ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE GEFGS

En los últimos días se viralizó un video que muestra a Hernán Coronel, el cantante de Mala Fama, con su nieta sentada sobre su falda y su mano debajo de la remera de la niña. En pocos minutos, las acusaciones de abuso y sometimiento por parte de Hernán hacia su descendiente, colmaron las redes sociales. Quienes acusan desconocen la historia de esa niña, el vínculo con su abuelo y mucho menos saben qué piensa y siente ella al respecto. Nosotrxs tampoco lo sabemos y por eso no se trata de declarar la inocencia o culpabilidad de nadie, sino de ser más cuidadosxs con las conclusiones a las que llegamos.

Como feministas nos sentimos parte no solo de nuestros éxitos, sino también de nuestros fracasos. Acusar a una persona de ser perpetradora de abuso sexual a partir de un video de 2 segundos, sin otra “prueba” que el “asco” que nos provoca o las “alarmas” que nos prende y pedir cárcel o cancelación (con la misma intensidad) a los gritos por twitter, no puede ser sino un amargo fracaso. Y una irresponsabilidad muy grande, sobre todo porque la contracara de la acusación es la difusión masiva de la imagen de una niña que es presentada como niña abusada.

Ha sido nuestro mérito como feministas mostrar que el espacio doméstico y familiar fue históricamente un espacio de reproducción de relaciones de poder generizadas, muchas veces peligroso y violento. También, dar cuenta que la familia en tanto institución estuvo largamente al servicio de la reproducción de la sexualidad “sana y responsable”, léase, heterosexual y reproductiva. Y hemos reivindicado entonces nuestro derecho al placer, a una sexualidad libre del mandato reproductivo y de la heterosexualidad obligatoria, y a una vida sin violencias. Hemos dejado bien en claro que NO es NO y que sobre nuestros cuerpos decidimos nosotrxs.

Hemos logrado tirar abajo un paradigma que descreía sistemáticamente de nuestras denuncias o nos tildaba de exageradas cuando denunciábamos violencias, o incluso nos caracterizaba como mujeres peligrosas o desviadas, cuando nos apartábamos de los mandatos reproductivos. Pero pasar de esos logros a realizar la ecuación simplista que lee abuso en todos lados, es un resbalón muy abrupto que cristaliza sentidos moralizantes y punitivos.

Desde el feminismo negro demostramos con fuerza las relaciones entre las acusaciones racistas y la instalación de un clima de pánico sexual. Como feministas LGBTIQ+ también demostramos que la creencia en una sexualidad peligrosa sustenta desigualdades sociales e injusticias eróticas. Ambas experiencias históricas nos permitieron repensar cómo diferentes grupos sociales en determinados contextos intentan instalar un ideal de normalidad y de patología, al servicio de valores tradicionales que producen las mismas desigualdades contra las que luchamos como feministas. ¿Cómo recuperar esas luchas y experiencias para pensar un presente feminista en Argentina?

Pensamos que es de suma importancia poner a discusión estas cuestiones. Es importante repensar la forma en que les adultes nos relacionamos con les niñes y poner en primer plano los límites del contacto físico cuando este supone una disponibilidad absoluta y un acceso irrestricto. Pero prender alertas y trazar límites no puede hacerse a costa de producir lecturas totalizantes y simplistas, donde una mano en contacto con un torso infantil puede ser leida sin más como un abuso o una violación, y de linchar a alguien públicamente y exponer a una menor a quien se convierte, sin siquiera escuchar lo que pudiera tener para decir sobre la relación con su abuelo, en una niña abusada.

Pareciera como si la visibilización de la violencia de género como un problema estructural, histórico y con una direccionalidad específica, ha tenido como “efectos no deseados” la entronización de la lengua simple y contundente del derecho penal, de su matriz interpretativa de víctimas y victimarios. También la consolidación de una perspectiva anclada en la biología, donde todo sujeto que no tenga vulva es un potencial agresor y, atado a esto, la sospecha del cuerpo y la sexualidad como sucias y peligrosas. Y si bien nos encanta hablar de interseccionalidad, en el banquillo de los acusados están casi siempre los mismos: villeros, racializados, pobres.

¿Cómo desmontamos este pánico sexual y esta sed de punitivismo, siempre selectivo, que reproduce la sociedad de control y el puritanismo contra el cual solimos batallar? ¿Cómo libramos otras batallas donde la lucha contra las opresiones de género y sexualidad, contra los abusos y las violencias, no haga crecer el paradigma de la victimización que tan pobre es para pensar procesos y relaciones sociales?

Queremos unas discusiones feministas por fuera de los linchamientos públicos y de la clausura de las preguntas sobre nuestro accionar político y sus efectos.

 

 

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES LANATA REFIRIENDOSE AL DESPECHO DE Andrea Giunta CANCELANDOME POR CRITICAR SU FEMINISMO PRIMATE

Y, FINALMENTE, ASÍ PRESENTO LA SEGUNDA EDICIÓN DE MI LIBRO

 

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