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MI RESEÑA DE SU MUESTRA PORTEÑA

La muestra de Marcos Mangani en Munar es muy interesante a varios niveles. Con el título ‘Todo pasa’, el artista argentino residente en Berlin importa el shibari, el estilo japonés de bondage en el que el nudo se transforma en una forma de arte. En el shibari la atadura es segura, sensual, dramática y erótica ya que el cuerpo, al atar como el monje con sus plegarias, se libera de las ataduras de la mente. Esto de modo alguno es una novedad sino que nos llega mediante un considerable número de fotógrafos, artistas y modelos, que, a veces, trabajan de todo eso al mismo tiempo. En Instagram puede verse el trabajo flexibilizado en el que la vida e incluso los modos de encontrar el placer son transformados por sus orgullosos (y, según ellos, empoderados) practicantes en herramientas de marketing del trabajador flexibilizado de estos tiempos. Esto no es excepcional en Mangani quien, si se quiere, en lugar de darlo por sentado, lo tematiza y hace explicito. Digo que no es excepcional ya que ha habido una creciente tendencia en los últimos años a ver artistas cada vez más lindos, más jovenes e, incluso, como es el caso de Mangani, más sexualizados.

En Argentina, al menos, lo explicito del relacionamiento histérico es evidente en mi encuentro con Alfredo Dufour en el Programa de Artistas del Di Tella. Al verme y sin mediar palabra previa dijo, quiero creer que en forma de chiste: ‘Soy tuyo’. Debo decir a favor mio que en los niveles más obvios de la cadena Darwiniana estoy varios niveles mas arriba por lo que descarté la oferta como un impertinencia. De todos modos me sorprendió ver cómo alguien sin recursos tan obvios para tirarse así, se jugara tanto. Es que en Argentina, tenés que ser de amianto y en el número de pijas chupadas es donde se hace la diferencia, una o dos terminan sirviendo. Esto no es placer sino un trabajo. Pero Dufour estaba probablemente haciendo lo que en el Programa de Artistas del Di Tella se recomienda al artista hacer para acceder al tan ansiado mercado: poner el cuerpo en su proyecto. Muchos que ahora pululan en Instagram, circulan por las inauguraciones haciéndose los que esquivan la camarita de un cada vez más erotizado (y tal vez ya con amante masculino) Bruzzone y a veces incluso se animan a mandarme mensajitos, en realidad son estrategas en un mercado canibal sin posibilidad alguna de agremiación o aguinaldo. Es matar o morir.

Este, para mí es un tema de fundamental importancia en el arte argentino
que desarrollo en mi próximo libro sobre arte y sida en los 80s y los 90s (este no es el que sale en abril por Random House sino el siguiente y que habrá novedades de mucha relevancia para mí en las próximas semanas). Digo que es de fundamental importancia porque los curadores gays que venían a la Argentina (ver Cañechat con Bill Arning) quedaban sorprendidos por cómo los participantes del mundo del arte argentino escondían su rechazo al sexo con charlas intelectualoides. Con esto quiero decir que la espectacularización estetizada del placer sexual no solo debe ser entendida como su consumación sino tambien como su reprimida postergación. En lo personal, podría decir que soy un tipo con dos cambios: o estoy en otra o quiero coger y si quiero coger es muy probable que lo hagamos. Por eso, me caen bien los modos anglo o brasileños en donde la cosa no se sublima en el discurso. Argentina es otra historia y el mundo del arte es aún peor al estar mediado por la subjetividad, la clase, la carera y cierta sordidez que no se ve en otros lugares. Lo recuerdo a Sendrós moviendo la cabecita haciendose el no se qué en Dada y cuando lo invité explicitamente a sentarse en mi mesa, encontró el momento para proclamar su triunfo pírrico que en la Argentina es básicamente ser visto rechazando al otro y dijo: ‘No!’. Lo que quiero decir es que hay algo muy Jane Austin o, tal vez, Manuelita Rosas en esa postergación eterna no penetrativa del ethos artístico gay porteño. Dicho de otro modo, la hipersexualizacion como labor artística adicional que se vive en la actualidad es otro capítulo de algo que desde siempre ha venido ocurriendo pero hoy la predominancia de Instagram acaban tematizandola.

Con esto no quiero decie que Mangani o Dufour tengan un rol parecido a la inocente joven campesina corrompida representada por William Hogarth en sus grabados sino que en personalidades narcisistas de economías precarizadas como la Argentina, la Grinderizacion del trabajo artistico puede aportar un plusvalor Uberizado. Es por eso que en la muestra de Mangani, tenemos una serie de plantas y hojas colgadas bajo la técnia del shibari. La idea es relativamente novedosa. El objeto en sí no está mal porque permirte poner la atención en la forma como fuente del placer, algo que muchos, obviamente asocian al placer estético. El objeto es una excusa para que el artista se embarque en una perfomance de sí en donde toda una serie de paradojas que incluyen términos como dolor y placer, control y libertad son sugeridos por el artista al Juez Bruzzone como si le estuviese pasando la formula secreta de la Coca Cola. Lo que me parece revelador y permite cuestionar al objeto artistico es el look del artista. Petisito, patitas no trabajadas y flaquito vestido con musculosa de red listo para matar. En condiciones reales, uno no daría un peso. Vestido con la parafernalia latex es uno mas en un oceano de gente similar a él en del universo del goce como regodeo de la expresión de una subjetividad que siempre tiene que ponerse en exhibición (porque así lo demanda el mercado). En otras palabras, eso no es diferencia sino uniformidad. Y algo de esto, al menos inconscientemente, entiende Mangani al agregar un cartel de avioneta con la frase ‘Todo pasa’. Sin embargo, el dictum estoico de la virtud en la resistencia en Mangani es convertido en apatía e imposibilidad de construcción de significado. Para él, todo pasa porque nada ya significa, realmente, nada. El dolor y el placer aparecen como ejercicios en sesiones cuyo precio es calculado como con la bajada y la subida de la banderita en un taxi. Si hay algo desafortunado en esa fría muestra en la que el goce real es erradicado, es esa afirmación. Viniendo de Alemania, el debería saberlo mejor que nosotros pero no le importa porque todo ocurre al nivel de la piel y se borra inmediatamente después.

Como ven me está costando ver el objeto artistico o mejor dicho, entender con qué quiere que me caliente. Cual es la fuente de valor artistico aquí: la naturaleza obscenamente torturada y asesinada sólo a los fines del perverso placer estético del hombre que, no obstante ello, presenta el caso como un acto de amor por el prójimo en clave oriental o es la obra la performance de la exteriorización de un placer sexual que no es tal porque la verdadera libido reside en la carrera y el reconocimiento del artista. En otras palabras, es una alegoría ecologista que esconde una capa más de perversión o es simplemente ‘another day in the office’ para el laburante artistico argentino putificado. J A T