita a un juez de la nación necesitado de mimitos de la pebeta. Por más anti-artistico que parezca, la artista misma se encarga de despejar las dudas aclarando que uno de los objetos utilizados por ella remiten a obras tardías de caracter participativo y terapeutico de no otra que Lygia Clark.

Esto que, a primer vista, parece muy agarrado de los pelos, en realidad, no lo es en el contexto tanto del arte argentino como del regional ya que se vincula con aquellas experiencias de la temprana transición democratica de figuras como Batato Barea (en El Clú del Claun) y Liliana Maresca. El primero salía a plazas e instituciones psiquiátricas a establecer por medio de la técnica del clown un tipo de relación empática con el espectador/interlocutor a partir de metodos actorales y fenomenologicos desarrollados en Francia en la decada del 70. El caso de Liliana Maresca se acerca más al misticismo con su fuerte vínculo con la alquimia y el convencimiento de que el arte es un modo de soportar la depresión social y política así como la catástrofe personal. En esta línea debemos recordar la experiencia de La Kermese en el Centro Recoleta en donde Maresca y un grupo de artista generaron una suerte de parque de diversiones invertido en el que la distancia entre espectador y objeto artístico era superada al tiempo que la experiencia artística era transformada en juego y comunidad.

La experiencia de ‘El sol por atrás’ en el Parque Los Andes debe leerse en esta tradición y desde ese punto de vista aunque sus modos sean mucho más privatizados ya que el acceso parece ser reservado para aquellos que conocen las reglas y los participantes. Es casi impensable que en tiempos de COVID y no solo por razones sanitarias sino tambien por timidez social, alguien vaya a caminar en medio de la nada a la exposición en medio del parque en el que un grupo de amigos interactúa con total soltura ni recostarse sobre unos muñecos en el que ese mismo grupo de amigos descansa. El acceso del visitante es provocado pero tambien sufre de cierto extrañamiento e incomodidad que se traduce en rechazo (por parte de esta suerte de ‘tribu urbana’). Esto es algo que estoy viendo mucho en Buenos Aires en este momento ya que si bien por una parte se abre la participación en realidad esto es una excusa de autoconvencimiento para perpetuar al grupo cerrado. Mientras en Maresca había una transformación del espacio público en algo aún más público, en la experiencia de Parque Los Andes la experiencia privada del grupo de amigos se desplaza al parque como si de un pic-nic se tratara para dejar al visitante afuera de ‘eso’ que los convoca. Esto nos lleva a preguntarnos por el modo en el que esta experiencia tiene que ser experimentada. El mismo Bruzzone parece estar fuera de lugar y no saber qué hacer durante la mayor parte de su trasnmisión y convengamos en que si hay algun extraño a ese grupo que conoce las vías de ingreso es él. Es así que me atrevería a decir que la muestra no es un conjunto de actividades, instalaciones y objetos que permiten a los visitantes interactuar con ellos sino que transforma en un objeto artistico a todos esos objetos y los amigos de los artistas que interactúan entre sí para una mirada externa que los decodifica cognitivamente como una acción conceptual post-Duchampiana en la que el ready made es ‘el grupo de amigos’. Esta muestra nos permite recordar a Batato y Liliana pero no con alegría sino con profunda nostalgia. J A T