Hay algo épico y ciertamente emocionante en la sanción de la ley del aborto. Esto ocurre en un momento muy particular de la historia de la humanidad en la que el mandato Covidiano nos obliga a aislarnos delegando el poder de soberanía en el aparato del Estado representado en sus Ministerios de Salud. El hecho de que un par de senadoras pro-vida hayan decidido cambiar su voto abre una luz de esperanza en una país cuyas decisiones parecen no ser por convicción sino por intereses corporativos. Este voto además ocurre en un contexto internacional muy reaccionario respecto de las políticas de género lo que coloca a la Argentina en un lugar interesante pero tambien debe mantenernos alertas.

Ruth Miller dijo que ‘el útero y no el campo de refugiados es el más efectivo ejemplo de lo que Foucault entiende como la biopolítica’. Si la biopolítica administra la vida entonces el poder sobre la muerte es su contraparte en la administración de las poblaciones. Para Agamben, el poder soberano tiene la capacidad de cancelar el status de aquello que se mata de modo tal que no cuente como una vida humana digna de ser vivida. El espacio biopolítico absoluto era para él el campo de concentración nazi. El aporte de la norteamericana Penelope Deutscher a este debate fue el de incluir a la implementación de mecanismos legales en torno del aborto no como redentivos sino como rescindibles. Esto implica una intermitencia de la subjetividad de la mujer como ‘tomadora de decisiones’ ya que el acceso al aborto ha estado disponible a traves de estructuras de ‘estado de excepción invertido’ en las que el mismo es garantizado como excepción a una ley que (como excepción de la excepción) continúa, a pesar de lo que se crea, sosteniendo que el aborto es ilegal. El contexto de ‘grieta’ en el que esta ley fue aprobada tiene que hacernos prestar atención a esto y no creer que el triunfo naturaliza una realidad que culturalmente va en contra de la misma. Digo esto porque el espiritu de victoria del asambleismo feminismo de segunda ola puede crear esta fantasía que, eventualmente, puede volver como un boomerang.

En 1973, en Roe vs Wade la Corte Suprema de los Estados Unidos legalizó el aborto bajo el derecho a la privacidad protegido por la 4ta Enmienda ‘en tanto el feto no fuera viable’ (osea que no pudiese sobrevivir fuera del útero materno). Esto significa que si bien suele pensarse que Roe vs Wade decriminalizó el aborto, no hizo otra cosa que confirmar la disposición del estado a intervenir sobre el útero de la mujer. Deutscher nos recuerda que en el 2013 en algunos Estados como Arkansas o North Dakota ya se había comenzado a condicionar esta decriminalización. Si se tiene en cuenta que las mujeres no detectan el embarazo hasta la quinta semana, los requerimientos de estas normativas no hacen otra cosa que hacer del aborto algo, en la práctica, ilegal sólo tolerado a través de una serie de excepciones. Otra forma de mantenerlo como ilegal y este el caso de las ‘pro-vida’ fue el de atribuir persona juridica al feto e incluso representación legal para que ‘testifique’ contra mujeres que quieran abortar. Ademas, Roe no ha garantizado acceso práctico al aborto ni ha resuelto la desigualdad de acceso para las diferentes clases; algo que en el contexto Kirchnerista es de suponer será atendido. La pregunta es cuán estricta será la reglamentación para que esta obligación sea de todo gobierno y no dependa de la relación eventual con la Iglesia?

Penelope Deutscher

Para Deutscher, el aborto es un regimen legal de persistente excepcionalidad invertida que produce una forma especial de precariedad para las mujeres al tiempo que las excluye de la vida pública en virtud de su capacidad reproductiva. Para Agamben cuando el interes político define a una vida biologica colectiva (a una población) como relevante, la misma es dividida entre vidas humanas plenas y nuevas formas de vida excluídas. Estas últimas no están excluídas de la polis sino puestas en confrontación con aquellos que tienen derechos. Con la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789 sobrevino la fantasía de que ‘es el hecho del nacimiento la fuente de todo derecho’ y que ‘los hombres nacen libres y permanecen libres e iguales en derechos’. Esto equivale a la ficción de que el nacimiento hace automáticamente a la Nación. Pero hay otra ficción en juego aquí ya que en la Primer Constitución Francesa, muchos nacidos en Francia no fueron automaticamente considerados ciudadanos franceses plenos sino ‘ciudadanos pasivos’ y esta exclusión, evidentemente, persistió con las mujeres. Por eso, en el imperio de la biopolítica Agamben nos pide que identifiquemos a una nueva entidad política: ‘el muerto vivo’ que no es otro que el ciudadano pasivo, los niños, los locos y los criminales. Dicho de otro modos, todos aquellos ‘sin derechos’. Dentro de ‘el ciudadano pasivo’ debemos incluír a las mujeres cuya función es ni más ni menos que la de reproducir y nutrir a los ciudadanos. Si el nacimiento es precondición para los derechos políticos, las mujeres son una excepción política. Así su status político puede ser puesto en cuestión en cualquier momento de acuerdo a los vaines de los intereses políticos, nacionales o étnicos. Yo no excluyo la decisión ‘agrietada’ del Congreso Nacional dentro de esta ‘excepcionalidad thanatopolitca’ y este es el punto de este post.

No obstante esto, durante el siglo XX las mujeres devinieron ciudadanos plenos (Evita de por medio) al tiempo que se les reconoció lo problemático de su lugar para el futuro reproductivo. En este contexto deben ser entendidas las leyes del aborto en tanto que fijan a las mujeres como locus de elección moral respecto a la reproducción y, como dice Deutscher, ubican a la legalización del aborto como excepcional en el marco de la estimulación del status de la mujer como uno de incerteza, desafīo y rescindibilidad.

Jill Lepore

En el 2013, Jill Lepore dijo en ‘The New Yorker’: ‘si un óvulo fertilizado tiene derechos constitucionales entonces las mujeres no pueden tener los mismos derechos que los hombres’. Esto fue dicho hace sólo siete años! Desde ya, Trump dijo cosas peores. Esto significa que el cuerpo femenino contiene la posibilidad de ser anómico a partir de tres fantasmas: 1) el fantasma soberano capaz de revocar la vida, 2) el principio de la vida y 3) un espacio corporal intensamente inestable en el que el regimen legal siempre y digo, siempre puede ser revocado… Esto convierte a la mujer en un ‘semi sujeto’ y nos lleva a la noción de Judith Butler de aquellas ‘personas que son diferentemente llorables’ lo que nos lleva a hacernos tres preguntas: 1) Qué vidas no son optimizadas a los fines de la administración de la vida de algunos?, 2) Cómo algunas poblaciones son administradas para ser constituídas como menos que humanas? y 3) Como entender a la deshumanización como una forma de gobernabilidad?. Todo esto nos debe mantener en guardia porque esta victoria no es para siempre. J A T