ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE ARGFES

Algunas argumentaciones vienen muy forzadas desde una lógica racional y olvidan el contexto sociohistórico, entre otras dimensiones. Una hipótesis más pertinente pasaría por recoger las consecuencias del incremento de los hombres que participan en relaciones sexuales con otros hombres y la frecuencia en que lo hacen, permitida por una progresiva aceptación de las diversidades en el seno de nuestras sociedades más o menos occidentales.

De esta manera se incluyen a la práctica gay cotidiana varones que mayormente mantienen relaciones heterosexuales en las que no se cuidan (o, en todo caso, lo hacen para evitar embarazos). Esto se conjuga con el tema de las masculinidades, profusamente abordado en este blog, y que se asocia a una mayor búsqueda de la exposición al peligro. Un juego que aquellos que practican relaciones con mujeres creen ganado en la medida en que entienden que si son activos o sólo chupan no se van a infectar de vih (que es lo único que les suele preocupar).

Ahora bien, esta expansión de las prácticas homosexuales se da en consonancia con la revolución en los tratamientos antirretrovirales. En la medida que la TARGA permite estándares de vida similares o mejores a los de una enfermedad crónica, se difunde el uso de estos medicamentos como prep y se descubre que aquellos VIH+ que logran mantenerse indetectables por más de seis meses no transmiten el virus, también se relajan los gays que crecieron con el estigma “gay=vih” y los que crecieron sin conocer los estragos del SIDA. La masculinidad debe ser recuperada, porque la afición por el riesgo también impacta en los gays que suponen que el SIDA ya no existe como amenaza.

De esta manera nos encontramos una oferta sexual con varones “más hétero” que no se cuidaban con varones gay/travestis que ya no se cuidan. Si el primer circuito barebackero es de tipo fiestero, entre gays, enseguida se suman los varones que vienen del palo hétero, como un segundo anillo el cual, en la medida en que más varones van encontrando otros que tampoco se cuidan, normaliza el no uso de preservativos presionando a un tercer grupo de varones, originalmente más alejado de la exposición al riesgo, el cual va a oscilar entre cuidarse y no hacerlo.

Hay muchas más dimensiones de fondo igual que afectan esto. Pero toda traducción posible de lo que pase en el mundo anglosajon debe tener en cuenta el comentario de Diego Avila, la desvalorización de la vida que sufrimos en las grandes urbes latinoamericanas, la masculinidad asociada al silencio y a la falta de controles médicos, el costo (económico y de tiempo) para acceder a preservativos/diagnóstico/tratamiento, etc.
En definitiva, es una discusión que requiere datos que aún no tenemos y análisis sociológicos en nuestra cultura que no se han realizado con la envergadura necesaria para acercarnos a la trama subyacente.