En el espacio ‘El Local’ de La Paternal, Gisela Francisconi presenta su muestra ‘Latentes Estriados’. La misma fue curada (o, al menos, el texto curatorial fue escrito) por Lux Lidner quien fuera su maestro de dibujo durante cuatro años. Paradójicamente, la misma no está compuesta de dibujos sino de fotos de ensamblajes/composiciones orgánicas sacadas con un celular en cuarentena e impresas ‘por un fotografo que sabe de fotos al que le pregunté si se podían imprimir en un tamaño grande y, por suerte, sí se pudo’, dice Doña Francisconi. En la pared izquierda, el curador colgó tres imagenes (todas mas o menos similares) en una diagonal ascendente de izquierda a derecha. En la pared que da de frente a la puerta de entrada de lo que es el típico local de comercio de barrio, hay tres fotos más, todas cuadradas. Y en la pared de la derecha tenemos otras dos. La pièce de resistance está en el medio de la sala y es una mesa angosta y alargada elevada a la altura del pecho del espectrador en donde fueron colocadas cinco de las composiciones organicas fotografiadas, como si fueran joyas u objetos preciosos e incluso virales dentro de cajas de vidrio apoyadas sobre espejos. Como vemos las superficies pulidas y reflectivas interceptan en todo momento a la mirada del espectador dando una apariencia de industria del lujo o de, y creo que esta es la lectura más adecuada, laboratorio de alto nivel. Las mencionadas composiciones/ensamblajes orgánicas son: ‘fragmentos de ají, sus semillas, barniz y algunos pelos’; “un tejido de pelos ‘al crochet'”, ‘flores de malvón secas con cebollitas de verdeo y barniz’, etc. Su manufactura no maravilla en su virtuosismo sino que el objetivo parece ser el de contruir objetos orgánicos en proceso de devenir: es decir, pudriendose. Uno quiere creer que dicha descomposición ocurrirá durante los días que dure la muestra por lo que a la experiencia óptica y de toma de conciencia de la propia fisicalidad del cuerpo del espectador en el momento de rodear las vitrinas, el sentido del olfato tambien tendrá un rol preponderante.

 

El texto curatorial es temático y su lectura por parte de Lindner es altamente performatica. El texto comienza en primera persona con la experiencia del curador cenando (o algo por el estilo) en la casa de la artista donde se decidió hacer una muestra que, una y otra vez, nos recuerdan que fue postergada por la pandemia. De allí Lindner pasa a un lenguaje pseudo-científico deliberadamente precario (osea, no es Sarraceno o M7Red) enunciado como si se tratara de un texto de manual de escuela secundaria. El resto es linealmente temático: ‘vino la pandemia y hubo que verdadera y no solo mertaforicamente, contraerse; ya no podíamos ir a donde se nos diera la gana. El afuera se llenaba de cuchillitos y pestilencias…’. Esto fascina a un cada vez más irreflexivo Bruzzone que declama ‘Maestro!’. La fascinación de Bruzzone debe ser, sin embargo, historicamente situada ya que, como buen narciso, lo que él reconoce en esa prosa es el estilo por él y Jacoby pontificado en Ramona que lejos de ser lo que él cree que fue fue un paso fundamental en la decadencia de la crítica argentina. La prosa de ‘cuchillitos y pestilencias’ de Lindner deriva de aquellos ejercicios de micronarrativas del yo que, a partir de la decada del noventa, se filtraron de las cátedras de Jorge Panesi y Daniel Link en la Facultad de Filosofía y Letras en Puán. Sin embargo, de lo situada de la intervención académica queer de Panesi a esto hay un largo trecho; para empezar casi treinta años. Es por esto que lejos de ser otro ejemplo de fuga Perlongheriana a los margenes del sentido (como lo fueron con Panesi, Silvia Delfino y luego ‘Belleza y Felicidad’), lo de Lindner es una impostura de un cincuentón que se traviste (en lugar de queerizarse) para apoyar a su alumna sin realmente apoyarla. Un ejercicio que todos ustedes podrán tambien reconocer en las estrategias del halago de doble filo y bajo nivel de honestidad de Bruzzone. Dicho de otro modo, todo es lindo, todo es mínimo pero por las dudas, todo es en joda. Esa performance es analoga a la de aquel que insulta e inmediatamente al lado coloca un emoji con una sonrisita y un arco iris. Un signo de los tiempos que el Covid, al menos en la Argentina, parece no haber resuelto.

 

Pero volviendo a la muestra, la artista es tan contradictoria como su curador ya que de edad mediana y vestida de negro urbano casi plebeyo (y, convengamos, que este es el uniforme del artista ‘cool’ porteño) cuenta a cámara que los objetos ensamblados, retratados como naturalezas muertas y exhibidos como esculturitas en la muestra son una alegoría de su estado interior al tiempo de hacerlos. Uno tiene que creer que este estado estaba determinado por la pandemia. Sin embargo, acto seguido e interpelada por Bruzzone, ella remite la actual muestra a una anterior donde sus objetos habrían reflejado algun tipo de enfermedad o algo que ocurrió en su cuerpo y que no específica. A esta altura queda claro que su obra oscila entre lo expresivo (en tanto exterioriza en un objeto una sensación o estado espiritual interno) y lo alegórico (en tanto ‘simboliza’ por otros medios no literales su falta de confort corporal). Hacer objetos alegoricos, expresivos, tematicos y representativos y presentarlos en vitrinas con muchos vidrios y reflejos como si fuera un ‘local comercial de lujo’ hacen que el ejercicio sea profundamente tradicional y reactivo. Dicho de otra manera, reclama vigencia presentando una serie de temas ‘actuales’ pero lo hace a traves de procedimientos conceptuales profundamente tradicionalistas y retrogrados (alegoría, representación lineal, expresividad). En sus mecanismos formales no hay mucha distancia con una señora que pinta en el club de barrio por el placer de hacerlo. Pero Doña Gisela va por más y decide reclamar distinción y diferencia con un reclamo feminista (à la Andrea Giunta) y tras el NiUnaMenos, en la Argentina, el recurso infalible es el de, supuestamente, ‘poner el cuerpo’. Pero eso es claramente lo que no pone ya que la experiencia corporal no puede estar representada icónograficamente en la obra o tematizada en el texto sino inserta en la materialidad de la misma. Esta es la diferencia entre lo linearmente representativo (como la publicidad por ejemplo a cuyo lenguaje esta muestra recurre una y otra vez) y el arte (y esto es lo que esta muestra no es). La decisión de centrar los objetos, presentarlos en una lenguaje de imagen pulida comercial y recurrir a la experiencia de la putrefacción para asistir de manera desesperada a la intención de corporalidad de un ejercicio tan conservador hacen de esta muestra un gran error de discernimiento ya no de su alumna sino de su orgulloso maestro. J A T

 

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA SERGIO DE LOOF, A UN AÑO DE SU MUERTE