Apenas leí la nota de Lucrecia Martel y la antropóloga Lorena Rodriquez (desde ahora ‘Martel’) en Ñ en respuesta a la de Gaby Levinas contra los ‘falsos diaguitas’ que, supuestamente, se infiltran para ocupar tierras, según él, ‘no ancestrales’, lo llamé para hacerle una pregunta clave: ‘Por qué ahora?’. Martel tiene una respuesta: ‘Esta es una nota incomprensible que aparece cuando se analiza la prórroga de la ley 26.160, único instrumento legal que existe para que se suspendan los desalojos violentos; una ley que no entrega tierras pero que sirve para evaluar y empezar a pensar soluciones’.

En el artículo en cuestión, Levinas, a quien considero un amigo, se queja porque un grupo de ‘falsos diaguitas calchaquíes’ que reclaman sus (supuestamente ‘falsos’) derechos ancestrales a la tierra no serían diaguitas. Es más, si lo fueran, para Levinas, tampoco tendrian derecho a esa tierra porque la misma estaba ‘vacía’ (raro) según los registros pre-Borbónicos que él y sus colaboradores consultaron. El primer problema que los fundamentos ‘científicos’ de Levinas tienen es el de la decontextualización y de pensar que el registro (colonial) por el solo hecho de serlo, dice la verdad. Donde entra la necesidad de descolonizar el archivo para Levinas? Desde qué siglo habla? Lo digo muy claramente. El XIX.

La decisión de un juez de expulsar a unos ‘falsos diaguitas’ de los viñedos de un heroizado (por Levinas) colono blanco llamado Eduardo Serrano habría sido detenida porque ‘los tiempos politicos no serian adecuados para un desalojo violento’. Es tambien posible que ‘los tiempos polítcos’ se están superponiendo a un cambio cultural que permite ver que existe un desfasaje entre el sistema legal basado en los criterios Roquistas del loteo tras la expropiación y la necesidad de descolonizar el contexto material en el que esas decisiones fundamentales fueron tomadas. Dicho de otro modo, un Sarmientino Levinas considera que el registro colonial y la ley actual son instrumentos incuestionables al momento de abordar la cuestión indígena en el noroeste argentino y para peor, esto lo justifica, reclamando derechos porque ‘vivió entre ellos’. Es particularmente sintomatico que de las cuatro fotos con las que Levinas ilustra su articulo en Ñ  dos son de  blancos ‘autorizados’: el propietario y la ‘científica’. La otra es un idílico paisaje y cuando el indio es representado aparece como violento y perturbador.

La toma en cuestión habría estado a cargo del Cacique Plaza (Salteño) y de Romualdo Mamani, Jujeño/Boliviano que es cacique de la zona de Tacuil y responsable de la tomas ‘ilegales’ de tierras en la zona. Levinas aclara que tambien tiene un salario estatal como enfermero lo que, uno tiene que creer, lo desautoriza a hacer activismo en la zona. Además en un país con tamaña crisis económica y donde ni siquiera en la Capital Federal hay un mercado que permita un tipo de empleo ‘saludablemente’ capitalista, qué quiere Levinas? El prejuicio del indio empleado estatal lo confina a ser un peón de campo o un borracho en los bordes de la ciudad? Además por qué ‘sueldo’ de enfermero? Es enfermero o no? Además, hay algo profundamente esencialista en el planteo de Levinas por lo que el único con derecho al reclamo parecería ser aquel que está oficialmente registrado por su ‘adversario’ (quien, obviamente, si tiene la posibilidad de no hacerlo nunca lo hará).

En el centro del planteo de Levinas está el modo en el que el INAI en manos del Kirchnerismo habria transformado el ‘transparente’ proyecto de Ley de Propiedad Comunitaria de regularización de la propiedad de las tierras mediante un relevamianto territorial que no implica, según Levinas, la entrega de titulo de propiedad (individual) o mensura en tanto loteo inmobiliario burgues. Sin embargo, lo que Levinas ve como diferente, no lo es tal ya que la Ley de Propiedad Comunitaria busca poner un ‘punto final’ a un reclamo centenario sin sentar las bases para una discusión ‘holística’ del problema. Ese tipo de proyectos no son nuevos y siempre vienen de la mano de la derecha quien quiere transformar el titulo de propiedad individual en un titulo de propiedad colectivo como resolución final del conflicto sin tener en cuenta toda una serie de cuestiones adicionales como es el respeto a la propia cultura, la necesidad de descolonizar los modos de educación hibridizantes, cuestión referidas a la sustentabilidad, etc. Dicho de otro modo, si el Estado quiere simplificar el problema para anular o reducir drásticamente los derechos de los indígenas, estos tienen derecho a recurrir a sus luchas ancestrales.

La decisión de Lucrecia Martel de salir a cruzar a Levinas no es gratuita ya que la prestigiosa cineasta argentina se encuentra abocada a la que posiblemente sea su opus magnum sobre el activismo indigena del noroeste al que ha dedicado no solo tiempo sino fondos de su propio bolsillo al punto que, por ejemplo, su no demasiado interesante colaboracion con Bjork no habría tenido otro propósito que juntar fondos para este proyecto. Yo diría que el talón de Aquiles del argumento de Levinas no es su optimismo sincronico (‘todo estaria bien y todo seria bucòlicamente armónico si no fuera por estos indios truchos’) sino su esencialismo (‘los que reclaman son truchos porque ahí no había indios’). Martel se ocupa de aclarar esto al plantear el derecho a la autoidentificación (reconocido en el convenio 169 de la OIT). Uno no tiene que tener concha para ser feminista ni haber nacido ni estar registrado en los valles calchaquies para luchar por los derechos de los indios allí establecidos si hay indios que dicen que vienen de allí. Ademas, Martel ve en el ‘orden armónico’ que Levinas ve amenazado en su ‘veloz paseo’ por el Valle, el resultado de un proceso histórico violento que no es otro que la totalidad de la cultura argentina, construida sobre una estrategia: otorgar una naturaleza inferior a los indígenas para someter su fuerza de trabajo. Al defender ese orden de cosas Levinas se transforma en un anacrónico Samientito. Martel es clara al decir que, sin embargo, ‘la estrategia civilizadora está construida sobre una debilidad: es imposible convencer completamente a una persona de que no vale y debe permanencer en la carencia. Imaginemos el nivel de control necesario para forzar a una población a autopercibirse así. Debajo de ese superficial orden armónico bullen conflictos que salen a la luz cuando las condiciones lo permiten’. Señores, el reclamo de tierras no es invento de un puñado de militantes sino que es una lucha centenaria.

Luego Martel vuelve al siglo XVIII para aclarar que la sospecha de Levinas de que en el Valle no había nadie tenia que ver con la falta de rigor o mejor dicho la intención de no documentar lo que allí había: ‘las fuentes no pueden leerse con fe de monaguillos, sin reponer el contexto en el que fueron escritas. No debe llamarnos la atencion lo conveniente de pregonar tierras sin gente? No es curioso que todo dato que va en apoyo del indio se borre graciosamente en la ruta del vino salteño?’. En este punto, el nivel de sofisticación intelectual de Martel está kilometros por encima del de Levinas que toma todo documento como prueba irrefutable por el solo hecho de serlo, heroíza al blanco colono como un mítico Hercules emprendedor e insiste en la incapacidad o truchez de todo indígena que de ser ‘puro’ tampoco, según él, tendría derecho alguno.

La decisión de Levinas y su compañero de no hacer referencia al contexto es llamativa. Toda referencia al pasado es no problematizada y presentada, por el solo hecho de venir del pasado, como ley natural. Al respecto Martel dice: ‘La reconstrucción histórica es compleja y mas cuando involucra poblaciones subalternas, cuyas historias han sido deliberadamente borradas y tergiversadas’. Y remata: “Presentar los conflictos actuales en el Valle como resultado repentino de “unos insolitos falsos diaguitas calchaquies” es irresponsable’. Estoy totalmente de acuerdo. La manipulación de la historia por parte del vencedor va de la mano de la construcción de los archivos y registros que nunca son objetivos.

Pero por qué Levinas sale a hacerse el Sarmientito en un momento de reconocimiento de lo subalterno como este. Hay algo Brad Pitt Bullesco en su vocación por ser politicamente incorrecto aunque la diferencia con nuestra Calamaro es que, en este caso, hay intereses inmobiliarios y políticos muy concretos. Incluso asumiendo la posibilidad de que inescrupulosos quieran sacar provecho dentro del INAI, lo que es una preocupación permanente para las comunidades, no se justifica, realmente, el ataque a la lucha indigena bajo la excusa de que ‘viví seis años entre ellos’ como si el contacto con lo exótico fuera suficiente para ponerlos en duda para, entonces, volver a invisibilizarlos. J A T

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