Tuve que llamar directamente a su Señoría, el Juez Bruzzone y preguntarle, de primera mano, qué fue hacer a Nordelta tras ver el video en el que promociona las porquerías confeccionadas con pretensiones artisticas por un tal Eze Wasser; CEO y artista de Wasserart. Cómo Juez de la Nación que ha sido protagonista, yo diría, en la construcción del canon artístico durante los últimos treinta años, el hecho de que se haya subido al auto y manejado hasta ahí, por lo pronto, me intriga. Su respuesta a mi preguntan fue un muy socialmente promiscuo y privilegiado: ‘yo voy a donde me llaman’. Hay que tener tiempo y recursos para entregar la vida a la pelotudez del otro. Esto significa que la furiosa cámara de Bruzzone parece ya no satisfacerse con el mundo institucional del arte sino que comienza a acercarse a ciertos mercados y psicologías alternativas pero no de izquierda o del mundo queer, como antaño, sino del neoliberalismo residual, por llamarlo de alguna manera. Si algo nos enseña la visita de Bruzzone a la casa de Eze es que el ethos emprendedorista y yo-ísta que se ha impuesto desde el Norte Global, en Nordelta, plantea la ficción de que si uno lo intenta, todo se puede.

Ya el hecho de meterse en una casa en medio de la pandemia es una declaración de principios. El artista, al recibirlo con barbijo, es consciente de esto, pero su sentido del propio privilegio hace que a poco de la llegada de la visita, se lo saque y declare estar inmunizado y hasta ser un ‘superhombre’. Es como si el aura de su vida de rentas, en sí misma, le diera un tipo de acceso al conocimiento y la ciencia al que el resto de los mortales estamos todavía intentando acceder. Vale decir que este momento es tal vez el momento más sofisticado de la charla.

El último lanpodcast estuvo dedicado a Rorro Casas y su trap de ‘country’ en el que se plantea una división de grupos hacia dentro de los mismos: los tinchos y los conchetos. Los últimos vendrían a ser una subclase privilegiada (supongo por tener una antiguedad de 30 años como máximo) respecto al resto de los arribistas a esos barrios cerrados. Eze vive en ese twilight llamado ‘Nordelta’ y tiene todos los rasgos de su tipo. Es el típico heterosexual post-dictatorial, flaquito, de estética ‘urbana’ (de acuerdo a sus estandares, obviamente) y con una psicología congelada en el momento de la adolescencia y post-adolescencia en los que los privilegios de ciertos sectores se expresan consintiendo a los hijos y transformandolos en zombies en una burbuja de pseudo-privilegio e inexorable mediocridad. El pseudo-privilegio tiene que ver con que transforman sus vidas en una gran plataforma para ‘el disfrute’ y la ‘buena vida’. Instagram los muestra como ‘connoisseurs’ de vinos, ‘amantes’ de lindas mujeres, ‘amigos’ de sus amigos, viajantes perpetuos. Esta concatenación permanente de eventos no es sino un modo de amertiguar el trauma de ser perpetuamente adolescentes en una modernidad que, incluso a ellos, parece dejarlos atras. Desde ya, el lugar del artista es el de elevar ese nivel pedestre de la vivencia a otro más significativo en el que la experiencia de la vida no importa, en tanto, la banalidad de lo que se experimentó sino en tanto que permite construir un sentido real y no impuesto desde afuera. El paso entre un nivel y otro, según entiendo, divide a la humanidad en dos grupos: salames e inteligentes y dicha división poco y nada tiene que ver con el poder económico. Es más, el privilegio atenta abiertamente contra esto y es, tal vez, el precio a pagar por esa clase: ‘la muerte lenta’.

Eze se viste de manera juvenil pero con ciertos elementos de lujos que un joven no podría comprar. Es como si el lujo le permitiera congelar el tiempo o compensarlo mostrando lo que tiene en la billetera para contrabalancear la pretendida juventud. Los tatuajes, la vejez prematura por el exceso de disco Tequila, una bandana colgada del bolsillo trasero del jean, tal vez una moto y el accesorio infaltable: las pulseras masculinas. Este fue un look que se impuso hacia el 2010 cuando la primer crisis de la industria del lujo se hizo evidente y fue el momento en el que se congeló en la argentina. Salvo poquísimas excepciones, todo Nordelta se fosilizó en ese momento de crisis de la industria del lujo global.

Pero mientras tanto, Bruzzone espera y quiere ver arte. Su ‘Hola Laura’ con el que se da la bienvenida demuestra que conoce a los anfitriones cuyo departamente tiene una estructura tradicional y modernista con terminaciones baratas que recuerdan a la estetica de la experiencia cotidiana neoyorquina: paredes oscuras con marcos blancos, azulejos de Bakery del Lower East Side, etc. El living está dividido en dos areas: el comedor y el living. Si bien uno podría tentarse a decir que la casa es de mal gusto, ese mal gusto no es retórico sino que se ve en el desequilibrio de los acentos. En la ponderación obsesiva del fragmento y el objeto individual por sobre la totalidad. En ellos el anfitrión demuestra un exceso de individuación en la selección de muebles y la imposibilidad de ver la totalidad como un algo orgánico. La suya es una personalidad retentiva que no baja ni, por un minuto, del nivel de espejo de su propia personalidad, supuestamente, ‘top’. En el modo de seleccion de los objetos hay, sin duda, mucho cuidado. Diría yo un cuidado excesivo. Cada cosa tiene que ser, de acuerdo a él, perfecta cuando en realidad la perfección tiene se logra en el equilibrio perfecto de una serie de elementos carentes. Cuando suelta esa retentividad en cuando la elegancia ocurre. Esto es algo contrario al ethos de Nordelta. Y así tenemos la piel pseudo-Lalanne de los sillones, la lámpara tipo cúpula sobredimensionada, el sillón masajeador propio de un Llame Ya y la piéce de resistance: un jinete domando un caballo de bronce puro cuyo escultor (Harrington), el artista menciona como si estuviera citando a Rodin y de un modo muy argentino interpela a Bruzzone quien tiene que asumir que sabe de qué está hablando y avanzar. Supuestamente pesa cinco toneladas.

Lo que a esta altura es evidente es que su casa es su galería de arte donde todas sus obras tiene un cartel explicativo como si se tratara de un símbolo cuya lectura tiene que ser guiada ex ante por el ‘artista’. Como de entrada se le informa a Bruzzone que todo lo que hay colgado e instalado es su arte, la confusión reina y el juez señala un espejo que para el ‘artista’ es una de sus obras pero no de arte sino de ‘diseño’ o ‘restauración’. Sobre la mesa ratona hay una calavera (obra de él) que ‘tiene un sistema de rulemanes de motor y esta hecho todo con miles y miles de elementos’, algo que Bruzzone inmediatamente ve como imposible por el tamaño de la pieza y de los elementos. En una pared hay una suerte de grabado con una mascara Covideana y unos ganchos seguramente evocativos de la enfermedad que nos aqueja. La estética centralizada a lo remera, con reminiscencias de rock o punk de los 80s filtrado por la lógica del turismo de clase media alta argentina y la cultura del motoquero de crisis de la mediana edad que va a Miami y sueña con ser invitado a la mesa de los dueños de Kosiuko; revela, por primera vez, una estrategia.

Si en un principio toda esta experiencia parecía un exabrupto de otro nene de papá envejecido prematuramente y experimentando la crisis de la mediana edad; es en este punto en el que se ve una estrategia comercial. Eze tomó la decisión de, en la medida de lo posible, copiar a Damien Hirst y vender en Nordelta como una marca. Su pagina de instagram con muy pocos seguidores muestra los objetos fotografiados con estêtica rocker más específicamente de joyería de barbero hipster en el 2010 en Londres en donde la generación en cuestión (la mía) puede comprar anillos con calaveras y sentir que es joven un poco más. Lo que Wesser cree cree que sabe es, obviamente, equivocado. El modo endogámico en el que esos sectores y no solo estrictamente esos sectores ya que para prueba vale un botón y si miramos un poquito más arriba, nos encontramos con la absoluta desinformación y desfachatez emprendedorista de Martin Churba y Jessica Trosman intentando convencer a la periodista de la revista Para Tí de que sus homenajes a la tela por serlo, son inmediatamente artisticos. La endogamia tiene sus costos, entre ellos, la infantilidad. J A T