Reflexionar sobre los funerales del Duque de Edimburgo es complejo porque, como es bien sabido, nada suele ser lo que parece en la Islas Británicas. Creo que un buen modo de acercarse al fenómeno de la monarquía inglesa es a través de ese preludio de Hollywood que supo ser la cultura Victoriana en la que la tragedia imperial macropolítica era reducida a la anecdótico y afectivo. La importancia de ese momento no puede ser subestimada ya que fue precisamente esa la época en la que se reconfiguraba el fracaso de la magia de la monarquía absoluta (en manos de las diversas revoluciones republicanas alrededor del mundo) basada en la creencia eugenésica de la existencia de un tipo ‘real’ de sangre más pura con derechos no sólo sobre sus compatriotas sino tambien sobre el resto del mundo (los Estuardo, los Habsburgo y los Borbones Franceses, por ejemplo). Durante la segunda parte del siglo XIX se pasó a otro modelo de monarquía inglesa en el que los valores de la familia, el cariño y, desde ya, su contraparte de odios y resentimientos emergía como la punta de un iceberg en el que el desequilibrio entre ‘afecto’ y ‘sentido del deber’ conllevaba. El que no entienda esto sólo tiene que ver un sólo capítulo de The Crown en Netflix. Así pasabamos de ver a Luis XIV en gloria en el exacto centro geométrico del punto de fuga arquitectónico y paisajístico de Versailles a observar a Victoria y Alberto jugando con uno de sus perros en un rincón de una porción del jardín en Windsor como si se tratara de una familia burguesa más.

El problema de ese modelo (a diferencia del resto de las monarquías europeas que llegan a esto a escala mucho más local y limitada) es, precisamente, los muchos momentos en los que ese frágil equilibrio entre el ‘sentido del deber a la Nación’ y la lógica del ‘chismes de barrio’ se vuelve, como pudimos ver con Diana, trágico. Este tipo de contradicciones se ven a flor de piel en al fábrica social de este país. Ayer me crucé caminando por la playa con un conocido (cincuentón y muy inglés) justo a la hora de los funerales y apurado y al pasar me decía que ‘se iba a la playa para mirar al mar y en soledad, reflexionar en silencio por respeto a la Reina’. De más está decir que a metros de él, el espigón estaba saturado de gente tomando alcohol, helados y totalmente prescindente de este tipo de existencialismos. En el rígido estoicismo de este buen hombre hay algo del emocionalismo que ese mismo estoicismo dice rechazar.

Así, a las tres de la tarde, la Reina tomó su lugar en la esquina de los largos asientos de cedro en el coro de la Capilla de San Jorge en Windsor, donde aquel con mayor rango en la Orden del Garter suele sentarse. Incontables veces, se sentó la Reina allí en ocasión de ceremonias, bautismos, etc. Esta vez fue diferente. Estaba sola tras casi 75 años de casada. No tuvo que hacer nada más. Simplemente estar. Su decisión de no sacarse el barbijo a pesar de no estar a distancia de contagio de nadie es evidencia de que los mismos han sido adoptados con convicción en una familia en el que la cancelación de toda expresión facial que refleje algún estado espiritual ha sido, desde siempre, elevado al rango de arte. aislada en su burbuja Covideana, la Reina permaneció sentada. La imágen fue contundente, estratégica y eficaz. Solo 30 de los 800 que hubiesen sido invitados, asistieron; en un año en el que muchos en el mundo murieron solos y sin poder siquiera ser tocados por sus seres queridos. La ausencia de abrazos, besos y palmadas en la espalda se notó. La muerte como trámite.

Desde ya, como casi siempre en una Inglaterra que viene haciendo el duelo de su superpotencia desde que los Windsor están en Buckingham Palace, la necesidad fue inmediatamente convertida en virtud y las imposibilidades de la pandemia fueron vistas como el tipo de discresión que le hubiera gustado al Duque quien fue parte de esa generación de la Segunda Guerra que sufrió las ‘verdaderas’ privaciones. Cabe aclarar que este discurso limita la privación y el dolor a los sujetos blancos y privilegiados. Es en este marco en el que dice la leyenda que cuando el Duque llegó a Buckingham Palace, sólo llegó con ropa de fajina naval. Este es el punto en el que el supuesto estoicismo de la monarquía es esgrimido como modelo de conducta individual para tolerar sin cuestionar. Inglaterra no es Argentina en donde todo está en cuestión todo el tiempo y donde, como me dijo ayer un amigo, no hay ritos que puedan unir a la Nación, aunque sea momentaneamente. Las restricciones covideanas tambien sirvieron como excusa para regular el daño hacia adentro. Meghan no pudo viajar porque está embarazada y si bien Harry estuvo allí, nada tuvo que hacer que demostrara alguna fricción con su hermano o su cuñada. El Principe Andrés tambien estuvo y si bien hubo cierto intento de lavado de reputación, la ocasión no dió lugar para otro catastrófico error de su parte. Sin embargo, como dije antes, el melodrama de la monarquía precede a Hollywood y si algo saben los Windsor es producirlo. El Land Rover Discovery en el que se acercó el feretro a la capilla fue el toque preciso para activar la narrativa victoriana. Hasta hace muy poco, Philip le había hecho alteraciones, negandose a cambiar de modelo desde el año 2002.

Mucho se dijo de William y Harry caminando separados con su primo Peter Phillips en el medio. Sin embargo, estos son los momentos en los que el protocolo y los arcaísmos vienen a salvar las papas cuando la narrativa pre-Hollywoodeana hace que el agua hierva demasiado. Según informan los técnicos en esas cosas, la separación es el resultado de un calculo de edades en un triangulo aritmético que pocos ya entienden. Un detalle interesante es que el primo caminó un paso detrás de ellos; habilitando esa línea que el melodrama exigía. Como pueden ver: sí pero no; la especialidad de los Windsor.

Por su parte, el servicio, liderado por David Cooner, párroco de Windsor y por Justin Welby, arzobispo de Canterbury fue mínimo y litúrgicamente exacto sin eulogías personales ni sentimentalismos. Eso fue reservado a la esfera de las imágenes que fueron un derroche sentimental. Al hacer esto, la monarquía tambien se diferenciaba del paparruchismo multicultural y abiertamente celebrity friendly de la boda de Meghan y Harry: ‘Nosotros no somos eso. Gran Bretaña, tampoco’. Es en estos momentos en donde la apelación a lo militar se traviste mágicamente de afecto y emoción. Defender al espacio vital contra el ataque del infiel (últimamente, islámico pero en su momento, Argentino) es presentado en estos casos como un acto de amor que unifica la vida desde que Phillip era un estudiante en las condiciones espartanas de su escuela en los High Lands a su paso por el HMS Valiant en la Segunda Guerra Mundial. Desde este punto de vista, en su supueto autorrenunciamiento tanto Philip como Isabel son proyectados como modelos de resistencia y resiliencia pandémica.

Es precisamente esta referencia a ese pasado militar que marca el fin de una época. La Reina cumplirá 95 años el 21 de abril. El Arzobispo de Canterbury repitió lo que ya, a esta altura, es un mantra destinado a evitar que esta institución tenga que pensar sobre su complejo futuro: ‘Su Majestad tiene una extraordinaria dignidad y coraje’. Es sintomático que la única frase dicha por una Reina definitivamente no verborrágica y que ha penetrado el imaginario popular (al menos en estas tierras) es la siguiente: ‘Grief is the price we pay for love’ (El dolor es el precio que pagamos por el amor). Esto viniendo de alguien señalada por la cultura popular (‘The Crown’ en Netflix), como alguien incapaz de amar y con cierto gusto por el dolor propio y ajeno ‘en nombre del deber’ es sintomático. Pero ayer ocurrió algo más y es el comienzo del fin de una época. Para entenderlo no tenemos que ver a la monarquía, desde una óptica internacional y evaluar si Charles o Williams pueden llegar a ser queribles en términos Hollywoodeanos. En lugar de eso, debemos mirar a la monarquía desde el prisma de una sociedad inglesa en la que esa generación de ‘blancos nostálgicos’ aferrados a una ficción de la victoria Británica (y no tanto de los Aliados) en la Segunda Guerra Mundial como continuación de cierto ethos imperial; se extingue. Esa generación tiene hoy 70 años y en quince años estará muerta. Es ese cambio demográfico y diría yo, racial; el verdadero desafío de la monarquía inglesa y la muerte de Philip marca el comienzo de un proceso rápido e inexorable. J A T

SUMATE AL PETITORIO PARA LLEGAR A 2500 FIRMAS

PODÉS FIRMAR EL PETITORIO AQUÍ 

 

PODÉS ENCONTRALO EN LAS SIGUIENTES LIBRERÍAS 

YouTube video

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES PARA LANATA Y LEVINAS SACANDOLE LA CARETA A Andrea Giunta: ‘Cañete la desarmó teóricamente y ella no lo pudo soportar’

 

loveartnotpeople