ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE ASTON MARTIN

Jelinek era una morocha muy linda, tenía un toque de distinción (si no hablaba demasiado) con el que Salazar o Pradón no podían ni soñar. Después, bueno, pasaron cosas. Cirujanos mercachifles que la fueron arruinando de a poco. Y, sobre todo, su propia voluntad para mutar utilizando esa mezcla de materiales sintéticos que, desde mi punto de vista, le quitaron naturalidad y la dejaron parecida a tantas otras. Si uno camina por la zona de Recoleta o Barrio Norte (no es algo que haga seguido porque vivo a 70 km de ahí) se cruza con mujeres que podrían haber sido muy bellas en su madurez, y sin embargo decidieron tomar el camino sin regreso de las cirugías y hoy lucen esos rostros con expresión eterna de asombro a lo Patricia Sosa, el único gesto que les permite su piel mil veces estirada y rellenada.