ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE ‘DECIR Y ESCRIBIR’

Raffaella, per sempre…

¿Cómo es eso de que Raffaella Carrá ha muerto? Imposible. Si fue regando su camino con los párrafos de su vademécum personal para ser libres; desde aquellos tiempos en que pocos, o ninguno, se atrevían. Fue entregando prospectos, casa por casa y desde una pantalla televisiva que comenzaba a ser en colores, para acabar con todos los tabúes; impuestos o autoimpuestos a la clase media, de aquí de allí, o por donde su aura estelar fuese arrasando a su paso, como lo que era: un huracán de liberación del cuerpo, pero principalmente, de la mente.

Raffaella Carrá, sinónimo de alegría, inteligencia en dosis apropiadas, animadora de esa fiesta permanente que debería ser la vida, comprometida con sus congéneres (principalmente con los más necesitados), como lo fue demostrando con creces en varias de sus emisiones, o adoptando varios niños a la distancia; impulsora sin aspavientos de la igualdad de género, hasta convertirse en una referencia de la comunidad LGBTI, esta mujer, nacida en el año de Mick Jagger (1943), fue marcando caminos, cuando más se la necesitaba. Y si no que lo digan los españoles, que la aman como propia; o  los argentinos, a los que supo cautivar como pocas en tiempos violentos.

Ella, su escultural figura, su carisma a prueba de balas, su sagacidad y su inteligencia desembarcaron en España allá en los estertores del franquismo y los inicios de la transición. En el momento justo en que una sociedad necesitaba romper con la estructura represiva y las ataduras morales de aquellos eternos 40 años. En Buenos Aires desembarcó en el 78, con la daga de la censura en su cuello. Aquella canción “Para hacer bien el amor…”, tuvo que transformarla en “Para enamorarse bien…”. Poco importaban las disposiciones dictatoriales. Reventó el Luna Park en su primera presentación y de inmediato conquistó a todos. Logró sacar al público de esa celda de clausura en la que estaba convertido el país, aplicando la misma fórmula con la que venía limpiando la rémora franquista en sus años en España, a la que siempre volvió para dejar caer esa catarata de humor y talento desmesurado.

…Fue recién en los 70 cuando plasmó su primer éxito; el «Tuca Tuca». Nunca se sabrá si el suceso del tema lo provocó la canción en sí, o el escándalo que generó el propio Papa Pablo VI, cuando Rafaella presentó el tema en su programa Canzonissima 73, con el «tortellino» (Ombligo)  al aire. Allí, comenzó su verdadera gesta en este mundo.

Antes de la cantante y la presentadora sin parangón, hubo una niña actriz (en Tormenta del pasado [1952]), que despuntó una carrera que continuaría de la mano de Mario Monicelli en La lunga notte del 1943 (“La larga noche del 1943” [1960]) y I Compagni (“Los compañeros” [1963]) y se proyectó en Francia, donde trabajó junto a Michel Piccolli; o en Hollywood, al lado de Frank Sinatra y Trevor Hodward, entre otros.

No toleró el ritmo de vida en Los Ángeles. Regresó a Italia y fue recién en los 70 cuando plasmó su primer éxito; el Tuca Tuca. Nunca se sabrá si el suceso del tema lo provocó la canción en sí, o el escándalo que generó el propio papa Pablo VI, cuando Rafaella presentó el tema en su programa Canzonissima 73, con el «tortellino» (Ombligo)  al aire. Allí, comenzó su verdadera gesta en este mundo.

No sólo fue una pionera en eso de enfrentarse con el Vaticano, aunque no dejó de elogiar en estos últimos años al papa Francisco “y su lucha por la pobreza”, sino también en poner a disposición las letras, pasatistas casi siempre, al servicio de la liberación sexual (“Sin amantes, ¿quién se pueda consolar?”), y el homosexualismo como en el tema “Lucas”. No en vano, hoy es homenajeada por la comunidad LGTBI de toda Europa, que en su momento, la ungieron en su «Regina» (Reina).

Su impronta y sus habilidades comunicativas, ayudaron a que pocos prestaran atención a sus posiciones políticas. Siempre parada a la izquierda, nunca estuvo afiliada a partido alguno, pero fue votante permanente del Partido Comunista y sus derivados, como del Partido Democrático o de los Demócratas de Izquierda.

Su «Pronto, Raffaella», en 1983, no sólo fue un rotundo éxito en la RAI, sino que terminó “inspirando” al de Susana Giménez, en ese paraíso del copy-paste, llamado Argentina. No se trató de una franquicia, sino que fue ella, en persona, la que dio la autorización para realizarlo sin cobrar un centavo por los derechos.

Todos recuerdan por estas horas, cuando rompió las reglas del programa esperando a que un jubilado —que necesitaba el dinero del premio tanto como el aire— respondiera más de una vez hasta acertar la respuesta.

Esa es la Carrá. El don de gente en estado puro. Una artista irrepetible, de esas que penetra en el corazón de las masas para quedarse a vivir a su resguardo. A donde sólo entran los elegidos; los que fueron aprovechando su popularidad para marcar a fuego sólo buenos momentos, y ayudar a ejercitar la sesera a la hora de la “diversión”. Ese término que hoy se traduce desde los medios, o bien en un “regetón eterno o en un compendio de chabacanerías.

Es por eso que desde aquí instamos a todos los medios del mundo que han publicado la noticia de su deceso, a que se retracten. Un error lo comete cualquiera. Un ser como la Carrá — bien podría ser un personaje extraviado de José Saramago—, no se va de este mundo, así por que sí. Y mucho más cuando dedicó buena parte de su vida a formar militantes de lo imposible: ser felices, aún en los peores momentos… Y todos ellos, los que desde ayer, la mantienen viva…

 

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