Conocí a Juan Cruz Mendizabal (Buenos Aires, 1975) hace cinco años y su obra se presenta siempre incómoda porque va a contrapelo de los designios y solemnidades del presente Neo-Fascista en el que, en principio, la mujer no tiene derecho a querer someterse al falo. Su recientemente salido ‘Cruz’ es un libro de fotos que incluye una selección de esas imágenes en las que deliberadamente renuncia a dar explicación. El título es sintomático. Una cruz es un lugar en el que el sacrificio humano da lugar a una resurrección que permite un proceso de purificación aunque puede ser también una forma de cancelación. En este caso es parte constitutiva de su identidad y como el cuadro del puente de Gustave Caillebotte, la cruz denota el espectro de una autocensura que, en este caso, se queda sólo como promesa. La ausencia parece una necesidad en un proyecto que hace varios y necesarios reclamos; entre ellos, el de no tener que dar explicaciones. A años luz del lenguaje inclusivo, Mendizabal cierra su libro con el único texto incluido: ‘No voy a escribir’.

Recibí mi copia justo antes de mi cancelación durante la cual conceptos como misoginia fueron irresponsablemente declamados por gente que debería saber el efecto de la devaluación linguistica en un país saturado de desapariciones. En un país en el que el femicidio parece ser una practica naturalizada de exterminio de la mujer (como problema), el concepto de misoginia debería instrumentalizarse de manera más cuidadosa. En media de la ola de injurias que recibí, una mal denominada feminista me insultó por elegir para la tapa el Reposo de Eduardo Schiaffino que, según ella, representaba lo más rancio del ‘positivismo misógino’. Mi libro, sin embargo, tiene algo de profético. Su introducción encara la cuestión de la cancelación de los artistas y su tapa incluye la imágen de una mujer cuyo cuerpo sale de la materia pictórica para volver a entrar. En un país en el que se quiere ser moderno y al mismo tiempo tradicional o, para decirlo en términos mas actuales, en el que se pretende ser progresista pero, al mismo tiempo, se usa ese reclamo de ‘modernidad’ para reforzar las estructuras autoritarias, la obra de Schiaffino nos interpela de un modo renovado. Desde este punto de vista, el modo en el que Mendizabal retrata lo femenino califica como cancelable y repulsivo ya que sus chicas (o debería decir chicxs) son retratadas por el en ese instante en el que anuncian su intención de entregarse no sólo a su mirada sino a la materialidad de ese encuentro que de Platónico tiene poco.

El primer acierto de Cruz es lo fragmentarias de las imágenes presentadas con un tamaño de hoja de 50 x 25 cm aproximado. Abrir su libro es ser abrazado por cuerpos fotografiados casi, casi como si fueran abrazados. El espectador no puede asumir una actitud contemplativa sino que es interpelado tanto fenomenologicamente (es decir en su cuerpo) como en la capacidad tactil del ojo de acariciar con la mirada, como si esos pezones fueran lenguaje Braile. Este modo de interpelar al espectador nos obliga a repensar la tradición modernista ya que la mujer no aparece como una excusa sino como un fin en sí mismo pero sólo porque ha elegido el rol pasivo al que abraza y he allí su, para usar una palabra muy gastada, ’empoderamiento’. En la imágen de la tapa, la fragmentación de la modelo no la violenta sino que la acerca. El medio pezón no disciplina sino que celebra. La mujer argentina es, por fín, presentada en sus imperfecciones, sus granos, sus pelos públicos encarnados. Lejos de ser prostéticos, sus cuerpos son reales y se niega a la abyección para repeler militantemente a la mirada masculina. Es precisamente esa fragmentariedad la que vuelve sobre el espectador y lo activa como cuerpo vivido en el mundo de la vida. La única promesa acá es la del encuentro. El resto es todo real. Incluso la a distancia entre fotógrafo y sujeto, de existir, sólo existe para remarcar el espacio relacionalidad de una mujer que promete un tipo de goce heterosexual en el que otro tiene la iniciativa. La posibilidad de esta formulación, en el contexto en el que vivimos es relevante y Juan Cruz, como una suerte de James Armstrong aterriza en la luna para plantar su bandera en un cuerpo femenino que desea ser conquistado y al hacerlo reclama para el hombre heterosexual el derecho de dar placer.

Sobre su experiencia con las modelos, Mendizabal dice: ‘En 2012 nace este proyecto de hacer fotos a No modelos. Empecé a visitar a chicas que no conozco en sus casas con la idea de retratarlas, ahí tenemos una charla de un rato, hablamos de dónde son, qué hacen, les cuento de donde soy, qué hago y nos prestamos a las fotos. Siempre con luz natural o la que haya en el lugar. Las sesiones duran entre 2 a 3 horas desde que llego hasta que me voy. Siempre les mando todo el material en crudo sin editar. También hay sesiones que las hacemos en mi casa o en algún lugar que nos presten. La idea original era salir del ambiente ‘Estudio’ como zona de comfort.

Es imposible no pensar en la tradición modernista y el modo en el que Mendizabal la interpela aún sin proponerselo. Como la Olympia de Manet, sus mujeres son plebeyas o lo plebeyas que la blanca clase media argentina permita serlo. Sus ropas (aquellas que aún tienen algo de ropa) son de calidad relativa, la almohada (del departamento de Mendizabal) ya está amarilla de tantas humedades apoyandose en ella y las uñas no han visto manicura ni cuidado reciente. Estas no son mujeres preparadas para complacer sino mujeres que viven su vida. Algunos codos parecen lastimados posiblemente por alguna noche de sexo un tanto brusco y la depilación, casi sin excepción, no parece una prioridad. Si estas mujeres fueran jardines, definitivamente no serían Versailles.

Una de las fotos presenta a una modelo en posición del Reposo de Schiaffino que tambien permite pensar en Degas en tanto transforma al cuerpo femenino en un ejercicio plástico contorsionandose para esa mirada dominante masculina. La absorción de algunas imágenes alterna con la ruptura de la membrana que separa a la modelo del lente. El placer que las modelos parecen encontrar en la performance de la pose recuerda tambien a Toulouse Lautrec y al sexo como refugio de un mundo comodificado. No es casual que Mendizabal haya comenzado esta serie de ‘encuentros fotográficos’ justo despues del 2001; cuando la relacionalidad, las ‘tecnologías de la amistad’ y el sexo se transformaron en un refugio para una juventud cuyo futuro era diezmado por el corralito, la atomización social y las crisis económicas sucesivas. Habiendo nacido en 1975, Mendizabal tenía 26 años en el 2001 y su adolescencia estuvo atravesada por un neoconservadurismo menemista en el que los cuerpos femeninos eran educados por los medios de comunicación para autodisciplinarse (y torturarse) mediante el gimnasio y las cirugías estéticas. Esto seguía los lineamientos de violencia sobre sí mismos que el Destape de la decada anterior había iniciado con el cola less como ‘orgullo nacional’ y las tetas siliconadas. Es interesante que Esteban Tedesco, uno de los coleccionistas de arte de esa generación sea un cirujano plástico. Aquella era una época en la que la violencia se ejercía de otras manera tambien. El humor era violento y, muchas veces, naturalizaba el abuso y la pedofilia con Olmedo y la Bebota de Adriana Brodsky o Francella y el personaje de Flor Peña quien sigue promoviendo ese tipo de autoflagelación como virtud y empoderamiento feminista. Nuestra generación fue una generación a la que se le prometió una libertad que la bipolaridad sexual de nuestros padres nos dio como herencia en forma de trauma pasando de la total represión de cuerpo durante la Dictadura a la obligación (sexologas mediante) de darle a las mujeres cinco orgasmos o cambiar de genero como grito de libertad. Pocos hablan de lo sexualmente hecha mierda que está nuestra generación en materia de goce sexual. Llovido sobre mojado, llegó el #NiUnaMenos y esa bipolaridad hizo que si el humor estaba comprometido, ahora estaría perdido. De pronto, era el imperio de la solemnidad. Hay algo, definitivamente, Schiaffinesco en la decisión de Mendizabal de hacer primeros planos de pubis perfectamente imperfectos y negarse a dar explicaciones: ‘No voy a escribir’, son sus únicas palabras en una serie de fotos refrescantes. J A T

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