ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE SABATEZ

A Latinoamérica y al mundo occidental le llegaron dos oleadas de K-pop. Ésta es la segunda. La primera vino en los fichines: ¿se acuerdan del Pump It Up, la plataforma de baile en la que pisabas flechitas siguiendo una canción? Bueno, es de origen surcoreano y todas las bandas son surcoreandas.

De hecho, Andamiro, la empresa que creó y sigue desarrollando el juego/franquicia, armó su propia banda, BanYa, que además de composiciones propias ha hecho versiones bailables de piezas de Beethoven, Vivaldi y canciones pop-occidentales clásicas.

En los últimos 10 años empezaron a dividir la enorme lista de canciones que cada Pump It Up posee en tres categorías: BanYa, Pop y K-pop, donde se hace una selección de piezas ya conocidas por quienes frecuentaban el juego, y nuevas canciones como parte de una exportación de música surcoreana hacia todo el mundo.

Por eso, la de los últimos años es una “segunda ola”. El K-pop ya había llegado y, del mismo modo que ahora, por un canal no-hegemónico, muy concreto, incluso hasta sectario, que fue el del fichín bailable.

Esta segunda ola halló nicho en la tribu otaku y en millones de jóvenes que se interesan en la cultura oriental de exportación. Lo que desconozco es qué relevancia tienen estxs músicxs en su país de origen. Capaz ni bola les dan, pero acá hay un fenómeno fuerte.

 

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