‘Génesis’ es la máquina/escultura/ensamblaje facilitadora de acciones performaticas grupales que Franco Basualdo  presentó y debe ser considerada en el contexto cultural que justifica la fascinación por el Shibari como hecho artístico. No sorprende que lo de Basualdo tenga lugar en el mismo lugar en el que ocurrió la colgada de las chicas y por colgada me refiero a que una colgaba a la otra de los pelos frente a los ceremoniosamente fascinados espectadores. En este blog y gracias a los registros de mi querido amigo, Su Señoría Bruzzone, ya habíamos visto esta máquina en funcionamiento en ‘La Isla de la Paternal’. En dicha ocasión, estaba emplazada (not pan intended) en un parque transformando lo que, a primera vista, era un juego de niños en un insecto (una araña, tal vez) mecánico o un juego S&M à la Cronenberg para adultos. Allí, el tipo de mirada que la maquina generaba era voyeuristica. En lo que respecta al registro fotográfico de la instalación/performance en la plaza, el mismo tuvo una estética cuidada y hasta demasiado pulida que daba cuentas de cierta voluntad comercial si se tiene en cuenta que todo el ejercicio ocurrió bajo el padrinazgo del programa Panorama de ArteBA. En las mencionadas fotos, el aparato aparece clásicamente centralizado y la interaccion entre los cuerpos connota un tipo de contacto que es postergado permanentemente. Los cuerpos son jóvenes y retóricamente bellos. Digo retóricamente porque, por ejemplo, el cuerpo de Basualdo se divide en dos partes claramente diferenciadas. Una atractiva cara y torso clásico que genera un tipo de expectativas que rápidamente se disuelve cuando la mirada va por debajo de su cintura y ve que la carne, sencillamente, no fue homogéneamente distribuida ni en el nacimiento ni en eso que hace uno en la vida para compensar las alteraciones a la simetría clásica. Digo esto porque, si nos dejamos guiar por sus registros fotográficos y al estructura de la maquina, la simetría y la composición clásica parecen ser una condicion sine qua non de la actualización del canon de belleza, supuestamente, post-humana, explorada por el joven.

Esta postergación del contacto y la promesa permanente y diferida de autenticidad es fundamental en la estética de Basualdo en donde hay un disciplinamiento corporal que acaba tematizando la histeria porteña. Si en el shibari, se idealiza y decontextualiza lo oriental; en las máquinas de Basualdo se alude al  boxeo pero (y esto es problemático) dicha alusión sólo parece poder ser hecha de manera alegórica. Sin ir más lejos en su reciente muestra en Munar titulada ‘El arte es una práctica de combate’, Basualdo dice con una dudosa sintáxis y un tono, de a momentos, Alec-Oxenfordiano: ‘Vengo desarrollando desde principios de año el proyecto, estoy muy contento del camino y las situaciones con las que me ha encontrado este proceso’. Todo parece ser una excusa para manipular, una vez más, la amistad como material artistico en nombre de una supuesta autenticidad que por lo retórico y coreográfico aparece como pura estrategia y evita la suspensión del descreimiento de un proyecto performatico que, en rigor de verdad, no es conceptual sino expresivo.

Las condiciones de la instalación performativa en Pólvora son diferentes a las de la plaza porque ocurre dentro de una sala en medio de la pandemia sin respetar el distanciamiento social. Si no fuera porque hay gente en peligro, esto no estaría mal y en este punto, los invito a escuchar mi Lanpodcast de la transmisión a propósito del virus del HIV ya que una cosa es reaccionar como comunidad (gay, por ejemplo) a los modelos heteronormativos de higienización del sexo en la forma del matrimonio igualitario, el sexo protegido y demás; y otra muy diferente, es posar una reacción al sanitarismo imperante poniendo en peligro a gente de fuera de esa comunidad. Esa es la diferencia entre política de identidad y manslaughter inconsciente.

En la performance en cuestión todo llega a un momento en el que, como en las relaciones S&M pero sin nada del cariño que suele haber al final de las mismas, los perforares se abrazan simulando intimidad e identificación mutua. El abrazo dura casi un minuto y es la culminación de un proceso de individuación colectiva a traves del uso de accesorios y engranajes como parte de un encuentro en donde el erotismo no reside en el encuentro de los cuerpos y las mentes sino en el disciplinamiento de la relación con el otro. No hay mucha diferencia entre ir a tomar el te al Alvear y la etiqueta de esta performance. La diferencia es simplemente cosmética.

En lo que se refiere a la relación entre esta versión y la anterior en el parque, Fyaharte, en Instagram dice con cierta lógica: ‘La juventud, siempre tan promiscua. Tanto se volvió tendencia en el arte argentino contemporáneo. Ser promiscuo, en un sistema cortesano. Pfff. La máquina linda, me gustaba más así… misteriosa’. Andres Toledo Margalef salió inmediatamente a cruzarlo con el típico y descerebrado latiguillo mediante el que se evita el tema ‘la promiscuidad como material artistico’ para revertir en la sospecha de la supuesta inadecuación de aquel que emite la opinión : ‘Yo no sé pero este comentario me suena a envidia’. Quién, en su sano juicio, puede envidiar a tres performers, chupando hierros, en un taller de artistas? Dicho de otro modo, por un lado, la instalación performática puede ser vista como una escultura participativa como las que usaba Maresca en sus sesiones fotográficas con Marcos Lopez pero por el otro es una oportunidad para escenificar un tipo de contacto que es promiscuo por el solo hecho de ocurrir en tiempos de pandemia. La primera tiene que ver con la relación fenomenológica entre el artista/performer y al escultura/instalación (modernismo) mientras que la segunda es moralízante lo que lleva al análisis al terreno planteado más arriba. Lo cortesano (seducir hacia adentro del mundo del arte) y lo erótico pasan a un segundo plano por el perfil demasiado autoconsciente de los protagonistas que estatégicamente se robotizan y transformar el contacto erótico en algo burocrático.

Los performers son un hombre y una mujer que les lleva a ellos, al menos, una cabeza de altura. El ejercicio resulta neurótico obsesivo pero lo que se temática es la histeria. Al control de las partes, sobrevienen movimientos expresivos que suponen estar coreografeados. Hay algo absorto en los personajes que están metidos hacia adentro de su psiquis en un camino de individuación (liberal) permanente. De cierto modo, este ejercicio apunta a la apropiacion del control del propio cuerpo a traves de la erotización de su relación con la maquina y con su propio mandato moralizante lo que remite a la erotica de Crash de J.G.Ballard, por ejemplo, pero desprovista de todo tipo de carga libidinal o critica social. Lo que en Ballard es critica, aquí es apología. Para decirle en términos más simples: lo que hacen los performers es análogo a lo que hace una persona al entrar a un ascensor y en lugar de saludar a la que ya está dentro, evita violentamente el contacto directo para concentrarse en su pantalla de celular sin realmente hacerlo. Así, la ambigüedad, el afecto, el trauma, el silencio son evitados y reemplazados por un bulímico vacío de hiperactividad e hipererotización coreografeada.  De hecho, ese constante atar bandas y muñequeras con aperturas y bolas que encajan como enchufes hacen que el cuerpo nunca termine imponiendose sobre la mente haciendo que un ejercicio supuestamente físico se mantenga en el plano de lo conceptual para perderse en su propio solipsismo.

Una vez en Londres tuve algo ‘sexual’ con alguien que planteaba un tipo similar de fetichismo. Abrí la puerta y sin decir demasiado, el avanzo sobre mi mesa y comenzó a sacar objetos. Me quedé mirandolo atónito por la seguridad, obsesión y el morbo con el que los colocaba ordenadamente en la mesa. Tras cinco minutos en los que no hubo casi contacto conmigo sino que se dedicó a colocar cada instrumento con suma delicadeza sobre la mesa, entendí su goce radicaba en el solipsismo y el supuesto voyeurismo de mi mirada. Era evidente que lo que él quería era ser visto concentrado, haciendo eso. Cuando terminó de arreglar los objetos, casi sin decir nada, comenzó a meterlos nuevamente en su mochila y se fue.  Eso fue todo. El caso de Basualdo, si bien es análogo, plantea un problema de ejecución que tiene que ver con que no abre la temporalidad de la performance a algo que no sea la compulsión de llenar el vacío para evitar una interacción real. Coincido con Fyaharte. Me gustaba mucho más en la plaza con los performers donde la atención era desviada del solipsismo y la coreografía del horror a la intimidad que, para peor, es desarrollada en nombre de ella transformando todo el ejercicio en el colmo de la histeria… porteña. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA EL ARTE DEL GRABADO