ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE CLAUDIA PEIRÓ

“La revista Journal of Controvesial Ideas-de la cual soy coeditor- surgió en respuesta a los límites cada vez mayores, incluso en las democracias liberales, que se imponen a las discusiones para considerarlas aceptables”, dice Peter Singer en su convocatoria a colegas a eludir las “cancelaciones” tan de moda en estos días firmando con un seudónimo.

Su publicación, recién creada, se llama Journal of Controversial Ideas (algo así como Diario de Ideas Polémicas), y en su 2a edición, Singer expone sus motivaciones para fundar esta revista. Su objetivo, explica, es “brindar un foro donde los autores pueden, si lo desean, usar un seudónimo para evitar maltratos” o “perjudicar irrevocablemente sus carreras”.

Lo llamativo es que la censura que Peter Singer denuncia en su escrito no viene de los sectores tradicionalmente asociados a ese tipo de ataques a la libertad de expresión, sino de la izquierda.

El propio filósofo muestra su extrañeza: “Hubo una época en que las amenazas a la libertad académica en los países democráticos provenían principalmente de la derecha”. Y cita un ejemplo de principios del siglo pasado, de un profesor excluido del consejo de administración de una universidad por su activismo social.

Luego recuerda los años del macartismo, a mediados del siglo XX, cuando “mucha gente fue puesta en listas negras o despedida por apoyar ideas de izquierda”.

E incluso una censura personal que sufrió cuando, en 1999, al llegar a Princeton, Steve Forbes, precandidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, pidió que se le rescindiera el contrato porque no le gustaba su crítica “a la doctrina tradicional de la sacralidad de la vida humana”.

“Actualmente, sin embargo, la mayor oposición a la libertad de pensamiento y discusión proviene de la izquierda”, advierte Peter Singer que, vale reiterar, está enrolado en el progresismo.

Usa como ejemplo un artículo de Rebecca Tuvel, publicado en Hypatia, una revista de filosofía feminista, que preguntaba “por qué quienes apoyan decididamente el derecho a elegir el propio género niegan el derecho similar a elegir la propia raza”. “Más de 800 personas —en su mayoría, académicos— firmaron una carta exigiendo que Hypatia retirara el artículo. También hubo quienes pidieron que Tuvel, una joven académica sin puesto permanente, fuera despedida”, cuenta Singer.

Una de las firmantes de la petición contra Tuvel, Shannon Winnubst, filósofa feminista, fundamentó su pedido de censura en “el daño que este tipo de estudios causa a los grupos marginados, especialmente los académicos negros y trans”. “Winnubst no intenta refutar el argumento de Tuvel, solo busca demostrar que puede ser perjudicial para algunos (aunque sin especificar la naturaleza ni la gravedad del daño)”, acota Singer. Destaca así una de las características de este tipo de censuras, bien llamadas cancelaciones, pues apuntan a silenciar la palabra e incluso excluir a la persona, sin debatir sus argumentos.

“Cuesta imaginar un contraste más claro con la defensa clásica de la libertad del pensamiento y la discusión que planteó John Stuart Mill en Sobre la libertad. Mill tiene en cuenta que permitir la libertad de expresión puede causar ofensas. ‘Pero no hay paridad alguna’, responde ‘entre el sentimiento de una persona hacia su propia opinión y el de otra que se sienta ofendida de que tal opinión sea profesada; como tampoco la hay entre el deseo de un ladrón de poseer una bolsa y el deseo que su poseedor legítimo tiene de guardarla´”.

Y sigue diciendo Peter Singer: “Aceptemos o no el paralelo que plantea Mill, como mínimo no resulta obvio que, porque una opinión pueda ofender a algunos, sea ese un motivo suficiente para suprimirla. Considerar seriamente esa postura limitaría de manera drástica el alcance de la libertad de expresión en una amplia gama de cuestiones éticas, políticas y religiosas”.

Luego explica Singer que su revista evalúa si las ideas presentadas en los artículos tienen “la solidez de la evidencia o el rigor del argumento”. “Solo las presentaciones que argumenten adecuadamente la justificación de sus conclusiones serán aceptadas”, aclara. Otro criterio usado es que los artículos “sólo deben criticar ideas y argumentos, no a las personas que los proponen”.

Introduce entonces el elemento novedoso, impuesto por esta tendencia creciente a la censura de ideas y opiniones en nombre de la sensibilidad de colectivos o personas, un criterio altamente subjetivo. “Lo que distingue a la Journal of Controversial Ideas -explica- es la opción que tienen los autores de usar un seudónimo para protegerse de los distintos tipos de intimidación que podrían preocuparlos si proponen ideas controvertidas. Si, más adelante, desean ser reconocidos como autores de sus artículos, es posible confirmar sus identidades. Tres de los diez artículos del primer número fueron publicados con seudónimos”.

“Los editores se comprometieron a no doblegarse ante la presión pública para retirar un artículo, a menos que se demuestre que contiene datos falsos o plagio”, advierte Singer, conocedor del modus operandi de estos grupos.

Habitualmente la protección a la libertad de pensamiento es más necesaria en regímenes autoritarios -dice Singer y cita China, Rusia, Turquía, Irán y Birmania, tras el golpe de Estado-, países donde “los obstáculos a la libertad de pensamiento” pueden tener “un costo aun mayor”, que llega hasta la prisión, las desapariciones y los asesinatos.

En consecuencia, Singer cierra su editorial con una convocatoria a quienes sufren ese tipo de persecución pero también a aquellos “cuyas carreras pueden verse perjudicadas si publican ideas en su nombre”, algo que se ha vuelto moneda corriente en países que no son dictaduras pero sí padecen la tiranía de minorías vociferantes que, en vez de debatir, llaman al boicot de todo aquello que no les gusta con el argumento de sentirse ofendidos. Un boicot que hacen extensivo a la persona que expresa esas ideas.

“Invitamos a quienes corren el riesgo de ser encarcelados, amenazados, hostigados o intimidados, o cuyas carreras pueden verse perjudicadas si publican ideas en su nombre, a que nos las envíen con un seudónimo -escribe Peter Singer-. Las ideas bien argumentadas se sostienen y pueden ser juzgadas por sí mismas, sin necesidad del verdadero nombre del autor”.

Peter Singer es australiano, profesor de derecho y de filosofía. Su área de estudio es la bioética y entre otras cosas es promotor del veganismo y un exponente del anti-especismo, es decir la idea de que ningún ser vivo debe imponerse sobre otros. Sostiene que los intereses de todos los individuos, humanos o no, capaces de disfrutar o de sufrir, pueden ser considerados a la vez, y compatibilizados; por lo tanto promueve que se deje de explotar a los animales y en especial de usarlos como alimento.

Este perfil vuelve más llamativa la advertencia de Singer sobre la intolerancia de izquierda y constituye un llamado de alerta autorizado, a la vez que habla de su generosidad al abrir las páginas de su Revista como refugio a quienes de otro modo podrían caer en la autocensura, con el fin de evitar ver comprometida su tranquilidad e incluso sus carreras, frente al avance de un progresismo que, con la excusa de estar actuando en nombre de minorías ofendidas, busca acallar toda opinión divergente, llevándose por delante la libertad de expresión, una de las más elementales garantías individuales.

 

 

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