ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE MARCELO PACHECO

Vivir la luz misionera como creadora de imágenes alucinatorias, envuelve el mundo de Bony en vectores paradojales, su predilección por la fotografía, marcada, por un lado, por un presupuesto verista, en sus orígenes y luego en los millones de tomas realizadas por los aficionados a partir de los 60 y principios de los 70, y por otro lado, confirmar, al mismo tiempo en sentido y dirección contrarios, la posibilidad de manipular sus resultados alejándose de ese mandato de ser réplica de lo real, retrato fiel de lo que nos rodea, negando la idea de «fotografía correcta» sobre el valor de su máximo acercamiento a la captación de la «verdad».

Esas huellas tomadas por las cámaras que el artista convierte en imágenes alucinatorias diseñan un terreno «imaginante» (Perlongher), un paisaje que al deambular y visitar sus interiores va creando una multiplicidad de otras imágenes. Bony rompe la cerrazón de la fotografía sobre sí misma y su modelo, al abrirla a lo aleatorio y a la visión en mutaciones íntimas de su exhibición de lo captado originalmente por la pupila y por el lente de la cámara. Eróticas, sus fotos de los setenta, son una cartografía deseante, el artista no explora para fijar, para obtener una imagen congelada sino, tal como señala Néstor Perlongher, se dispone a intensificar «los propios flujos de vida en los que se envuelve, creando territorios a medida que se los recorre».

 

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