Hubo un tema que dejé pendiente en mi reseña de la muestra de dibujos de Cezanne y es el que se da de frente con la proclama de Andrea Giunta de haber, con su curaduría, coadyuvado a redefinir el lugar del arte en estos momentos de cambio Covidiano. Si bien es cierto que vivimos en tiempos en los que las artes visuales están sufriendo una transformación dramática en el modo en el que miramos, apreciamos e incluso discutimos y hablamos de arte; reducir estos cambios al Covid y al cambio de modos de acceso a los lugares tradicionales de mostración de arte (como parece hacer Giunta) mediante nuevas plataformas y protocolos parecería no ser suficiente.

 

Si tengo que indicar el cambio más grande que ha ocurrido en los últimos años es que la curaduría ha impuesto al ‘tema’ de la muestra como criterio excluyente poniendo en peligro la unicidad de la forma y la estética en tanto criterios definitorios en el arte. Es como si uno fuera a una muestra a ver una serie de ilustraciones de un tema (generalmente, etico o politico) y no a ver el modo en el que esas ‘ilustraciones’ han sido hechas. Es como si uno fuera a chequear que lo que uno ya sabe está siendo contemplado en lugar de quedarse rumiando frente a la obra para dejarse llevar por ella. Es más, algunas de las teorías que sostienen esos ‘temas’ han transformado, incluso, a la calidad estética en una mala palabra y en esto Andrea Giunta ha sido explícita. El problema es que si bien esto, en el contexto de invisibilización de ciertas minorías puede haber sido no solo atinado sino necesario; el problema aparece cuando se lo transforma en el leitmotiv del arte: la calidad como enemigo. El problema es el de transformar el tema curatorial en el criterio por el cual se evalua la vida entera de ese artista (que, obviamente, vivió en otro contexto histórico en el que se imponían una serie, tal vez totalmente, diferente de valores) y se llega a la conclusión de que ese artista es una buena o mala persona y a partir de esa conclusion procede a evaluarse no sólo ética sino ‘cualitativamente’ su obra. Este tipo de nudo es el que ahora debemos desanudar. En la Argentina esto va a tomar mucho tiempo porque el Albertismo ha transformado a las politicas de identidad en politica cultural por lo que no se financia ningun tipo de arte que no afirme (como en un circulo vicioso) los temas aprobados como relevantes desde las altas esferas del Estado. De todos modos, sería un error pensar que este es un problema argentino sino del arte contemporaneo, en general, que hoy se somete a un tipo de agenda que parece ser mas periodística que artística. Al mismo tiempo, se dejó de prestar atención a las cuestiones formales y estructurales que hace sesenta años parecían ser lo único que importaba porque si en su momento eran relevantes, esto ya no puede seguir así. Puedo entonces afirmar que el modo en el que Giunta & Co. entienden al arte es errado.

 

Sin embargo, tengo que ser especifico para no ser malinterpretado. No estoy militando por una vuelta al formalismo (Greenbergiano) en el que las pinturas eran consideradas a partir de un debate puramente estético como fue el caso de Barnett Newman, Morris Louis, Kenneth Noland y la mar en coche. No estoy pidiendo una vuelta nostálgica a ‘la pintura como pintura’ y ‘el espacio como espacio’. Ese modelo de arte tambien está agotado. Sin embargo, reducir a la forma estética a un instrumento ‘burgués patriarcal’ que sólo sirve para ‘borrar el dolor de grupos humanos’ es un error. Para Giunta & Co. si el sujeto siente ’emoción’ (y no ‘afecto’ como ella se equivoca en decir) ya es suficiente no solo para representarlo y considerarlo como arte sino tambien para eliminar todo otro tipo de arte que no obedezca a ese criterio. Eso es Stalinismo visual.

 

Es en este contexto en el que la obra de Cezanne es un llamado a las armas para recuperar el verdadero valor del arte. Sus dibujos y acuarelas nos obligan a diferenciar entre descripción e inscripción y esta diferencia es clave pero sutil. Cezanne desarma la particularidad de aquella montaña, esta manzana y esa pera y al hacerlo no se pierde especificidad sino facticidad. Poder diferenciar esto es clave: en el arte debe haber una diferencia entre lo factico y lo específico. Cada una de los trazos de Cezanne aunque irregulares y tentativos son definitivos. En sus acuarelas del Mont Sainte-Victoire, la montaña es transformada en algo mas que una montaña. Para él, hay algo ‘sagrado’ allí (no en la montaña sino en la experiencia de la puesta en poesía visual de la montaña) y esto lo obliga a volver una y otra vez pero no como un trauma sino como una confirmación de su propia ‘especificidad’ y…. la de la montaña. Eso hace que la montaña sea algo que como un mito está en permanente estado de mutación. Sus naturalezas muertas son poéticas, casi beatificadas y no llegan a esta calidad por enunciar algun tema externo a ellas sino por su propia ‘especificidad’. Es como si lo finito y lo infinito se juntaran en ese momento en el que el lapiz toca el papel y nada más es necesario. J A T

 

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