Algunos optimistas se atrevieron a pensar que el arte debería crear un tipo de encuentro en el que la unicidad de la obra es detectada en el momento de su desaparición. Ese paradójico momento en el que la mediación de la forma permite que lo expresivo se sobreponga a tener que resignarse a reducir a la experiencia estética a una cuestión de representación o de mero contenido. Si limitamos el arte a la mera ilustración de un tema lo que pasa a importar no es otra cosa que la decisión de un individuo autodenominado artista de optar un tema como más relevante que otro. Lo vital deviene así una cuestión de opción personal. Pero este desplazamiento de la expresión o, para no ser tan tajante, de la mediación artística del procesamiento de la experiencia de la obra de arte a la decisión del artista de interesarse por un tema, lo vacía de sentido o, mejor dicho, devuelve al signo al mero territorio de la señal. La decisión de Jorge Pomar de ocuparse del enorme gasto en armas por parte de ciertos paises es en tanto consigna lo suficientemente vacía como para que lo experiencial desapezca de su obra aún en su versión más elemental. Reduciendo todo a una cuestión de iconicidad, su mundo, aun formulado en nombre del ‘bien’, es un mundo vaciado de presencias.

Personalmente creo que muestras como la de Jorge Pomar en la Galería Pasto en Parque Lezama hacen mal en tanto naturalizan con una combinación de recursos de la iconicidad del pop y del ready-made, la destrucción de la experiencia humana. Reduciendo el arte a un estado de las cosas en el que la mera enunciación parece ser suficiente como para crear una comunidad de sentido en la que en el comfort del privilegio de grupo (blanco) se convence una y otra vez, sin mucho esfuerzo, de lo correcta de su posición moral.

Lo de Pomar es ya una tendencia en el arte argentino como vimos en la Fundación El Mirador. Esas tendencia es la de manipular al arte y transformarlo en tanto actividad humana en un arma de afirmación del privilegio de cierto sector social a traves de la promoción de la afirmación de su buena conciencia. Con sus bermuditas, un rostro y actitud que solo sobrevive en el privilegio y una latita de cerveza en la mano, el artista (Pomar) justifica ‘amorosamente’ su rol en la tribu, saludando y consolidando un circulo virtuoso de los que piensan como él, tienen buenas intenciones, buen gusto y sensibilidad. Hemos actualizado el vetusto y tradicional sentido de ‘lo bello y lo feo’ por un nuevo canon, el de ‘la buena conciencia’. Todo esto sin dar ni un milimetro de sí. Si hay algo que me sorprende de todo este ejercicio es la mezquindad en dar algo de sí para poder conectar a nivel humano. En lugar de eso, la muestra está montada como para espectacularizar la conciencia politicamente correcta. Pomar y Abelenda se reunen en la infertilidad del encuentro con sus  propio cuerpo en una pose en la que reafirman que su concepto coincide con su bondad. J A