María Paula Zacharías no decepciona y fiel al estilo del pasquín en el que escribe (y, obviamente, me refiero a ese house organ de la Mafia del Amor, llamado La Nación) se ve obligada (a falta de otras herramientas intelectuales) a evaluar la meteórica carrera del artista argentino Gabriel Chaile como otro de los casos de emprendedorismo cultural en tiempos de COVID del que ‘se tuvo que quedar afuera’. Según ella, la pandemia ha hecho que este artista tuviera que permanecer en Lisboa para producir sus hornos con caritas y sonrisitas happy-happy. No se le pasa por la cabeza a la Zacharías que éste haya sido un requerimiento de sus galeristas para reducir el costo del transporte de esos hornos happy happy. La cuestión es que Chaile va camino a convertirse en el ‘darling’ (morochito y pseudo-subalterno) del sistema del arte internacional financiado por la industria extractiva que hace que familias como la suya sean cada vez más pobres, se enfermen y mueran. En este caso, el ‘éxito’ es sinónimo de acceso al sistema del arte internacional definido a partir de ese triangulo del aburrimiento acomodaticio formado por Art Basel, Frieze y posiblemente, las instituciones globalizadas del arte.

Podría decirse que lo que le está ocurriendo a Chaile es lo mejor y lo peor que le pudo haber ocurrido. En principio, captó la atención de un operador clave del sistema internacional del arte que le podrá dar la visibilidad necesaria para vivir una vida confortable por un largo rato. Esto seria digno de orgullo si el arte (y, sobretodo, un tipo de arte micropolítico) fuera un emprendimiento individual de ‘sálvese quien pueda’. Sus obras son hornos que, en tanto, instrumentos eminentemente femeninos son apropiados por el machirulo que es (aunque de la raza correcta) para reclamar subalternidad. Lo cierto es que su proyecto artístico ha sido puesto al servicio de las necesidades de instituciones y sistemas (neoliberales) que poco o nada tienen que ver con la situación de aquellos que él cínicamente dice reinvindicar. Es más, como dije antes, su obra se transformará en una excusa para transformar la tragedia en farsa y la teoría crítica (incluso queer) en una cáscara vacía que permite celebrar alegremente el modo en el que estos nuevos ‘primitivos’ suponen (según él) disfrutar de su propia exclusión en manos de las industrias extractivas (que los matan). En lugar de buscar modos de dar cuentas del daño de los cuerpos en manos de esas economías, Chaile se transforma en un bufón o, mejor dicho, en un ‘informante nativo’ que le da al ‘imperio’ la excusa perfecta para poder mirar para otro lado ‘en nombre de la ética’.

Desde ya, María Paula Zacharías ya tiene mi libro para aprender y por esto, no resulta extraño que haya empezado a usar algunos de mis conceptos como, por ejemplo, ‘tecnologías de la amistad’. Ese tipo de ‘tecnología’ no es otra cosa que una manipulación del afecto a partir de la weaponización del horno que, según Chaile, era ‘el motor de nuestra economía. Mi papá era albañil y se podía caer cualquier revoque pero el horno era la arquitectura que había que cuidar’. Este reclamo de subalternidad plantea un nuevo primitivismo colonizante a partir de una noción que ha comenzado a circular por el Norte global y es tan ofensiva como lo era el primitivismo. Me refiero a la idea del ‘buen vivir’. Si antes Latin America era politicamente ‘inestable’, ahora pasa a ser el lugar del ‘buen vivir’. De acuerdo a este criterio, los Latino Americanos somos ‘femeninos’ en tanto ‘histéricos’ (ya que se supone que estamos siempre peleandonos por nada) o ‘vagos’ (a la primera de cambio hacemos un pan y nos vamos a dormir con la panza llena y medio empedorrados con vino barato). Esto se presenta en contraposición a las virtudes del Norte anglo que supone ser conceptual, inteligente, ‘masculino’ y, según Zacharías, única instancia capaz de definir el éxito.

Pero como todo en la vida, este tipo de movidas tienen un costo si el objetivo es entrar a los libros de historia del arte. El problema de ser ‘adoptado’ por Hans Obrist Ulrich es que, desde hace, al menos, una década el subdirector de la Serpentine Gallery se ha vuelto teóricamente irrelevante y este es siempre el caso de la curaduría con pretensiones de status artístico. El otro caso visible es el de Nicholas Bourriaud. Era el año 2010 y la dueña de la prestigiosas galería inglesa Thomas Dane (que, poco tiene que ver con el poco nivel de la galería en la que muestra ahora Chaile) me decía que ya nadie se lo tomaba en serio. Yo venía de ver una muy buena muestra de Lygia Pape en la Serpentine y tomé ese comentario con cierto descreimiento pero, al poco tiempo, Ulrich publicaba su libro naranja que ya era un acto desesperado. Ese libro era un plagio directo del tipo de proyecto de Fluxus y del tipo de obras de George Maciunas y George Brecht en donde Urlich reclamaba el status de artista para todo aquel que lo leyera pero, fundamentalmente, para él. Desde ese momento, lo suyo ya no era serio y la Serpentine viró a la irrelevancia convirtiendose en una atracción turística más; reducida a una suerte de house organ del mundo del arte comercial con cierto reclamo de seriedad (para los sin discernimiento). Esto es precisamente a donde quiere y a decir verdad, puede entrar, con mucho viento de popa, Gabriel Chaile. Como Nicholas Bourriaud, Urlich pertenence a una generación de curadores globalizantes con pretensiones de teorización pero cuyo compromiso de derecha (es decir con la globalización de servicios financieros que les pagan los sueldos) hace que dichas teorizaciones sean imposibles de ser sostenidas en el tiempo. Por esto, tarde o temprano terminan siendo descartados por aquellos que los favorecen y desaparecen de la historia del arte. Vale decir que Bourriaud acaba de ser echado de su cargo de director de museo en Montpellier. No pasa desapercibido el que, en su cándida ambición, Chaile le haya hecho un guiño a la tradición Bourraudiana al organizar sus sopas comunitarias como homenaje al arte relacionar de  Rirkrit Tiravanija quien en Aperto 93 hizo de una suerte de café/olla popular chic una obra de arte.

La diferencia, si se quiere entre Urlich y Bourriaud es que el primero, tras su faux pas Fluxus, no tiene absolutamente nada serio publicado. Esto hizo que su tenure en la Serpentine estuviera orientada a  transformarla en un espacio en el que manifestaciones ya mas o menos consagradas representadas por las galerías comerciales corporativas pudieran exponer en escala pequeña (comparada con la Tate, por ejemplo). Hasta ahí, todo bien. Sin embargo, donde la impronta pseudo-teórica de Urlich pudo verse mejor fue cuando en el pico de auge expansivo del sistema del arte internacional del 2012, se anunciara la apertura del anexo de la Serpentine a unos cien metros de la galería original. Infamemente bautizada como Sackler Gallery, abrió sus puertas con una muestra de nuestro compatriota Adrián Villar Rojas que hizo las veces de fabricante de culpa pequeño-burguesa para un espectador de clase media globalizada en donde el arte de alta visibilidad era transformado en una estrategia de relaciones publicas en el contexto de la responsabilidad social corporativa. Ese fue el momento en el que la derecha internacional avanzaba sobre todo en nombre de la corrección política, la ecología y las buenas costumbres. Mientras la izquierda se pelea y se cancela (y, Ticio Escobar, firma solicitadas contra mí como si yo fuera el verdadero enemigo), la derecha toma el arte como modo de penetrar con las imagenes en la conciencia de la gente. Eso, señores y señoras, se llama propaganda y se hace, en el caso de Chaile, en nombre de los ‘negritos y plebeyos’. Asi Villar Rojas, se convertía en el primer ‘informante nativo’ globalizante de la generación del arte contemporeano argentino. Para el teórico de la poscolonialidad, Gayatri Chakravorty Spivak, el ‘informante nativo’ es aquel ‘nativo’ cuya existencia puesta al servicio del colonizador confirma su ideología y desarma la crítica. Se me ocurren pocos ‘informantes nativos’ más funcionales y alegres por serlo que Gabriel Chaile quien, según anuncia en la nota de Zacharías, ya se ha puesto en contacto con grupos de negros africanos en Portugal como si se tratara de un esquema Ponzi de manipulación racial para transformar la miseria en alegría y evitar que el asistente al cocktail y los coleccionistas del Norte Global se preocupen por los efectos humanos y el daño que ellos mismos infligen en el resto de la humanidad. La Porno Miseria llevada al siguiente nivel.

La narrativa de ‘autosuperación’ y progresivo renunciamiento a los propios valores al servicio de un modelo de éxito impuesto desde afuera es, desde ya, música para los oídos wannabes de un diario como La Nación y de la periodista de modas, María Paula Zacharías, cuyo proyecto, es viajar cómo y cuándo se pueda al exterior como si se tratara de un gatito arañando la puerta. Chaile satisface, como pocos, a estos dos públicos de la derecha más rancia. Hacia adentro como ejemplo de superación. Hacia afuera, como informante nativo. En tal sentido, cada paso que dió en su carrera fue el correcto. Tras mudarse a Buenos Aires estudió en el Programa del Di Tella (donde, como digo en mi libro Historia a Contrapelo del Arte Argentino) les enseñan a no estudiar para sólo hacer lo necesario y decir lo correcto para colocar su obra en el mercado. Luego vino el Museo de Arte Moderno de Noorthoorn para terminar (Oh! sorpresa) en Art Basel de la mano de Barro y desde allí su momento de consagración fue la decoración de la pileta donde brindaban Wally Diamante, Jessica Trosman, Alan Faena y Ximena Caminos. Atención al perfil ideológico de cada uno de sus pasos, siiempre dados desde, por y en favor de lo más superficial de la derecha. Todo esto, en nombre de la morochez de su madre haciendo pan ‘a lo pobre’ en Tucuman mientras las empresas y bancos que financian el extractivismo que causa cancer a sus familiares, vecinos y a los familiares de sus familiares continúan perpetuando su pobreza y la destrucción del medio ambiente. Así estamos. J A T

 

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