Tras un año de COVID vino la segunda ola y Boris Johnson tomó, finalmente, la decisión de mandarnos a guardar un mes más. Así pasó el mes de Noviembre. Recién llegado de Grecia no me fue fácil hacer la transición de estar inmerso en una familia a estar sólo en cuarentena por lo que evité la militancia de los neuróticos del orden sin perder el sentido de responsabilidad negociando mi burbuja de amigos de manera un poco menos rígida. No obstante esto, cuando la semana pasada se dió por terminada la cuarentena obligatoria, organicé una visita a Londres para reunirme con amigos lo que fue ‘corona-do’ (not pun intended or maybe yes…) por una ‘date’. Su nombre es Simon lo conocí via Instagram y los días anteriores a nuestro encuentro me encontraron inusualmente entusiasmado posiblemente como efecto del encierro.

En papeles (es decir, por fotos) Simon es definitivamente mi tipo y aunque mi experiencia con los Australianos nunca supo ser del todo fluída, este parecía encaminarse hacia una excepción a esa regla. Fue así que el sabado tras horas de charlas y caminatas con amigos me encontré en la esquina de Shaftesbury Avenue y Old Compton Street donde está la obra de teatro de Harry Potter, obviamente, no para entrar al teatro sino para ir a comer. La impresión inmediata fue positiva. Una suerte de vikingo o, también, de Enrique VIII pero con un cuerpo entrenado que tolera, sin problema alguno, un speedo en las playas de Sidney pero que no tiene ninguna de las marcas molestas de la cultura gay asimilada de las musculocas que me resulta tan poco atractiva. La idea era ir a Chinatown pero, por alguna razón, terminamos en un restaurant francés art deco bastante monumental en un subsuelo a metros de Picadilly Circus. Comer ahí es como hacerlo en el comedor del Titanic en epocas del Gran Gatsby. Yo vestido de jean negro y buzo negro Maharishi con bordado de flores en el pecho y él con hoody caro, tatuado ostentando un gran parecido a mi amado Post Malone lo que le sumaba más puntos. Así, juntos nos embarcamos en una charla sin fisuras ni silencios incomodos que luego fue continuada en un bar de Oxford Circus. La mezcla de alcohol, charla y la visual de esta suerte de poco pretencioso semi-dios escandinavo criado en las playas autralianas y el surf generó una sinergia sólo interrumpida por el toque de queda impuesto por el estado de excepción en el que todo se termina a la medianoche. Antes de partir, él fue al baño y unos segundos despues decidí seguirlo para hacer lo propio antes de emprender el regreso a mi hotel en South Kensington. Pero al abrirse d ela puerta del baño, él salió y con ese tipo de determinación que valoro y mucho, me estampó un beso comprensiblemente reciprocado de mi parte.

Al volver al hotel, a la hora y media me llamó para decirme que estaba pensando en mí y que quería venir a mi casa el martes. Sin embargo, ese día en lugar de hacer eso me mandó una captura de pantalla con el mensaje del app del COVID que yo recibiría unas horas más tarde y que nos obligaba a recluirnos durante los siguientes diez días por haber estado expuestos al virus en el bar en el que nos besamos. De haber venido a visitarme, nuestra segunda ‘date’ hubiera sido una suerte de luna de miel forzada de diez días que, sin duda, hubiera puesto demasiada presión a lo que por ahora es una amistad.

Siempre un optimista y habiendo elegido un restaurant y un bar grande de techos muy altos no pensé que ninguno de los dos tuviera COVID pero hoy me desperté con un mensaje en el que me cuenta que dió positivo lo que hace que las chances de que yo lo tenga sean casi totales. De una manera u otra, serán nueve días más de encierro y mañana el test domiciliario dilucidará si ese beso nos acercó más de lo querido, al menos, en ese comienzo. To be continued… J A T