Desde los 80s con el Under, los 90s con el Rojas y los 2000 con Belleza y Felicidad, la historia del arte argentino pudo ser contada a través de los modos de intervención social (en forma de fuga del Arte con mayúsculas) utilizando al kitsch como estrategia. Lo social allí estuvo dado por la fiesta en tanto cristalización de la comunidad de amigos. No creo equivocarme al decir que la segunda decada del milenio en el arte argentino aún no cuenta con un modo de contar que le permita dar ese tipo de sentido. Sin embargo, pensar que tiene que haberlo equivale a reducir la experiencia del arte a unos cuantos principios teóricos que jamas pueden dar cuenta de la producción artística en un determinado momento. Si de pintores se trata la cosa es menos clara aún y las lecturas de ellos casi siempre se hacen a traves del estilo de sus maestros y de las imagenes representadas en sus cuadros. Personalmente, soy de los que creen que aquella pintura que no se ocupa de llamar la atención de su propia materialidad para, en lugar de eso, pretender renovar los modos de representación vigentes corre el riesgo de quedar fuera del debate artistico.

Asi, el arte parece importar ya no como la posibilidad de generación de una contracultura ni de una reflexión sobre sus propias condiciones en tanto arte sino por aludir de manera estetizada a algo ajeno al arte. El arte ahi deja de tener valor intrínseco para ponerse al servicio de algo más. Esto es algo que este tipo de arte comparte con la publicidad y el diseño por ejemplo. Dicho en otras palabras, el arte ya ni critica ni innova sino que embellece realidades, procesos y situaciones para hacerlas mas tolerables. Este parece ser el caso de Valentina Ansaldi, una pintora que tiene su taller en una vieja fábrica de La Paternal y que por alguna misteriosa razón, captó la atención de Clarín que en su sección Cultura publica un artículo de una periodista de su staff llamada Sofía Poggi. Ella se pregunta un tanto irresponsablemente si es la David Hockney argentina? Esto hace dos cosas. A los 26 años, le coloca la bara artificialmente tan alta y tan lejos que lo unico que la artista podrá hacer es o seguirle el juego como si todo fuera un chiste o simular que la impostura es real. Ademas, esa manía de encontrar copias a originales en el Primer Mundo atrasa por lo menos cincuenta años.

Las obras de Ansaldi son, en su mayoría, fachadas de edificios que habiendo sido fotografiadas pasan a la tela con colores planistas fluo. La artista llama ‘surreal’ al uso del sistema de colores absolutos para romper el tradicional chiaroscuro. En el primero, los colores se proyectan sobre la superficie pictorica mientras que en el segundo receden. Cuesta ver el surrealismo en un ejercicio que ya ocupaba a Leonardo da Vinci o Gentile da Fabriano en el Renacimiento. Fue en el 2016 cuando, según Poggi, Ansaldi fue por más y los edificios porteños que uno tiene que creer, ya le quedaban chicos, fueron reemplazados por ejemplos de brutalismo soviético. El uso planista de colores fluos para ‘maquillar’ la ‘realidad’ de lo tridimensional no hacen otra cosa que replantear la relacion entre esas arquitecturas avejentadas y el tiempo. Pero este no es un tiempo detenido (como en De Chirico) sino lisa y llanamente negado a traves de una patina de color. Maquillaje y negación. El arte, en palabras de Liliana Maresca, como ‘careta’. Algo muy similar a este vaciamiento de la interioridad y la memoria mediante el maquillaje de la superficie es lo que hace una artista como Cynthia Cohen condenada al purgatorio de tener que innovar lo eternamente perimido.

Pero al leer la reseña de Clarín, uno puede ver que la artista si bien es presentada en los terminos del ‘genio modernista’ por otro lado es sometida a todo tipo de condicionamientos o hipotecas que dan cuenta de la transformación de la condicion del artista argentino hoy. El tono de Poggi es casi irónico sin nunca revelarse como tal y se refiere a la artista como alguien que probó algunas fórmulas y, casi por casualidad dio con una que gustó en tanto ‘moda’ o ‘trend’. En esta reseña vemos entonces como tanto comunicacional como compositivamente pasamos del ‘gran maestro’ al ‘pintor hipotecado’ condenado a pintar fachadas que nieguen, incluso, su propia realidad. Es en este punto donde cabe hacerse la pregunta clave de por qué invierte Clarín tanta tinta en una artista que, según ellos, la pegó por casualidad auque, en realidad, parece ni siquiera haberla pegado. La respuesta es simple y de algun modo, la imagen de edificios representada por ella alude a esa realidad. El plan de los distritos artisticos y desgrabaciones presupuestarias impulsados por el gobierno de Larreta reconvierte a la fabrica de medias Belux (cerrada en el 2010) en el Taller Paz Soldan donde la ‘artista hipotecada’ tiene su espacio de trabajo. Lo que en un principios era un optimista programa de hipsterización de la propiedad inmobiliaria a partir del arte, hoy quedó en una mucho más reducida posibilidad de organizar una fiesta más para que sea visitada por Bruzzone en noviembre de cada año. Lo que antes era un proyecto, hoy volvió ser una promesa… de fracaso asegurado. J A T

EL LANPODCAST CON Rorro Casas