ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE CATU

Donde vivo es como si prácticamente no existiera “una clase media” de la ropa.

Acá conviven los negocios de Valentino y franquicias de Carolina Herrera con ropa tipo (o de) La Salada en la feria municipal de los domingos.

Me resulta algo difícil sentirme “cómoda”, como digna exponente que soy de la clase media.

Hace unas semanas no tuve más remedio que gastar un montón de dinero en calzado para el invierno y fue muy frustrante el resultado (compré un diseño de hace mil años, dudo que la calidad sea buena y no fue que pagué dos mangos).

Y recordé algo que le escribí hace un par de días a un ex en Plaza Italia:

“(…) lo del avión no es como el principio de Paris, Texas
sino más bien largo y tedioso pero vamos con el resumen Lerú:

En agosto de 2008 se me agravó -justificadamente (?)-
el cuadro de aerofobia y decidí no volver a pisar un avión.
Como a los 20, sigo fantaseando con subirme
a buques cargueros (nada de costa cruceros),
pero no es tan tan fácil la cosa. Ni la costa.

Siento que lo del perfume y las nuevas depilaciones
-y las no depilaciones-, nos dejan a medio paso
de un protagónico en la remake de Las ballenas de agosto.

Y a propósito de CABA, supongo que es mejor callar
cuando uno no tiene nada bonito que decir.

A lo sumo diré que mi experiencia patagónica resultó
un punto de inflexión y no retorno (?)
en mi perspectiva de los porteños y su forma de vida.

Igual, le confieso que vi una callecita de Madriz
adivinándose en un video de ayer de la inauguración
de una muestra de Calamaro, y tuve como un instante
de añoranza de mis días en Santiago. Y de la ropa elegante.

Por lo demás, no soporto la neurosis ni la alienación
porteña, pero sin olvidar jamás que soy orgullosa
hija de esa sociedad (y acá aún se nota
y en el sur también se notaba).

Me acuerdo de una de mis primeras tardes de verano,
saliendo con un vestido tipo Rapsodia a pastorear
por la estepa. Meses estuve para sacarle los abrojos.
(Obviamente que había sido advertida)

O sacándome los dos pares de media
en el cruce del desierto, para pintarme las uñas
de un color otoñal divino.

Acá es un tema andar con el pelo turquesa,
o andar en bici siempre en ojotas, con las patas al aire
porque detesto las medias, y también las zapatillas
(no tengo directamente).
O andar en bici en vestido y de sandalias,
pero ya no me molesto
(ni en intentar cambiar ni en pensar en el posible juicio ajeno).
Me amparo en que soy porteña y tengo derecho
a conservar mi neurosis saludable.

Después llego a BA y resulta que hay gente
que no me reconoce como NYC en el centro.

Unos problemas me hago…

Día tan radiante que debe de hacer tres grados, bo.

Me dispongo a sacarme el traje de suricata y a salir a pavear”.

 

 

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