En estos últimos días la artista Fátima Pecci Carou se vio envuelta en una polémica en redes sociales, tras ser acusada de plagio por algunas de sus obras. Este tipo de acusaciones de plagio no son nuevas y hasta componen un apartado de mi blog que desde el 2012 han venido demostrando repetidamente cómo cierto privilegio blanco monopolizador tanto por derecho de sangre como de género ha capturado el mercado interno, en este caso el de la legitimación de ese mercado, para poder imponer a un consumidor argentino empobrecido víctima de un mercado interno alta y oligárquicamente controlado. Este ha sido el punto de vista de algunos YouTubers (como tipitoenojado) y de Juan Batalla de Infobae, por ejemplo, que no hicieron otra cosa que colocar a Fátima en un continuum que va de ella misma a Maria Cher como plagiadoras; al tiempo, que pusieron el énfasis en la calidad de la obra de arte; como si de eso supieran. Como podemos María Cher y Fátima Pecci Carou son las dos caras sociales de la misma práctica kirchnerista de simulación rapiñera del mercado neoliberal con mucha menos creatividad.

Lo interestante del caso es que Pecci Carou (ya una señora de 37 años que imposta su anti-academicismo) es integrante del colectivo feminista ‘Nosotras Proponemos’ lo que le da un segundo nivel de privilegio blanco que no solo cuenta con la capacidad de copiar impunemente por el simple hecho de poder hacerlo (ya que la manada la protege) sino que la copia en sí misma es estética e ideológicamente elogiada a partir de un doble criterio. El primero es el que dice que la copia es positiva de por sí. La idea de ‘commons’ derivada de las teorizaciones de las feminista Sivia Federici y es usada por esta jóvenes ya no como en Federici para ayudar a las madres víctimas del abuso de los hombres de sus comunidades y de las olas de desplazamiento social del sistema neoliberal Norte-Sur sino que es usada para inyectar cierto criterio de politicidad en el acto mismo del hurto transformandolo en algo estético. Como si el hecho de robar la propiedad intelectual fuera un elemento más de esa Robin-Hooneada que le da otra patina de artisticidad a la obra, la noción del ‘common’s’ derivada de Silvia Federici es usada para estas jovenes para hacer lo que quieran del trabajo de los otros transformando solidaridad en libre-empresa y por otro lado la calidad de la copia, siempre mala, es protegida por el criterio esgrimido por Andrea Giunta propio del feminismo de la segunda ola, según el cual la calidad no importa ya que sólo es un ideologema, sólo impulsado por el heteropatriarcado para expulsar a la obra de las mujeres como de ‘menor calidad’ por no poder acceder a la instancias de educación artística. Esto era pertinente para la década del sesenta pero no para la actualidad en donde la mayoría en dichas instituciones son mujeres. En sintesis: robar es una estrategia conceptual estética oportunista que si viene acompañada por una baja calidad de obra adquiere el rótulo de ‘objeto de resistencia feminista’ (conceptual).  Qué decir si la figura es una guerrera ninja o no se qué cosa de esas que hace Carou donde todo se vuelve más literal.

 

Es en este sentido en el que ni la prensa ni Infobae ni los Youtubers dieron en la tecla al acusarla de recibir dinero publico ni siquiera de ser parte de esquemas estatales de fomento del arte feminista, incluso del arte copiado feminista; ya que es esa precisamente la política cultural de este gobierno o sea la puesta de recursos públicos a empleados publicos para fortalecer un sistema de legitimación en el que un grupo, en este caso ‘nosotras proponemos’ monopolizan el dictamen de los aspectos estéticos de las politicas de identidad del modo más fachista posible. Lejos de hacer las cosas mal, en términos de politica cultural kircherista Pecci Carou y Eva Grinstein están haciendo las cosas más que bien si la idea es la de impulsar un tipo de politica que ponga la perdida de la calidad (Pecci Carou) o de la verdad (Feda Baeza) al servicio de la cultura. Es esa la cultura oficial actual. Aquellos que crean que lo de Carou es una excepción se equivocan. Es la nueva norma. La mediocridad como ley so pena de castigo. J A T

 

 

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