Cuando mi date del fin de semana me dijo que había dado positivo al test de COVID pensé inmediatamente que me lo había contagiado lo que, en principio, demuestra mi falta de sentido común si se tiene en cuenta que ambos estuvimos expuestos al mismo tiempo en el mismo lugar y que el beso que me dió ocurrió tan cerca al momento de la exposición que no puede haber contado como factor de contagio. Dicho de otro modo, si me lo contagié no fue de él sino del aire que ambos respiramos mientras nos besabamos. Las tecnologías de mi ‘avoidance’ en materia de intimidad nunca dejan de sorprenderme y, al menos, en este caso tengo la distancia suficiente como para percatarme.

Por lo antedicho, llamé al 119 para preguntar qué hacer, además de obviamente autoaislarme. Del otro lado del teléfono, una señora muy paciente y educada me hizo una serie de preguntas que condujeron a una decisión: querés ir a hacerte el test a un centro de testeo o que te mandemos el kit a tu casa, dijo. En ambos casos el aislamiento sería roto pero me pareció que la segunda opción sería menos disruptiva. Al final y a poco de cortarme me dijo que tras hacerme el test, deberia llevar la caja con el isopado a un buzón especial que yo entendí como ubicado en el Post Office. Contra lo que era de suponerse, el kit llegó dos días despues. Lo hice inmediatamente y lo llevé al Post Office donde tuve que hacer una cola con mi caja estampada con el más que claro símbolo de Bio Hazard. Cuando me tocó mi turno pude ver la cara de terror de la pobre mujer que no dudó en indicarme que ese buzón especial estaba en la esquina. Cómo saberlo?

Tras depositar el test y sin síntomas, volví a mi casa y mi ‘date’ me mandó un mensaje diciendo que había pasado todo el día almorzando en casa de una amiga lo que significa que rompió el autoaislamiento cuando una amiga de él decidió que no le importaba por lo que él manejó su auto hasta la casa de ella y pasaron todo el día tomando aperitivos. Parcialmente irresponsable pero muy sexy en su renunciamiento deliberado a la neurosis y el miedo que parece gobernarnos desde nuestro sentido de la culpa. Recordemos que la biopolitica no nos controla a través de las leyes y ni siquiera a través de los saberes sino en los modos en los que nosotros mismos gobernamos nuestra vida en sociedad. Ese autocontrol que a uno lo hace sentir tan orgulloso de sus propios logros y moralidades no es otra cosa que la articulación inconsciente de mandatos impuestos desde otros lados por los verdaderos poderes. Tal vez sea por eso que esa noche decidí irme a correr al ritmo de ‘Circles’ de Post Malone que dicho sea de paso me recuerda a mi date. Casi por la mitad de mi autoaislamiento sigo esperando algun síntoma y cuando viene un estornudo o una tos ocasional los caminos de la psiquis me llevan a la sugestión pero no nos olvidemos que soy un homosexual que vivió gran parte de su vida y más especificamente de su vida sexual en medio de la crisis del SIDA. Para alguien como yo el contagio suele ser una forma de liberación. Es más en ciertas subculturas del sexo sin protección, la transmisión del virus puede ser entendida como la creación de un vinculo alternativo o en reacción a la imposición de ese nuevo mandato heterosexual que es el matrimonio igualitario. En mi caso en particular el COVID sería, en caso de tenerlo, otro virus en mi cuerpo que no sólo me inmuniza sino que me permite continuar mi vida sin capacidad de contagio a otros ni a traves del virus ni a traves del miedo. El contagio homosexual como modo de salida de una vida signada por la muerte lente del miedo y la neurosis obsesiva heterosexual. J A T