Las tapas de los libros de Michelle Obama y de María Eugenia Vidal son, a todas luces, similares. En referencia a Sinatra y con cierto guiño a la cúltura lésbica, ambas tapas parecen ser a todas luces prácticamente idénticas. Ambas tienen fondo celeste usan variaciones del mismo font, muestran a ambas mujeres mirando de frente a cámara apoyando su cabeza en la mano derecha. La copia es evidente. Pero quiero concentrarme en las diferencias que, como la copia, son, a todas luces, según entiendo, intencionales y nos pueden permitir entender un poco más quienes somos.

La tapa de ‘Becoming’ de Michelle Obama es fresca. El foco de luz cae desde la izquierda y la idea es que rebote en su piel transformando el tono marrón oscuro en algo más bronce. Su pelo está casi enrulado y parece flotar. Algo parecido ocurre con su ropa que parece caerse de sus hombros como si tratara de un estudio de algunos de esos cuadros de la corte Estuardo de Anthony Van Dyck. Si buscamos referencias clásicas, hay algo de la sábana del Hermafrodita Borghese que se encuentra en un lugar intermedio entre liberarse o ser aprisionado. Esta alusión a la cultura clásica no es casual. En todo caso, a ella se la ve feliz ya que mediante la lectura del libro y casi como un ofrecimiento hacia nosotros, su mirada optimista nos promete llevarnos en un camino de mutuo autoconocimiento. No nos excluye sino que nos incluye como ‘blancos’: como parte de un legado común. Esto tambien es problemático ya que se para en el medio civilizatorio pero de nuestro lado. Es importante remarcar que su nombre se superpone a su cuerpo en blanco sobre blanco y esto significa que ella no ha decidido transformar su tapa en una proclama identitaria pan-africanista sino que abraza la blancura (con los problemas del caso) para pensar en un esquema superador. Obama se ve como una Venus o Minerva que ocurre que es negra. Algo así como el Duque de Hastings en Bridgerton.

El caso de María Eugenia Vidal es muy diferente. Lo que en Obama es intersticial y en proceso de devenir -con la carga de optimismo que se desprende de esto; en Vidal es profundamentente melancólico. No digo que la tapa de Obama no lo sea pero su melancolía es más deliberadamente negadora y política pero la suya es una decision de ‘unidad nacional’.  Mientras Obama se ríe en el goce material de su momento y de su cuerpo proyectando su cuerpo y cara hacia nosotros, en Vidal la risa es comprometida y su cuerpo se cierra y retrae. En caso de haber autocomplacencia, la misma es condicionada. Lo que en Obama es una apropiación de la cultura blanca, en Vidal es un afirmación de cierta estética de Headhunters promovida por Bernardo Neustradt en su programa en la decada del 90. Mientras Obama aparece como dueña de sí misma, Vidal aparece como administrando para otros. Lo que en Obama es erotismo, en Vidal es frío. Su pelo es pajoso, su maquillaje disimulado. Es como si pidiera perdón por ser mujer y por ocupar el espacio que quiere o que dice ocupar. Mientra su nombre parece elevar a Obama, a Vidal su nombre parece oprimirla. Su camino es presentado como un muy aburrido derrotero en el que no hay lugar para la inspiración a traves de eso ‘otro’ que define al lider y que motiva a la comunidad hacia adelante. El modelo de Vidal es uno en el que todo es solemne al punto de la depression social. Esto que puede parecer terrible, no es otra cosa que la contracara del imperio del hombre gris encarnado por Alberto Fernandez. J A T

 

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