ESTE TEXTO ES DE ROGER COLOM PARA BIPA

El primer ministerio de cultura fue el que fundó André Malraux para Charles de Gaulle a principios de los 1960, o sea un ministerio de derechas, pero progre, o por lo menos con la puerta abierta al progresismo. Dicho ministerio parecía necesario porque París había dejado de ser la capital cultural de Europa, y por extensión de influencia y prestigio colonial, del resto del mundo. Los franceses perdieron la capitalidad cultural porque perdieron la guerra. Los norteamericanos la ganaron e instalaron la capital cultural del mundo, o al menos de Occidente, en Nueva York. Y lo hicieron sin ministerio de cultura. No lo necesitaban porque tenían un sistema de exenciones impositivas que equivalía a un sistema de mecenazgo, y funcionaba. (No como el de Buenos Aires, que está tan mal administrado que hasta parece corrupto.) No tenían ministerio, pero tenían mecenazgo, y tenían a la CIA, que movía dinero negro con el que se blanqueaban las ideas de críticos e intelectuales, que a su vez promovían el arte que se estaba produciendo en Nueva York. Eso para las élites. Para el populacho, estaba Hollywood.

El ministerio de Malraux, cuya función principal era alegar que la cultura francesa todavía importaba, por supuesto, fracasó. Excepto que sirvió para crear y mantener instituciones artísticas abiertas primordialmente al turismo. Por eso, aunque indigne, abundan los ministerios de cultura y turismo—que antes, la derecha llamaba de información y turismo, o sea de propaganda hacia el exterior. La parte turística del ministerio es la que le da sentido a la parte cultural, y no viceversa. La Mona Lisa no está protegida hasta los dientes porque sea una obra de máxima importancia, sino porque es un imán, un tesoro que atrae tesoro, que la gente paga por ver, y que sigue redituando incluso fuera del Louvre, en los cafés, los restaurantes, los hoteles, y en las tiendas que venden llaveros con miniaturas de la Torre Eiffel y camisetas con reproducciones de la Mona Lisa. La Torre Eiffel cumple la misma función de sacarle guita a los guiris, y por tanto hay que defenderla como obra cumbre de la humanidad entera. Si no se puede ser capital cultural—lo que implica que hay que laburar en el presente, con todas sus incertidumbres y fealdades—se puede ser capital turística, que da más dinero y gusta más a la clase media.

Nueva York ya no es la capital cultural del mundo ni de Occidente. Como mucho, es un lugar para turistas y para que los ricos puedan depositar su dinero negro en deptos de muchos millones con vistas a algo que no sea una pared de ladrillo. Para ser capital cultural hay que cumplir 2 de 3 condiciones:

Tiene que haber dinero negro a espuertas, o algún tipo de mecanismo que permita blanquearlo por medio de la financiación o compra de obras de arte. Y tiene que admitir dinero de los ricos extranjeros, que compran porque creen que así pueden blanquear su extranjería, o de los comerciantes enriquecidos bajo condiciones sospechosas, que creen que financiando la cultura se desvanecerá el tufillo raro que despide su considerable fortuna.
Tiene que haber alquileres baratos, o algún enclave donde los artistas puedan vivir y trabajar por poco dinero. Greenwich Village en Nueva York, Montparnasse o Montmartre en París, la frontera entre los dos Berlines en Berlín. Ese tipo de zonas que ofenden un poco la sensibilidad burguesa e indigestan a la abuela durante los ravioles del domingo, cuando se entera de que la nieta se acaba de levantar porque se pasó la noche entera entre artistas y otra gentuza indeseable en su Montparnasse local.
Tiene que haber drogas, sexo y música atronadora. Esto es para atraer a la gente joven boluda que anda buscando una experiencia espiritual con la que encontrarse a sí misma, en lugar de ponerse a estudiar ingeniería. (El ejemplo perfecto de esta juventud boluda es un servidor, hace 35 años.) Dicha juventud cumple la misma función en las capitales culturales emergentes que el turismo en las capitales culturales devenidas capitales turísticas. (En Berlín, el atractor de este tipo ha sido el tecno, que aporta tanto dinero a la ciudad que las discotecas (o como ahora se llamen) ocupan la misma categoría legal-impositiva-cultural que los teatros de ópera y las salas de conciertos. Ahora son instituciones culturales, y son patrimonio porque aportan patrimonio.)
Londres cumple con las condiciones 1 y 3; Berlín, por ahora, con la 2 y la 3. Buenos Aires no cumple con ninguna. Aquí nos echan migajas, pero no las suficientes como para reconstruir siquiera la idea de un pan. Que nadie sueñe con que un Ministerio de Cultura vaya a venir con alguna capacidad multiplicadora de panes, y mucho menos, de peces. Sólo traerá migajas, mendrugos, y a lo mejor un vasito de agua para que no cueste tanto tragarse la situación.

La función de un ministerio de cultura es administrar la ortodoxia del arte en su esfera de influencia. La experiencia le ha dejado claro al Estado, y a la oligarquía que lo administra, que es mucho mejor financiar lo deseado que censurar lo indeseable. El consenso entre las oligarquías liberales que gobiernan y administran los países occidentales es que la censura es una cosa muy pero que muy fea. Incluso, para demostrar su benevolencia, financian exposiciones, libros y películas que demuestren que las oligarquías previas fueron muy malas porque les gustaba mucho la censura. Pero claro, las actuales practican una censura por debajo del agua, una que se puede excusar alegando que la obra en cuestión no se puede financiar porque no cumple con los requisitos de calidad que la población se merece. Sin embargo, se ven obligadas a financiar obras que son buenas de verdad, además de las que encajan perfectamente en la ortodoxia del momento, porque si no se les vería el plumero enseguida, y todo el castillo de naipes se vendría abajo con solo mirarlo de reojo.

Las clases medias globales acuden en tromba a ver los que los ministerios financian porque han sido entrenadas para apreciarlo e interpretarlo de la manera correcta. Para eso están las universidades, cuya función es generar los cuadros de la próxima generación de administradores del Estado—y de la realidad. (Las peleas que pueda haber entre estas élites—con mucho griterío, ruido de petardos y, según presupuesto, fuegos artificiales—no son más que broncas intestinas entre facciones de una misma oligarquía. Queda feo decirlo, pero la ideología no importa. Importa el poder. La ideología, como mucho, cumple la misma función que el test psicotécnico cuando se pide un permiso de tenencia de armas.)

Malraux fundó el primer ministerio de cultura. Diez años antes, había sido ministro de información, o sea, de propaganda. Mi humilde opinión es que su modelo fue el Ministerio de Propaganda de un tal Goebbels, el último ministerio de cultura del antiguo régimen. Podría decirse que el de Malraux fue un MC 2.0, mientras que el de Goebbels fue algo así como un MC 1.9. El MC 1.0 fue, como todo el mundo sabe, la Iglesia Católica, al menos en Occidente, y duró hasta el primer tercio del siglo XVI. El Renacimiento fue el MC 1.1, y después del Concilio de Trento lo que tenemos es el MC 1.2—de ahí el barroco. Luego, evoluciones posteriores, como las academias del siglo XVIII y los salones del siglo XIX constituyen el MC 1.5 y 1.6, respectivamente, y así hasta llegar al 1.9 de los alemanes, que incluía ya la radio y el cine. España mantuvo el 1.2 hasta diciembre de 1975, con algunas actualizaciones parciales del tipo 1.5—la Real Academia de la Lengua (RAE), por ejemplo. Después, mejoró el sistema operativo a la versión “Democracia”, que ya venía con el MC 2.0 preinstalado.

Viene muy bien tener todo esto en cuenta si uno quiere formar parte de la oligarquía reinante. Si a uno le apetece participar y sentir que su participación, aunque descartable, importa, debe tener en cuenta que la cola de gente que aspira a lo mismo da varias vueltas a varias cuadras.

Un ministerio de cultura no sirve para que haya cultura. París hace décadas que está muerto, pero tienen un excelente ministerio. Para que haya una cultura viva, las condiciones arriba enumeradas son las que hay que cumplir. Si lo que nos interesa y nos mueve es el arte y la cultura, el ministerio debe cumplir una función suplementaria, secundaria, de llenar huecos, y nada más. Lo que sí tiene que ocurrir es que el Estado promueva una serie de condiciones que ayuden en esa dirección. No es por mera casualidad que esas condiciones, además de alimentar la cultura, son las que dan vida a una ciudad, la hacen famosa y elevan su importancia, su influencia y economía.

El gran problema de los ministerios de cultura es que parten de una idea de cómo tienen que ser las cosas, en lugar de partir de la realidad de las cosas. En otras palabras, van de la teoría a la práctica, y no de la práctica a la teoría. La RAE, hasta hace poco mostraba la lengua como debería ser, no como es. En Valencia construyeron un enorme palacio de la ópera, cuando en la ciudad no había la menor necesidad ni demanda, pero sí había muchas otras cosas vivas que se podían haber financiado con ese dinero. O se podrían haber creado las condiciones para que no hiciera falta financiar a los artistas con dinero del Estado, para que pudieran vivir de su trabajo.

Pero lo que más me molesta de este modelo basado en la teoría, es que en la práctica impone un esquema del cual resulta casi imposible desviarse. Las actualizaciones en el MC siempre vienen forzadas por la práctica, mientras que la teoría se dedica a resistirlas lo más posible: para mantener el poder, claro. El MC teórico es el viejo y caduco modelo aplicado por la Iglesia, por las casas reales, las academias y los salones. Todo el arte que interesa parte de la práctica y de sus desviaciones del modelo teórico. Esto lo vemos en el Renacimiento, y luego también en el impresionismo y en buena parte del arte del siglo XX. El del siglo XXI, sin embargo, ha vuelto al dominio de la teoría, impuesta desde arriba por los ministerios, las instituciones y las facultades de lo artístico.

Las desviaciones siempre parten de la práctica, y son esenciales. Sin ellas el arte está, teóricamente, muerto. Las prácticas artísticas más importantes de los últimos 30 ó 40 años empezaron en los márgenes, muy por fuera de lo aprobado por las instituciones—el rap, el tecno (esa conexión Detroit-Berlín, dos ciudades en ruinas, marginales), el graffiti y el nuevo muralismo.

(Para mí, el rap es el último gran movimiento poético del siglo XX, y empezó en las calles, no en los departamentos de creative writing de las universidades. De la práctica a la teoría, y no viceversa.)

(Hace poco, Nueva York instituyó una política de “embellecimiento” de la ciudad, y esto con un alcalde de izquierda, que implicaba borrar los murales que las autoridades encontraran a su paso. Dice mucho que la respuesta a una práctica artística que sigue evadiendo el control institucional-teórico, haya sido cubrir las obras con pintura gris.)

Hay artistas que le encuentran la vuelta al modelo teórico hegemónico, pero suele ser tras muchos años de adaptación a ese ecosistema de aire irrespirable. Las generaciones posteriores ya nacen con los pulmones adaptados a la escasez de oxígeno, y aprenden a hacer lo que les mandan. Como decía Alfonso Guerra, el que se mueve no sale en la foto. El modelo teórico representa no una evolución, un dos punto lo que sea, y menos un tres punto cero, sino una involución a los MC uno punto y pico, pero con mejor márqueting. Es como si volviéramos al siglo XVII.

(Por cierto, los teatros de Madrid estuvieron cerrados durante diez años a principios del XVII. Sólo se hacía teatro en la corte, que ejercía de ministerio de cultura. Se volvieron a abrir con el acuerdo de que las actrices no se vestirían más de hombre ni enseñarían las piernas. Pero lo que se decía, y cómo se decía, seguía muy vigilado. La exuberancia del lenguaje barroco viene, en gran medida, de esta vigilancia, de las presiones de la teoría, y de la auto-censura.)

 

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