Conocí bastante a Mario Meoni en mis años de política en la U.C.R y más específicamente, con Leopoldo Moreau. Era un tipo con mirada clara y con ese sentido del pragmatismo que sólo aquellos que entienden la política en la piel suelen tener. Su muerte en la lluviosa tarde del viernes 24 de abril me movilizó por varias razones. En primer lugar, porque lo conocía y lo apreciaba; en segundo lugar, por la ironía de que un Ministro de Transporte se muriese en un accidente de tránsito y tercero, por la patética obscenidad presidencial de su entierro y, desde ya, por obscenidad me refiero a cómo en la Argentina el Covid dejó al descubierto el hecho de que la clase política es la clase que ostenta los privilegios tanto de la vida (con las vacunas VIP) como de ser llorada (mediante multitudes cuando esa multitud misma por serlo significa la muerte).

 

MI EX SECRETARIO ‘PEPIS’ AL FRENTE CORPULENTO Y SIN BOTAMANGAS

 

Meoni es un producto de esa generación de políticos jóvenes de punteros que tenía que sacar el poder de las manos de la anterior generación, la de la transición democrática. De hecho, durante mi paso por la política, la actividad, en tanto totalidad, se dividía entre ‘técnicos’ (aquellos dedicados a las cuestiones vinculada con la gestión) y los ‘políticos (osea, los punteros). Meoni era un puntero. En 1987 había sido nombrado empleado del Plan Alimentario Nacional por mi querida amiga María del Carman Banzas, el verdadero cerebro detrás de Leopoldo Moreau, hasta su separación. De 1991 a 1995, fue concejal de la UCR en el partido de Junin y hasta el 1999 fue prosecretario del Bloque de Diputados Nacionales de la UCR. Del 1999 al 2003 fue diputado provincial por la UCR en la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires. Ese fue el período en el que lo conocí e interactué con él. Un buen tipo que sabía no levantar demasiado la cabeza y eso lo hizo particularmente inteligente porque a la primera de cambio se le dio vuelta a Moreau (que es, exactamente, lo que tenía que hacer) y cometió el parricidio que debía ser hecho para ser elegido intendente de Junín. Desde allí, todo fue historia ya que su acercamiento a Massa marcó el resto de su carrera hasta el Ministerio de Transporte. Meoni es un ejemplo de carrera en la política sin el más mínimo contacto con el sector privado o con lo que esto significa. Es parte de una Argentina de Estado expandido, sin mercado y altamente corporativa. El modo en el que su cuerpo fue despedido responde a este criterio.

 

EL PRESIDENTE NO RESPETA EL MÁS MÍNIMO PROTOCOLO EN UN MOMENTO EN EL QUE LA CRISIS AMENAZA CON VOLVERSE INCONTROLABLE

 

De entrada su lugar no fue fácil ya que era codiciado ni más ni menos que por Hugo Moyano para poner alguien de su confianza. Su perfil dialoguista lo hizo particularmente apreciado si se tiene en cuenta cuál hubiera sido la otra opción. Ni hablar de que su tarea era precisamente negociar con los gremios del sector y con aquel que directamente lo quería voltear. Tambien se encargaba de atender los reclamos empresarios y la millonaria caja de subsidios, así como la política tarifaria que viene de fuertes aumentos tras la gestión de Macri.

 

VIDAS QUE LLORAN PERO QUE NO PUEDEN SER LLORADAS

 

Su muerte cerca de Carmen de Areco tocó un nervio en un gobierno debilitado por sus propias incapacidades y contradicciones. El abrazo, con barbijo, de Alberto Fernandez a familiares y amigas da cuentas de la irresponsabilidad y el delirio del modo en el que el Covid se maneja en la Argentina. Digo esto porque al comienzo de mi clase online de la semana pasada, una alumna contó su dolorosa experiencia tras que su madre muriera de Covid un par de semanas atrás. Desde el momento que entró al hospital hasta el reconocimiento de su cuerpo, no pudo verla y un par de semanas despues recibió una cajita con las cenizas. Todo se administró a traves de ese sistema porteño (que yo experimenté en carne propia) en el el cadaver es descartado de la manera más rápida posible. Siempre voy a agradecerse a mis amigos Felipe Noble y Jose Huidobro por estar conmigo en fases de esa cadena de descarte en la que tenés que literalmente que aferrarte del cajón para que no se lo lleven. Habiendo ido a sepelios (antes del Covid) en Inglaterra, me sorprendió la diferencia con el caso Argentino. Lo que acá es lento y pausado como para permitir que los familiares puedan hacer la despedida de un modo tal que la ausencia del que acaba de morir no sea una abstraccion devenida en melancolía sino un vacío reconocido e introyectado; en Argentina la experiencia de la muerte es, por un lado, la exaltación maníaca de la muerte y por el otro, algo así como cierto desprecio por la materialidad de lo que otrora estaba vivo y por el dolor de sus familiares. No quiero ni creer lo que debe ser esto en tiempos de Covid en el que la dignidad del muerto ya ni siquiera es concebida como posibilidad al caer dentro de la categoría de ‘salud pública’. Pero lo histérica e irresponsable de la sobreactuación presidencial abrazando y besando, demuestra que hay algunos cuerpos que vale la pena llorar (y muy públicamente) en la Argentina; mientras que los otros (aún los que se contagia en esas ceremonias necrofilas) ni siquiera tienen la dignidad de poder ser despedidos. J A T

 

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