Este cumpleaños parece pasar sin una reflexión, algo que ha venido siendo algo así como una tradición en este blog. Loveartnotpeople evolucionó o, por lo menos, cambió de aquel momento en el que estaba intoxicado de lo que Daniel Link llamó el ‘yolleo’ en donde la (mi) subjetividad era puesta en juego no a traves de la experiencia sino a traves de una autovictimización procesada como la introspección de una experiencia vivida que, a decir verdad, no lo era porque permanecía en el plano del evento. Muchas veces I cringe cuando pienso en el modo en el que usé el blog para dar cuentas de mi narcicismo herido; un narcisismo que no encontraba su lugar en el mundo por la simple razón de que veía a mi propio ser como un obstáculo para el despliegue de una verdad que yo creía tenía para decir.

El maravilloso Leopoldo Brizuela se me acercó, precisamente, diciendo eso. Fue el primero que me dijo: ‘Rodrigo, vos tenés algo para decir’ y, la inflación de mi ego hizo que, entonces, en mí inseguridad, no lo entendiera. Estos dias me encuentran pensando mucho en él quien debo confesar fue alguien que me calentaba de la mejor manera posible. Yo no sabía de su inminente muerte ya que el horizonte de mi ego era, logicamente, la batería de acontecer de mi vida y no había, en ese momento, lugar para mucho más. El reclamaba mi amistad y yo simplemente veia un juego de posiciones. Esta es simplemente una de las cosas que uno, una vez que ocurren la cosas, lleva como mochila y, por supuesto pesan. No haberle dado la interlocución que él demandaba es algo que figura en la columna de costos de esa planilla de balances y equilibrios que todos, en algun momento, realizamos en la vida. Supongo que los 49 me llegan con la conciencia de que la mirada no necesariamente es la de uno o, por lo menos, no acaba y termina en la de uno. A los fines de todo uno comienza a entender que simplemente no sabe lo que cree que sabe.

Entre los 30 a los 49, mi vida aconteció en un estado de absorción de un presente intoxicante. La vida no era sino un catálogo de objetivos que acentuaban una serie de sistemas que le daban sentido. Esos objetivos poco tenían que ver conmigo sino que eran impuestos desde fuera. Necesité la herida del ser que el abrirse al futuro trae para entender que esa no era mi vida y que lo que importaba realmente era algo  diferente. Poder identificar las propias necesidades para transformarlas en el tipo de energía que aquellos que me importan necesitan parece ser la verdadera ecuación de la vida. Pero quienes son esos que necesitan lo que yo puedo dar? Si se quiere, la identificación de esa gente fue el verdadero logro de mis 49 años: mis amigos. Mis amigos son un dream team. Grupal e individualmente, son objeto de mi respeto y admiración. Desde ya, poder decir eso no es poco. Soy, en ese sentido, un tipo exitoso. Cuando hablan, escucho realmente. Mi vida solo encuentra el norte cuando ellos lo señalan. Sin ellos, no soy. Es así de simple. A los 49!

Los 49 marcan un límite que es el que existe entre el pasado y el futuro o, mejor dicho, entre un futuro definido por la proyección del propio ego y un futuro más real en donde la herida de lo inesperado genera afecto. Mis sobrinos. Entre los 48 y los 49 empecé a ver la vida a través de sus ojos: Emi, Gaia, Oli, Iara y Amadeo. Ver a Amadeo jugar en la nieve norteamericana confirma que el mañana no es un problema si se permite pensar al hoy como hoy. Un brillante Emilio organizó el zoom que reunió a todos mis amigos en mi cumpleaños, tras meses de lockdown; precisamente, cuando mas lo necesitaba. De donde salió esa energía sino del fondo del mar Egeo. Como un rayo, cuando nadie lo esperaba, él estaba para sorprenderme y lo imprevisto no era una herida sino todo lo contrario. Tras ver mi ofrenda a Jemanjá, Gaia tiró una flores al Paraná y el loop de un tiempo que nos contendrá siempre se activaba. Algo que había empezado en Bahia se resignificaba en otra coordenada de tiempo y espacio. Ver la vida a través de los ojos de ellos hace que la obsesión por lo que se supone que tiene que ser, simplemente, deje de ser…  Los gays suponemos no tener hijos, al menos de manera natural, pero el futuro nos encuentra en el goce de nuestros encuentros, nuestras experiencias muchas veces fugitivas y tambien en la mirada de aquellos que, más jovenes, nos miran preguntando y preguntandose qué hacer. Esos son los 49. Reconocer esa perfección Instagrammera como una alegoría del retraso de la verdad por no animarse al riesgo del afecto. Y al superar ese miedo sobreviene la conciencia del límite. Cuánto tiene uno que tener, cuántos músculos tiene que acumular, cuantos likes se necesitan como aplauso para poder sentir que así como estamos, todo está bien.

Los muertos. A los 49, estan cerca y nos nutren. No solo los de nuestra familia (madre, por ejemplo, que está siempre tan pero tan cerca) sino aquellos que forman una comunidad de afinidad tanto por los virus que nos acercan a nuestra esperada y logica muerte sino aquellos que se relacionan con nosotros mediante nuestro talento. Es imposible no entrar en comuniòn con madre, Brizuela, Batato,  Aldo Pellegrini,  mi papá Osvaldo y al mismo tiempo mirar al futuro y ver a Gaia, Emi y Amadeo y entender que estamos todos tomados de la mano más allá de las generaciones, la vida y la muerte. Es una comunidad que atraviesa el tiempo y al hacerlo nos une en parentesco. El Covid me tiene en casa encerrado pero de alguna manera me reconectó más allá de lo esperable al punto de que mis vecinas inglesas gritaban: Rodrigo, Rodrigo…. Perdón, por insistir con mi cumple pero este, contra lo esperado, acabó conectandome hacia los costados, hacia atrás y hacia adelante.. J A T