En la nota que acaba de publicar en Jennifer, Mariano Lopez Seoane, director del Programa de Genero y Sexualidad de Untref que estos días se encuentra en el ojo de la tormenta como escena de una denuncia de abuso sexual; no se refiere al escandalo sino que se mete de lleno en el debate generado por la misoginia y homofobia de Marcia Schvartz en sus declaraciones contra Jorge Gumier Maier y las mujeres que participaron en el proyecto del Centro Cultural Ricardo Rojas durante los 90s. La figura (muy afin al ethos gay) de la ‘diva’ (en la genealogia que va desde Madonna a Moria Casán) es, para Seoane, condición suficiente para justificar ‘la crueldad’ que segun Francisco Lemus, ha caracterizado a Marcia ‘ desde que se inauguró (el Centro Rojas)’.

En la breve referencia a su pintura (cuyo analisis es omitido), Seoane considera a la pintura de Schvartz como ‘erizada de oscuridad, poniendo en escena todos y cada uno de los monstruos que produce el sueño de la razón’. Si para Lemus, Marcia es (como dice Seoane) ‘Cruella Devil’, para este es Goya y Lucientes. No solo esto sino que para Seoane, para llegar a ser ‘LA pintora nacional’ (no viniendo de abajo sino siendo una ‘heredera’) Marcia tuvo necesariamente que tener ‘una dosis nada desdeñable de maldad’. Dicho de otro modo, una mujer puede ocupar un rol preponderante solo si se comporta como lo más despreciable del patriarcalismo que supone querer erradicar.

Sin embargo, Seoane exagera cuando dice que ‘la figura de Marcia ejercía una fascinación avasalladora sobre esos jovenes de los 90s que se dedicaban a pelearla. Una fascinación que en algunos casos se arrimaba al enamoramiento’. Digo que exagera porque si alguien fascinaba en el Rojas no era Marcia sino Maresca. Esa era la diva disruptiva. Marcia, como siempre, ocupaba el rol de la hermana envidiosa. Pero, al simplificar esta narrativa reduciendola a dos personajes o, al menos, a dos bandos, Lopez Seoane, usa al supuesto odio gay (por aquello que supuestamente lo fascina) como ‘matricidio’ que ‘en el camino creó algo que hasta entonces no habia existido para el arte argentino: un ejercicio de autonomia gay que dio luz a una comunidad de cuidados y a un espacio de experimentación que lo transformarían todo’. Este es el punto en el que el argumento genera una falacia y un problema de coherencia lógica ya dicha conciencia se estaría constituyendo en oposición de aquello que supuestamente lo fascina. Ademas, pensar el espacio del Rojas como un ‘ejercicio de autonomía gay’ es un grave error si tenemos en cuenta que muchos como Harte y Gordín, por ejemplo, no eran gays. Concebir al Rojas como una ‘comunidad de cuidados’ reduce lo Adorniano de sus ejercicios esteticos (en tanto traducciones de un pseudo-Deleuzianismo) a una cuestión terapeutica; argumento que retroalimenta el circulo vicioso que Seoane dice haber venido a criticar.

Es en este punto donde tenemos que volver a la cuestión de la diva que el autor nunca termina de desempacar. La fascinación gay por la diva no es automatica sino material. La diva es la proyección de las esperanzas de emancipación del gay subyugado quien como la mayoria de las mujeres experimenta en su cuerpo la discriminación. La diva exagera falicamente su liberacion y se constituye en el unico espacio femenino en el que se invierten las condiciones de la opresion patriarcal. Por esto, es aquí donde el argumento de Lopez Seoane hace agua porque, por un lado, sugiera una fascinacion de los gays del Rojas por Marcia en tanto diva, al tiempo que afirma que es el rechazo a esa diva (actualizado ahora en la decisión de Lemus de volver a encender la mecha) lo que generó la conciencia de grupo del Rojas. Esto no solo es contraintuitivo sino, lisa y llanamente, falso.

Por eso, para Seoane, la conciencia gay de la estetica del Rojas se habría contradictoriamente constituído por su devoción a la diva y al mismo tiempo, constituyendo una contra-diva (Gumier Maier). Si las dos divas son Marcia (una mujer autorizada por su posicion social) y Gumier Maier (autorizado por ser un hombre blanco de clase media ilustrada en los 90), la noción de diva ya no es una proyección del deseo de emancipación en un contexto represivo del gay en el cuerpo con vagina sino una mera condicion de su exterioridad ya no como performance sino como mero rasgo estilistico. Dicho de otro modo, el analisis de Seoane de la diva se aleja cada vez mas de su materialidad para transformarse en un modo o un rasgo de estilo. Para él se es diva cuando se es ‘mal bicha y autoritaria’. Muy posiblemente, este es un acto proyectivo por parte de Mariano Lopez Seoane.

Como si esto fuera poco, Seoane coloca la conformacion de una cultura gay en el plano de lo identitario en tanto resultado del devenir dialectico de un antagonismo melodramatico inevitable entre ‘minas malas’. Pink Hegel. Por lo antedicho, para el autor, Marcia es un personaje clave para el arte contemporaneo no por su arte sino porque por su misoginia y homofobia activa una serie de rechazos que ponen la inexorabilidad del melodrama de la realidad en movimiento. Por esto, para Lopez Seoane, lo gay no es un espacio material en el que la relacion entre arte y cuerpo se constituye a partir de una necesidad sino una pose o una actitud en una realidad inexorable. J A T

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