Este mes hubieron dos documentales que se presentaron en el BAFICI y que marcan dos visiones antitéticas del Under y de los efectos que este tuvo en la cultural actual: Los Copacabana Papers de Sergio Portabales y El Parakultural de Natalia Villegas y Rubén Zárate. El resultado no pudo ser más diferente. Mientras el primero fue hecho con dinero malversado (ya que aquellos que aportaron los fondos lo hicieron para que se abriera un restaurant y no para financiar un reality) y engañando al director (quien aparece en cámara teniendo que firmar un contrato antes de empezar); el segundo es el producto de procedimientos claros de recaudación de fondos por crowd funding, etc. Mientras el primero romantiza la hija de putez y falta de consideración de De Loof, el segundo reconstruye la socialidad y solidaridad que permitió que el semillero de los mas grandes talentos de las últimas dos generaciones emergieran.

Hace una semana hice referencia al documental póstumo de Sergio de Loof. El mismo nos muestra los modos de (no) socialidad de su protagonista quien se encierra, con dinero ajeno, a consumir cocaína y a masturbarse sin erección. El lugar del encierro es el Hotel Copacabana Palace, un lugar que le da tanto a él como a Cristian Dios, quien hace las veces de dama de compañía, la posibilidad de pretender ser quienes no son. No sólo eso. El documental retrata a modo de reality el aburrimiento de tres hombres blancos invisibilizando no solo a las mujeres que lo ayudaron a llegar ahí (por ejemplo, a juntar los fondos para poder ir a ese hotel sino tambien a todo aquel que no comparta sus características raciales). No hay negros, practicamente, en su versión de Copacabana. Ni siquiera el objeto de deseo supuestamente exótico de De Loof es de esa raza. En su individualismo egoista, megalomanía, malversación del dinero del prójimo y falta de valores, De Loof se transforma en una suerte de héroe cultural del post-Under del Larretismo en la Ciudad de Buenos Aires. Victoria Noorthoorn le organizó una muestra retrospectiva incomprensible y se emocionó durante el estreno. Dicho de otro modo, las mujeres que le limpiaron el vómito a De Loof (Bartett y Scorcelli) fueron borradas por los machirulos gays e incluso minimizadas en el estreno del documental. Sólo aquellas que le dieron lo que ellos necesitaban para seguir con su simulación fueron elevadas a la categoría de grandes benefactoras (Ama Amoedo y Victoria Noorthoorn). Todo es atomización, individualismo, ruptura de las

El documental del Parakultural se coloca en la vereda opuesta. Se centra en la primer época del Parakultural (1986-1990, Calle Venezuela 336), que fue su época de esplendor, la que está más ligada a la post-dictadura. Por aquellos días de 1985, todo parecía en tránsito de las tinieblas hacia la luz. Se suponía que después de tantas palabras e ilusiones sepultadas a la fuerza, las cosas finalmente iban a retomar su camino hacia la superficie. Pero también había quienes iniciaban un camino inverso, hacia abajo. Under, los llamaban. En 1984 Omar Viola y Horacio Gabin dejan la compañía de Elizondo y empieza a armar un espectáculo y a buscar un local para dar clases de mimo, entre otras disciplinas. En marzo del 86 llegan al sótano del ex Teatro de la Cortada, que pasaría a convertirse en el conocido Parakultural. Fundado en 1986 por Omar Viola y Horacio Gabin, el Parakultural surgió como una escuela de teatro que debía funcionar de lunes a viernes y durante el fin de semana, los fundadores mostraban creaciones propias y organizaban fiestas para enganchar alumnos, pero rápidamente se sumó mucha gente: poetas, pintores, músicos de rock, entre otros, por lo que se abandonaron las clases y se convirtió en un espacio de libertad para todos aquellos artistas que no contaban con un lugar donde expresarse. Según Viola, el Centro Parakultural fue “un espacio generador; no era solamente ver el espectáculo e irse sino que el lugar contuviera, que fuera generador de ideas, era como un baño de energías”. Lo recuerda como algo no muy planificado, espontáneo, donde el público tenía una gran intervención con los actores, ya que dialogaban con ellos, los hacían subir al escenario, o participar de alguna presentación. En palabras de Viola, “hacer cultura es eso, no viene de arriba, sino que es moldear, trabajar, dialogar, dar espacio”. Además de las performance teatrales, con el tiempo se sumaron conciertos de bandas que surgían por aquellos años, pasando a ser, también, cuna de grupos musicales, que tuvieron gran éxito tiempo después. Bajo esos conceptos se desarrolló la primera época del Parakultural, entre los años 1986 y 1990, en el sótano del Teatro de la Cortada (en Venezuela 336).

festival punk en el centro parakultural de la calle venezuela, bs as, 1986. BAndas: flema, conmocion cerebral y otros

Durante este período, la Argentina se encontraba en la reconstrucción de la democracia. Respecto a esta etapa, Jorge Dubatti, investigador e historiador de teatro, sostiene que “a finales de la dictadura apareció la categoría under y se prolongó durante los primeros años de la post dictadura”. La utilización de la palabra under remitía a la existencia de una cultura subterránea, una cultura alternativa que no podía estar visible debido al gobierno de facto, pero que afloró a la superficie cuando el país retornó a la democracia. Cristina Martí, actriz integrante del Clú del Claun, ironiza respecto a los años ochenta: “le tenemos que agradecer a la dictadura porque nos apretó tanto, no nos dejó hacer nada que después cuando salimos, salió una primavera”. Esa “primavera” congregó en los escenarios del Parakultural, el Café Einstein o Cemento, a muchos actores que actualmente gozan de gran prestigio: Hernán Gené, Guillermo Angelelli, Alejandro Urdapilleta, Maria José Gabin, El Clú del Claun, las Gambas al Ajillo, Vanesa Weinberg y Valeria Bertuccelli (Hermanas Nervio); Humberto Tortonese, Ronnie Arias, Carlos Belloso y Damián Dreizik (Los Melli), entre otros. Pero sin duda, una figura emblemática de esa época fue Salvador Walter Barea, más conocido como “Batato” Barea. Además de su espontaneidad y búsqueda constante de reacción en el espectador, su presencia se caracterizaba por vestidos y accesorios que lo identificaban como una mujer. Sin embargo, su voz y su porte eran masculinos. “Era un travesti muy sui géneris”, sostiene Viola. Lo que caracterizaba a los años del teatro under era una necesidad desmedida de comunicar, de congregarse, crear, y expresarse de manera espontánea. “No había especulación ni en los actores ni en el público, el hecho estaba en festejar en esa comunión”, arguye Seedy González Paz, artista plástico y amigo de Batato. También Martí recuerda que “no había especulación monetaria, había un deseo de hacer por hacer, eso nos movía a todos en ese momento”.

En 1990, el Sindicato de Porteros compra el edificio y se niega a renovar el contrato, debido a las denuncias del hotel alojamiento ubicado en frente, que percibía la presencia de un lugar tan público como una amenaza para su negocio. El Parakultural sótano cierra y continúa sus actividades en el Galpón del Sur con “las citas Parakulturales” y en las varietés del Parakafe en la calle Chacabuco.
El Parakultural fue el momento en el que el humor y el cuerpo fueron puestos en juego de un modo alternativo a los modos legitimados hegemónicamente por el mainstream de la sociedad. Mientras el Destape consagraba a Porcel y Moria, en el Parakultural, Batato, Urdapilleta, las Gambas al Ajillo y los Melli ponían en cuestión los modos heteronormativos de entender el sexo, la pareja y la felicidad. A diferencia de De Loof, no se encerraban sino que salían al espacio público para recuperarlo tras años de violencia sistemática en manos de la dictadura. Como decía, anteriormente, allí se formaron y experimentaron artistas como Humberto Tortonese, Alejandro Urdapilleta, Batato Barea, Ronnie Arias (Los Peindados Yoli), Genniol (Geniol con Coca, Sumo, etc), Alejandra Flechner y Verónica Llinás (Gambas al Ajillo); Carlos Belloso y Damián Dreizik (Los Melli); Peter Pank, Marcelo Pocavida, Aranosky (Los Triciclos Clos), etc. Y también bandas de rock y punk, como Attaque 77, V8, Pelvis, Daniel Melero, Conmoción Cerebral, Los Redonditos de Ricota, Los Pillos, Todos Tus Muertos, etc.

El modo en el que el rock entra en el documental es sintomático de un momento muy específico de la Argentina. Tras la Guerra de Malvinas y la persecusión en manos de la dictadura que consideraba a la juventud una fuente de insuberdinación, el cuerpo de los jovenes necesitaba reconectar de un modo alternativo a los modos disciplinados que planteaba el Destape en donde los valores de la sociedad heteronormativa eran reafirmados. Si no pensemos en Las Gatitas y los Ratones de Porcel o en Amo y Señor en donde la violencia seguía siendo ejercida contra las mujeres, de otro modo. Lo que el Parakultural le dio a estos jovenes fueron modos creativos de salirse de ese mandato para poder crear algo nuevo y hacerlo de manera afectiva y relacional. J A T

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