La película ‘Los Copacabana Papers’ de Fernando Portabales con Cristian Dios y el fallecido Sergio de Loof llega en un momento muy especial, en principio, porque De Loof murió a principios de la pandemia y el universo que la cámara muestra es uno de extremo confinamiento. De Loof, como tal vez, Andrés Calamaro, se han convertido en espacios culturales en los que el progresismo puja con lo más recalcitrante de la cultura de derecha y esto obedece a que son (bueno, fueron, en el caso de De Loof) sobrevivientes de la transición entre el fin del Under (como expresión de la Primavera Democrática) y lo abrasivo del Neoliberalismo en sus dos formas: la Macrista y la Kirchnerista. La diferencia entre De Loof y Calamaro es, desde ya, el margen con el que contaron para negociar su identidad durante estos años tan difíciles.

La cámara de Portabales se activa en el momento en el que De Loof entra en la recta final de su vida tanto laboral como física. Este blog acompañó ese proceso muy de cerca, comenzando con su fallida decisión de abrir ‘La Guillotina’, un restaurant ‘conceptual’ en el que solo se venderían papas hervidas. La mecenas tanto de ese proyecto como de la mayor parte de todo lo que se ve en cámara es Ama Amoedo; quien, como mecenas, ha puesto (una parte ínfima de) su dinero al servicio de la estética del kitsch y el trash de los años 90s ya no como fuga antisistema hacia los margenes del buen gusto burgués sino, muy por el contrario, como proyección narcisista de su propia obra como artista (de los caballitos y unicornios infantilizantes exhibidos en su momento en Punta del Este) en tanto parasitismo del kitsch en su versión burguesa. La rebeldía del kitsch de los 90s, se ‘Awadiza’ en el 2010 con Ama Amoedo y el transformarse en mecenas de De Loof le permite justificar ese parasitismo estético. En rigor de verdad, parte del dinero para el restaurant ‘La Guillotina’ lo puso Ama y la otra parte fue puesta por artistas que donaron obra para apoyarlo. La combinación de la adicción a la cocaína (que jamás se disimula en el film) y de la grandilocuencia megalomaníaca de De Loof combinada con alguna mano oscura de su circulo de amigos que malversó parte del dinero; acabó transformando un proyecto productivo con proyección de futuro (del tipo que él solía tener en sus epocas de Moroco, Bar Bolivia o El Dorado) en otro; que en tanto viaje de lujo a Rio de Janeiro se consumió en su goce para acabar siendo un obituario. Es este el desafío de Portabales: cómo filmar un obituario con todos los involucrados (incluso el muerto en vida) conscientes de ello pero sin que sea tan evidente como para ser considerado obsceno?

Esto significa que los ‘Copacabana Papers’ comienza como una avivada pero muy pronto se transforma en algo más trágico; financiado y sostenido emocionalmente por sus amigos. En cierto modo, podría decirse que su propia muerte fue facilitada por esos amigos: uno de ellos -Cristian Dios- aparece en el film glamorizando con chistes de loca la triste realidad de que su lugar en esa corte es la de ser el bufón del bufón (ungido por la derecha Macrista), ser su che-pibe y ayudarlo a conseguir y consumir la droga y el whisky. En sintesis, el lugar de esta corte es la de habilitar la lenta autocombustión de Sergio de Loof. Esto es relevante porque, contra lo que se crea, esta no es la historia de una enfermo terminal que va al hotel de lujo a celebrar su vida sino que es el registro (patéticamente glamorizado) de un adicto confinado cancelando su propia existencia. Esto se hace evidente en que el grupo va a Rio para reducir a la más linda ciudad del mundo a una abstracción a ser vista como foto de Sugimoto desde el balcón de su suite. El único momento en el que Rio entra a la habitación es cuando la mucama negra limpia. La raza en esta pelicula es reducida a la servidumbre porque ni siquiera se le da el beneficio de la sexualización.

De Loof hace denonados esfuerzos para mostrarse non-challant como si esta fuera una oportunidad para confirmar quien él es socialmente. Lejos de eso, esto se ve como la cubierta del Titanic. La cámara de Portabales es honesta consigo misma y de entrada sabe que ha sido puesta al servicio del registro de un viaje sin sentido. Si se quiere, el objeto del film es retratar esa falta de propósito: la auto-indulgente estrategia de un falso mártir que sabe que su única chance es travestirse en un cordero sacrificial trash a ser fagocitado por la maquinaria de marketing y relaciones publicas de derecha que no dudó un instante en hacerlo posar con Jessica Trosman, Wally Diamante y el tipo de ‘agente cultural’ que hoy a Bruzzone no le tiembla el pulso en calificar como ‘arte’. Lo que une a Bruzzone, Trosman, Awada, Amoedo y De Loof es esa devoción por negar la realidad e intentar tapar el sol con las manos. Así como en la muestra monográfica dedicada a De Loof en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires en el 2019 su directora decidió ‘editar’ toda representación del sexo gay bajo la excusa de que el show (del factotum de la noche y la droga porteña de mediados de los 90s) debía ser ‘Apto para Todo Público’; Portabales hace algo similar perdiendo la oportunidad de hacer lo que en este tipo de viaje De Loof haría que es usar la droga para desinhibirse, calentarse e intentar garchar. En el camino, el resultado es algo así como una salida con la tía que desde la infancia quiere que uno se case con una chica de plata pero en versión gay y con un tubo de merca de baja calidad arriba de la mesa. Al no animarse a empujar a su objeto en ninguna dirección, Portabales se transforma en algo así como su enfermera y se lo escucha diciendole: ‘compra el whisky en el supermercado porque acá te van a matar’.

 

Al no poner los huevos sobre la mesa, Portabales queda preso de esa corte que parecía justificar la existencia de De Loof y queda limitado a trabajar con un material increíblemente reducido. Vale decir que la estadía del director no está financiada por el proyecto ‘La Guillotina’ sino que lo hacen pagarse todo, incluso su habitación en el Palace (y este es uno de los momentos que nos permiten entender un poco más a De Loof) para verse (Portabales) ya filmando, forzado a firmar un contrato presentado a él, en forma de emboscada. La cocaína jamás hace a la gente ni buena ni benefactora sino todo lo contrario y esto es algo que Portabales ve de entrada pero no desarrolla. Lo manipulativo de De Loof es que anuncia usar el dinero de ‘La Guillotina’ (Ama + amigos) para hacer la película pero, en realidad, lo usa para consumir en la habitación de lujo. Sin embargo, en lugar de usar esa mala jugada como una oportunidad para levantar la apuesta y disputar el espacio de macho alpha, mano a mano,  Portabale sea pichona, decide arrugar y ponerse al servicio de su ‘amo’. Esta incapacidad de desubicar a De Loof para generar momentos auténticos es el gran problema de un film incomprensiblemente complaciente.

La película, en sí, es, por lo menos, cuarenta y cinco minutos más larga de lo que deberia haber sido porque, en honor a la verdad, no pasa absolutamente nada. Esto es significativo porque antes de su estreno (ayer, si no me equivoco), Portabales me llamó varias veces para insisistir con eso. La verdad es que no hay nada para spoilear. Ni De Loof ni Cristian Dios salen del precinto del Copacabana Palace y su relación con Rio es siempre retórica, artificial y por momentos, hasta racista. Es más, cuando voy a Rio, paro a doscientos metros de ahí y la maravilla de ese barrio (Copacabana) es que no tiene esa burbuja de lujo aspiracional que niega la experiencia de Brazil sino que permite sentir a nivel molecular esa Clarice Linspectoriana calidad que hace tan única a esa ciudad. Tanto esto, como Brazil, es incomprensiblemente ajeno a la película. A De Loof no le interesa ni ese entorno ni su cultura, y parece ir a Rio como excusa para aislarse de la realidad, pretender que es quien no es (social y económicamente), contratar algún prostituto que le permita reafirmar esa ficción (ya no para coger sino para que lo escuche hablar de si mismo y su ‘arte’) y consumir droga (que, desde ya, nutre todo lo anterior y lo justifica). Cuando Brazil y, más específicamente, Rio aparece lo hacen con footageready made‘ comprado (ni siquiera filmado por Portabales) en donde se incluye el carnaval y algunos lugares turisticos que están literalmente a menos de mil metros de esa habitación de hotel. Ni favelas, ni Santa Teresa, ni Leblon, ni Lapa. Rio es reducido a un cliché de carnaval, hotel y playa (la de enfrente). Lo que shockea es cómo la impenetrabilidad de la burbuja De Loofiana es tal que ni siquiera la música brasileña consigue penetrarla. Haciendo gala de esa negación del entorno, la película pone el foco en el gusto gay de derechas de De Loof algo que Portabales ve como una oportunidad para estructurar la pelicula. Este, si se quiere, es su logro transformando a su objeto en una excusa para reflexionar sobre una estética que ya no es la de De Loof (que aparece muy marginalmente y al final) sino la de los gays metropolitanos de esa generación. Su fascinación (la de todos los involucrados) por el pop anglo no es paródica (Britney, Tony Braxton, Bananarama) sino militantemente conservadora, focalizada en canciones cuyos videos proyectan de manera glamorizada la experiencia decadente del capitalismo sexual en hoteles de lujo (ejem!). Dos canciones y videos son fundamentales para estar argumentación: ‘Justify My Love’ y ‘Being Boring‘, de Madonna y los Pet Shop Boys respectivamente. En ellos, el documental se ve en un espejo, en negativo. Hay incluso un intento de re-editar patéticamente el video de ‘Being Boring‘, incorporando un chongo brasilero con un cuerpo espectacular pero con una cara cansada. Habiendo dicho esto, las miradas con las que este muchacho observa la patética corte de De Loof pasan del rechazo y la desconfianza a la empatía y la compasión; en semejante purgatorio neoliberal sin sexo ni amor, ese es el único momento genuinamente humano.

El final del documental me encuentra a mí hablando en off y de algún modo, soy el único que baja a la realidad diciendo que lo de De Loof no es arte sino algo vinculado al diseño y ambientación de aquellos boliches que permitieron a mi generación, prolongar la fiesta de la Primavera Democratica, hasta que el neoliberalismo corporativo y su versión plebeya Palermo Hollywoodeana y la hiperideologización peronista filo-villera ocuparon todos los espacios. Portabales intenta complacer a todos y, en parte, lo logra lo que nos habilita la pregunta de cuál es la audiencia de este film. Este es, definitivamente, un film de consumo interno para aquellos que conocemos a De Loof y su escena. Es muy dificil entender a esa persona historica sin conocerla desde antes porque el fin no hace demasiado esfuerzo en situarlo ni explicarlo. Pero, este documental tiene otra dimension más universal y problemática que yo creo que es donde radica su potencial verdadero y es que permite conectar la entrópica, aislada y muy neo-conservadora muerte de De Loof en una hiperbole de la patética experiencia de soledad que ese mismo modelo de trabajo y diversion en soledad (‘work hard, play hard’) aporta desde la hegemonía de los aplicativos de encuentros sexuales como Grinder y Tinder en donde la gente ya no necesita salir al espacio publico ni conectar siquiera con otras culturas y para calentarse no tiene que conocer al otro sino pedir al dealer por Whassap que traiga un poco de aquello que lo active. Solo se necesita una bolsa de merca, una habitación, una computadora y un teléfono para vivir lo que, en realidad, no es otra cosa que la fantasía del goce que como se ve con De Loof acaba siendo sólo eso: una fantasía de si mismo y de su entorno negador. Otro capítulo en el calvario de la autonegación que supimos heredar de la dictadura militar. Pero esta experiencia de autoconfinamiento pasó el año pasado a ser una experiencia humana universal con la llegada del COVID (el protagonista del film murió justo al principio de la primera ola) lo que imprime a todo este ejercicio de Portabales con otra dimensión, mucho más rica de significado. Desde este punto de vista, la película llega en el momento justo. Al estetizar la triste experiencia del confinamiento contemporáneo pre y post-Covid, presentándolo casi como deseable, el film da un giro ideológicamente problemático y nuevamente se pone al servicio de otro amo que no es el arte sino cierta institución del arte al que, obviamente, quiere acceder. El que la vea y no conozca a De Loof, poco aprenderá de él; sin embargo, su tematizada muerte lenta constituirá un triste espejo en el que ver nuestra experiencia del último año. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA SERGIO DE LOOF A UN AÑO DE SU MUERTE