Alec Oxenford ha sido una musa de este blog desde sus comienzos y, de algún modo, ambos venimos teniendo una bizarra y homoerórica relación en donde él disfruta al ser criticado (ya que nunca me bloqueó) mientras que por mi parte veo en él a una cifra, cargada de energía, apuntando, desde ya, en la dirección equivocada. Mientras Liniers y su hermano Santi Siri parecen quedar en el olvido por el mismo peso de la ley de gravedad, Alec se mantienen en la línea de flotación con la grasa de su billetera.

Podría decirse que el momento de Alec fue el del ascenso del Macrismo a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Pero ese fue tambien el momento de su debacle ya que, de entrada, sus credenciales como inversor dot com no fueron revalidadas en la política por más reuniones en el Club del Progreso y del Grupo Sophia que lo prepararan como una suerte de Dauphin de su clase social. Habiendo empezado a la par de María Eugenia Vidal, pronto fue evidente que su futuro no era el voto popular. Decidido, sin embargo, y casi por mandato divino, a ocupar un rol Sarmientino en la esfera pública y con el exagerado ego y limitada educación que le dió su MBA, Alec se volcó al arte como fast forward en la ocupación de su lugar en al esfera pública. Primero, como jóven mecenas en la asociación de amigos del MALBA cantando las loas de Eduardo Costantini mientras este diezmaba el ecosistema del delta. Luego, se aventuró al coleccionismo modelando su gusto a partir del dudoso criterio de la fallida Julia Converti. Todo esto ocurría mientras en su blog personal no dudaba en colocarse como ejemplo para todos aquellos que quisieran inspirarse a modo de autoayuda de su experiencia como marathonista (‘lo logré en seis meses’) o llegando al extremo de presentar como positivo el mandato de infelicidad impuesto por su abuela a quien no dudó en llamar ‘La Generala’. Fue precisamente ese mandato el que lo ayudó a alcanzar el éxito dot com al tiempo que desdoblaba su vida colocando la obligacion de la familia heterosexual, por un lado, en la gris Buenos Aires y su amante homosexual en la tropical Rio de Janeiro a donde ahora parece haberse instalado; marcando una suerte de exodo del directorio de ArteBa. Como buen Sarmientito, la calentura quedaba circunscripta a la caliente barbarie mientras que la civilización lo obligaba a reprimir esos mismos impulsos.

Pero algo siempre me impresionó de Alec y es cómo tras semejante y, diría yo, costoso desdoblamiento personal a la sombra del mandato de ‘La Generala’, el uso del idioma español lo ayudó a estabilizar una psiquis en crisis. En el centro de este manejo del idioma ha estado siempre el modo en el que habla de arte.  Ese modo tan Alec Oxenfordiano de usar expresiones’ infantilizantes merece ser analizado en este blog. En principio porque dicha infantilización traduce la experiencia de la vida en lo que Walter Benjamin caracterizaría como la diferencia entre la vivencia como Ehrfarung (como experiencia de la que se extrae sentido) y Erlabnis (la mera experiencia vivida).

En su post de Instagram del día de hoy, Alec nos da un ejemplo perfecto de esto al no perder la oportunidad de recordarnos que una de las obras de su colección está siendo expuesta en la muestra del MALBA de Alejandra Seeber y Leda Catunda. Lejos está Alec de aquellos coleccionistas que prestaban anónimamente, con la mayor discreción. En las antipodas de esto, su decisión de convertirse en coleccionista (para lo que se construyó una casa funcionalista casi invivible) obedece por un lado a sublimar el desdoblamiento de su vida personal para evitar tener que dedicarse demasiado a su lado heterosexual al tiempo que su mandato de ocupar espacios públicos es satisfecho.  Pero lo que me interesa es el modo o, mejor dicho, el lenguaje con el que suele comunicar todo esto. Hoy en Instagram dice: ‘Esta semana tuve el honor que una de las obras que más me gustan de mi colección fuera expuesta en el Malba. Ale (Seeber) nos muestra con sus obras que la pintura está viva y que se puede ser genial todavía pintando en el siglo XXI. En esta foto estamos juntos en el estudio de Ale en Brooklyn cuando conocí la obra. Obraza!!!’. Además de los flagrantes problemas gramaticales ya que debería ser  ‘esta semana tuvo el honor DE que una de las obras’, Alec reduce su relación con el arte a una cuestión de gradaciones de gusto que van del gusto inocente (‘una de las obras que más me gustan’) a la hiperbole (‘Obraza!!!!). En una oración, ata el hecho de que esa es la obra que a él más le gusta con el hecho de que la artista es un ‘genio’. En una breve oración, Alec se las rebusca para vanagloriarse de que su obra está en la muestra, de su gusto subjetivo y de cómo ese gusto es indicador de la excepcionalidad de haber identificado a un genio postmodernista (lo que es una contradicción en términos) en el contexto de la crisis de la pintura a fines del siglo XX. Semejante ejercicio de burda automonumentalización se hace efectivo mediante una mezcla del lenguaje bajo y casi heterosexual (‘Obrazaaaa!!!) que parece disculparlo y uno más oficial e impostado (‘Tuve el honor’) que lo vincula a las aspiraciones Sarmientinas de ‘La Generala’ Todo esto en una sola frase neurótica en la que intenta bulímicamente intenta ocupar todos los espacios al mismo tiempo.

El enfasis en lo ‘bello’ y el ‘gusto’ como índice de su experiencia personal es, en realidad, un renunciamiento a la capacidad de representación que el lenguaje más refinado suele darle al connoisseur. Lo interesante del caso es que el uso de este tipo de uso del lenguaje busca evitar tanto la introspección como la representación y es un uso que ha estado vigente como lingua franca del mundo del arte argentino desde el 2001. Fue entonces cuando la crisis política y financiera devino en una crisis de la representación misma y cuando un grupo de chicas se juntaron para armar un proyecto mediante el que se intentaban generar circuitos de producción y circulación alternativos para proyectos artísticos y literarios que ya no podían ser vehiculizados a través de las paquidermicas multinacionales llegadas al país, primero con Menem. El resultado fueron proyectos como Belleza y Felicidad de Fernanda Laguna, Cecilia Pavón y Gabriela Bejerman o Eloísa la Cartonera de Washington Cucurto a traves de los cuales, escritores y artistas hicieron del proceso de produccion y circulación del material creativo en tiempos de extrema crisis, una fuente adicional de valor artistico. Allí, la experiencia vivencial dejó de aspirar a la introspección de la representación del arte de elite ya que el contexto y la realidad del corralito, por ejemplo, sencillamente no lo permitían. Pero cómo un modo de hablar del arte concebido en el 2001 como un modo de resistencia pasiva a la imposición de sentido hegemónico neoliberal acabó siendo un modo afectado de hablar de una clase privilegiada cuyo objetivo no es otro que disimular tras una pátina de ‘dulzura’, violentos mecanismos de exclusión extractivista? Esto además en nombre de un modo de mecenazgo que, en el caso de Oxenford, tiene más en común con el estilo de los Guerrico de fines del siglo XIX que el de los Di Tella en los 1960s, por dar sólo un ejemplo. Oxenford es el ethos más rancio del siglo XIX c con su fuerte carga racista y excluyente disfrazada de Caperucita Roja divirtiéndose fuera del bosque.

Podría decirse que entre la crisis del  2001 y el momento en el que Alec Oxenford como presidente de ArteBA toma la posta de Facundo Gomez Minujín (que, recordemos, tuvo una ilegal reunión con el entonces Ministro de Economía macrista en la que pudo obtener información vital para vender pesos y comprar dólares antes de una devaluación) existe un puente construido en las tertulias ‘amorosas’ en la casa de Ama Amoedo con Gustavo Bruzzone, por un lado pero, sobretodo, por la figura de Julia Converti colocada allí como guardiana ideológica del proyecto neoliberal que siempre fue ArteBA. En la confusión de esas noches figuras como Diego Bianchi, Ad Minoliti y esas otras que comenzaron a usar la identidad de genero como arma transformaron un lenguaje visual generado en medio de la exclusión en un código de acceso a una supuesta elite ‘macrista’ aún mientras reclamaban su adscripción kirchnerista. Lo que en el 2001 era un modo de sobrevivir, en el 2010 fue transformado en una pose vendible por pocos dolares a un cenáculo, en principio, macrista, o mejor dicho, awadista en donde el criterio de pertenencia tenia que ver con criterios propios del siglo XIX como familia patriarcal de origen, parentesco y acceso al poder. En el macrismo como en cierto sector que supuestamente se vanagloriabla de sus meritos, el acceso al poder nunca obedeció al mérito sino a un reparto tradicionalista en el que la endogamia y la protección de los suyos se hacía mediante la exclusión y el silenciamiento de toda crítica: así la hija del arquitecto Katzenstein es elevada por Pancho Liernur el amigo de su padre al nivel de curador de arte latinomericano en el MOMA mientras deja a la hija (Valentina) de aquel que la acomodó en su lugar en el Programa de Artistas del Di Tella. Todo esto bajo la máscara del supuesto mérito y competitividad de mercado. El canto del cisne de este modelo tradicionalista fue internet que ya había permitido un giro post-autonómico en la expresión de la subjetividad de los jóvenes desposeídos del 2001 al tiempo que llenaba de dólares al joven que estaba en el lugar correcto para copiar lo extranjero y transformarlo en ‘De Remate.com’. Pero en el 2010, el discurso ya no era único sino que se había fragmentado o, mejor dicho, rizomatizado. Por ejemplo, aparecía LANP, entre otros.  La supervivencia de la autonomía del discurso dependía en el modo en el que esa producción del discurso se relacionase con el mercado. Diana Aisemberg pasó de su pagina en Facebook a ser funcional a ese nuevo orden de traducción de la crisis es endogamia tardo capitalista. En mi caso, me replegué a los márgenes de ese mercado creando el mío propio con la ventaja que el ser una isla en una isla conlleva.

Mientras tanto avanzaba el macrismo como substituto de lo que antes solían hacer las dictaduras: profundizando la exclusión sin necesidad de recurrir a las armas. Este es un trabajo que ahora ha tomado para si la resaca Kirchnerista. Pero mientras esto ocurría, la violencia de la erradicación del que no tiene era encubierta por un discurso que se mostraba intolerante de cualquier critica o promesa de conflicto. Fue ese momento en el que el lenguaje de la ‘amistad’ y el ‘amor’ era instrumentalizado para desplazar cualquier crítica como ‘demoníaca’. ‘Cañete, por qué tanto odio?’. Recuerdo que la primera vez que critiqué a Wally Diamante, uno de sus amigos dijo en su pagina de Instagram: ‘Como puede hacerte esto a vos que sos tan bueno?’. Quedaba claro que en la infantilización del discurso estaba el germen de la demonización de la diferencia y lo terrible de esto es que era hecho en nombre de la diferencia.

Fue así como un acaudalado tipo de cincuenta años que dice ser culto, se refiere al arte como ‘lindo’, ‘me gusta’, ‘divertido’ y ‘obrazaaaaa’. Esto no es algo que haga, necesariamente, por ignorante sino porque encuentra en ese lenguaje algo que él sabe que lo legitima y esta legitimación no es menor si se tiene en cuenta que un peronista como Daniel Santoro acabó poniendole un like a meses de teclear a Cristina para colocar su retrato. Esta celebración de la hiperbole infantil no es otra cosa que la epitomización del autodisciplinamiento presentado, ni mas ni menos, como ejemplo de conducta del ‘amante del arte’. En este contexto, la critica es vista como la reedición de la ‘grieta’ y al hacerlo transforma a la cultura en la punta de un iceberg muy cruel en la que lo único visible es el ideal de ser idiota como modo de pertenecer. J A T