No habla demasiado bien de Gustavo Bruzzone el que, a esta altura del partido, le tengan que presentar a Dardo Fabian Flores lo que muestra un desconocimiento de ciertos ámbitos del arte que hasta hoy, había venido ignorando. No obstante esto, los últimos videos de Bruzzone muestran un cambio en la dirección de la mirada hasta ahora demasiado preocupada en registrar aquellas manifestaciones artísticas que han fetichizado  ‘lo nuevo’.   Este fetichismo del delirio de vanguardia inoculó a los grupos generados a partir del Rojas convenciendolos de su rol mesiánicamente en la historia del arte argentino. Si bien, en parte, marcaron una época, parece haber llegando el momento de incluir aquello que ha quedado afuera de ese monopolio. La muestra de Opus Sur cuyos coordinadores son el ya mencionado Dardo Fabian Flores y su amiga Maria Ines Tapia Vera es un buen punto de partida.

 

En principio, me animo a decir que lo de ‘Del tiempo y del río’ aparece como una bocanada de autenticidad precisamente porque no es novedoso ni pretende serlo. Lo que Tapia Vera y Flores muestran son una serie de dibujos, instalaciones, videos y performances bajo el paraguas de su proyecto OPUSUR realizados en cuarentena. Junto a San Martin Vampire, un grupo musical que hace 20 años que no tocaba (y que, según, Tapia Vera era de culto al punto que Gustavo Cerati era un fan), buscan maximizar la visibilidad pública para la denuncia de la situación de la quema de humedales. Las imágenes presentadas son en blanco y negro, oscilando entre el realismo y la alegoría política en un lenguaje visual que podría ser considerado como ‘pasado de moda’ pero que en una escena artística porteña tan desesperada por estar todo el tiempo al corriente de la moda y hablar el lenguaje de ‘lo contemporáneo’, acaba siendo una bocanada de aire fresco.

 

 

En un contexto en el que ‘las tecnologías de la amistad’ tras su comodificación conceptualista por parte de Roberto Jacoby y Belleza y Felicidad han transformado al amor en una estrategia prostibularia del sistema del arte vernáculo, ver a dos amigos juntarse con un vecino a hacer lo que vienen haciendo desde siempre para poner el arte al servicio del mejoramiento de la realidad me parece, por lo menos, elegante. Esto último nos lleva a la cuestión de si este tipo de arte político (al que el Grupo del Rojas se opuso explícitamente y que generó el resentimiento de Marcia Schvartz en ese debate organizado por ella, Marescas y Pierri) puede alguna vez cambiar la realidad. Cuánta gente puede ver estas imágenes y cuánta concientización puede hacerse efectiva con lo limitado de estos recursos sin terminar, como ocurrió con Tucuman Arde en el 68 renunciando al arte para dedicarse a la militancia o, como le dicen ahora, al activismo. Dicho de otro modo, si lo que preocupa es cambiar la realidad, la estética siempre aparecerá como obstáculo para la ética. Este siempre será el límite que proyectos como estos encontrará y del que dificilmente podrá zafarse. Es dificil saber si este tipo de consideraciones conceptuales preocupan a Tapia Vera y Flores que parecen encontrar en el arte una oportunidad para la celebración melancólica y por qué no, morbosa de aquello que resulta disfuncional en nuestro presente.

DARDO FLORES

 

Los dibujos con acuarela y lapiz de plata (silver point) de Dardo son verdaderos tours de force virtuosistas que llegan al punto de parecer querer renunciar a la pretensión artistica para transformarse en una suerte de crafting o mantra en el que el artista abandona su mente al ritmo del cuerpo en el proceso de la manufactura. Hacer tantas ramitas parece ser un ejercicio encontrado por Dardo para no perder la cabeza en manos del aburrimiento en tiempos de cuarentena. Es por esto que el compromiso de estos artistas con la política no se da a partir del repliegue respecto de un sistema que ven como terminalmente ajeno sino de cierto optimismo (ciertamente anacrónico) respecto de las posibilidades de la representación para el cambio de la realidad.  Como puede verse, lo representado son las quemas de los humedales que los une a artistas activistas como Alexandra Kehayoglou o M7Red recientemente laureados en el Prince Claus Fund del Reino de Holanda.

 

TAPIA VERA

 

Concientes de los límites de ese tipo de representación política, Tapia Vera y Flores hacen uso de recursos del arte político del feminismo global de la segunda ola como lo son las proyecciones en edificios en un intento de abrir el arte como praxis de lo burgués y privado a lo muralistico y público. Sin embargo, siempre se mantienen en el rango del optimismo artistico marxista y esto es algo que en el 2020 se presenta como un tanto naïf. Lo bueno del caso es que no lo acompañan ni con soberbia ni con ese agotador mesianismo posmoderno porteño. J A T