Yo diría que si el mundo del arte porteño tuviera que definir su panteón de caricaturas, una de ellas sería, sin ningún lugar a dudas, María Casado. Née Casado Sastre, la Mary no pierde oportunidad para posicionarse frente al interlocutor como si, por la pureza de la sangre, su lugar estuviera más cerca de Dios que el resto de los mortales. Fue tal vez esa obsesión por la pureza de la sangre la que la hizo casarse con Pedro Guiraldes, hijo del célebre Cadete Guiraldes quien era, a su vez, una de las caricaturas más importantes de esa artificial construcción tradicionalista argentina que tuviera como epicentro San Antonio de Areco. Entre la caricatura de la gauchesca argentina y la de la Peggy Guggenheim de zona norte y a modo de puente tenemos a Pedro Guiraldes, ex dueño de una constructora con cierto brillo en su momento pero que, por los vaivenes del país, terminó entrando en crisis. Esa inestabilidad financiera no fracturó su matrimonio que, a pesar de las supuestamente conocidas dificultades que ha venido atravesando, se habría ideo actualizando de acuerdo a las mores de los nuevos tiempos en donde lo que antes se entendía como traición, hoy se caracteriza como poliamor o aperturismo de pareja. Es como si con su apellido, María le dijera a modo de mantra a su marido: estas casado, estas casado, estas casado.

En realidad las ínfulas aristocratizantes de María Casado tendrían su orígen, según comentan las malísimas lenguas, en la verguenza que sentiría (si se tiene en cuenta su obsesión por la pureza de la sangre) por el hecho de que dentro de su apellidada familia, su ingreso habría sido mediante un ancestro que no estaría a la altura de sus expectativas. Casado Sastre de Guiraldes trata de borrar la mácula mediante una serie de performances de clase en las que el arte contemporáneo es desenfundado como sable. Es por esto que no dudó en transformar la intimidad de su casa en galería de arte. Esta performance de pornografia social vacía lo privado para transformar en arquitectura modernista a su ethos de Instagram.

La casa/galería de María Casado tiene ese tipo de espectacularidad funcional propia del desarrollismo latinoamericano que muchos ven como una gloria y para el primero mundo, a veces, suele ser el único lente a traves del cual nos mira. La casa de los Casado Sastre-Guiraldes podría compararse a la de la familia Moreira Salles en Rio de Janeiro con diseños de Burle Marx. La diferencia entre esta y aquella es que mientras la potente familia brasileña tiene margen suficiente como para ponerla al servicio de la comunidad para hacer una de las instituciones de fotografía y arte más interesantes del continente, María Casado se ve obligada a usarla como plataforma de la construcción de una identidad de ‘dueña’ en un contexto de diversas inestabilidades. Dicho de otro modo, lo de Casado es algo similar a los que Irving Goffmann llama ‘frente’ en tanto instrumento puesto al servicio de la flotación social. Es precisamente por esto que la Casado se ve compelida a exteriorizar esa actitud (que consta, fundamentalmente, en hacer sentir inferior a todo el que se le acerca) porque, en realidad, es ella la que siente que el piso debajo de sus pies es poco firme.

La casa está dividida en dos partes, una parte central en el frente de la propiedad y una parte en el fondo que solía ser el depósito y ahora ha sido reconvertida en un area de exhibición. Esto no significa que la casa tiene un ala privada y una publica ya que todo está mezclado. Es por esto que la decisión de abrir una galería dentro de su propia galería/casa es analoga a la reciente decisión de Orly Benzacar de hacer lo propio estableciendo una tendencia de replieguees hacia adentro de las galerias en un momento de explosión de espacios de exhibición a lo largo y a lo ancho de la ciudad. Es como si estas figuras necesitaran marcar artificialmente la diferencia creando sectores V.I.Ps dentro de sus propios espacios los que adquieren el rango de espacios votivos o invocaciones a una exclusividad que sientes amenazada. Como puede verse en el video de Bruzzone, hay algo performativo en la función del deck del nuevo espacio exhibitivo al fondo de la propiedad. Ese deck funciona como plataforma desde la que la dueña de casa sentada en un ángulo de 110 grados y cruzada de piernas mira a los que se acercan al VIP seguramente para negarles el acceso o directamente ningunearlos. La distribución espacial y el modo en el que se mueven los cuerpos es el de los fieles que se acercan en procesión a besar el anillo papal en su trono. De pronto Bruzzone en uno de sus imprescindibles registros en video le pide que le muestre el nuevo espacio y su trastiend y ella vestida de ‘overall’ flasheando Nicole Kidman en ‘Australia’ o Meryl Streep en ‘Africa Mía’ procede a ‘hacer el show’. Es allí cuando la performance continúa con la ‘dueña’ sentandose en un banquito mal restaurado que se ocupa de aclarar que fue de Pirovano (que uno quiere crear fue descendiente suyo o de su marido) con una cara de autosatisfacción que da a entender que la performance (al menos desde su punto de vista) va viento en popa: ‘Acá te sentís que estás un ratito en un museo’. El problema es cuando comienza a mostrarnos las obras y abre la trastienda compuesta de tres o cuatro paneles de firuletitos encuadrados a los que ella se refiere tirando apellidos en su mayoría de artistas mujeres lo que no habla bien de la causa del arte feminista. El tamaño de los cuadritos y el modo en el que los presentan remite a un kioskito de barrio con aspiraciones dolarizadas. Las obras de Mariela Scafatti son lisa y llanamente prostibularias para una artista que dice ser activista o feminista y lo único que sobresale es el siempre sólido San Poggio que es un artista que me encanta y que desde hace años está en mi colección personal con una obra monumental. Si algo redime a la Casado y a este caricaturizante ejercicio de autoafirmación es que acaba mostrando una obra de San Poggio.

Un dato miscelaneo es que María Casado compró esta casa hace seis años tras mudarse de la casa que compartía en el predio la familia del cadete Guiraldes en Olivos. La encargada de encontrar esta casa fue su hija Rochi Guiraldes quien es hoy la ‘exitosa’ de la familia llegando a las ‘alturas’ de curadora asistente del Drawing Center de New York. Rochi fue novia del artista neoconservador integrista católico Manuel Larralde cuando este aspiraba a ser heterosexual pero, obviamente, se pelearon. Su otra hija, María Guiraldes es macanuda pero confunde elegancia con retórica visual al insistir en usar sobretodos camel, jeans y zapatillas blancas al mejor estilo Yuli Awada sin, desde ya, contar con los recursos que la podrian colocar al nivel de marcas como Fear of God o ese tipo de diseñadores. En fín, es lo que hay pero si Casado te invita, preparate para la performance sublimante de la que serás testigo… J A T