ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE MONTSERRAT ALVAREZ DESDE PARAGUAY

Cuba fue para la generación de mis mayores la revolución más hermosa del siglo XX, la posibilidad de un sueño largamente acariciado en una isla que, aunque atenazada por la política exterior de Estados Unidos con su juego sucio de sanciones y bloqueos –que sabía enfrentar con valentía–, demostraba al mundo que romper los férreos límites impuestos por Washington a todo intento de cambio social en Latinoamérica no era imposible. Cuba fue una alegría compartida, un símbolo luminoso, una experiencia de la cual todos los pueblos oprimidos podían aprender grandes lecciones, un ejemplo para todo el continente. Habiendo puesto fin a la tiranía de una dictadura corrupta, Cuba era el amanecer de la libertad, la prueba de que una sociedad más humana era posible, de que las promesas de justicia social no eran tramposas cuando las respaldaba la lucha heroica de los guerrilleros. La revolución cubana no era una vulgar batalla por el poder político, sino la pelea por una vida digna de ser vivida, por una vida con salud, con educación, con arte, con trabajo, por una vida realmente humana, una vida «con todos y por el bien de todos», como hubiera querido José Martí.

«Hay un gobierno de hombres jóvenes y honrados, el país tiene fe en ellos, va a haber unas elecciones», anunció Fidel al entrar en La Habana en el alba de 1959. Pero demasiado pronto las reformas aplicadas a la Constitución cubana de 1940 marcaron el comienzo de un giro hacia la captura personal del Estado. Los destinos ominosos del ostracismo, la cárcel y el paredón comenzaron a alcanzar, tocar y arrebatar a los propios revolucionarios inconformes.

La domesticación prosiguió a lo largo de las décadas con el control de la prensa, la censura de los intelectuales, la «reeducación» de los elementos disidentes y «contrarrevolucionarios» y la vigilancia recíproca de la población a la población. Cuando la ayuda soviética entró en escena para contrarrestar el embargo estadounidense, el viraje hacia el populismo represor quedó completo, con el Ejército y el Partido Comunista finalmente convertidos en instrumentos de la muy personal dictadura de Castro, y con la burguesía restaurada en la propia burocracia castrista, devenida gestora de un capitalismo de Estado.

De ninguna manera puede tolerarse una intervención militar de Estados Unidos en Cuba. Ni en ningún lugar del mundo: basta con ver la historia reciente para oponerse a ello. Pero decir que lo que hoy existe en Cuba es socialismo no le hace ningún favor al socialismo. Y aunque el partido –único– que por mandato constitucional dirige el Estado y la sociedad en Cuba se llame Partido Comunista, tampoco hace honor a su nombre. Por desgracia, no cabe decir que sea ni que haya sido un caso aislado.

Cuestionamientos de este tipo están lejos de ser patrimonio de la derecha; la verdad es exactamente lo contrario. Gracchus Baboeuf señaló como una de las causas fundamentales de la degeneración del proyecto de la Revolución Francesa de 1789 el establecimiento de poderes ilimitados para «defender la revolución». La misma objeción fue planteada por Rosa Luxemburgo a Lenin. Que lo que terminó por imponerse después de la Revolución Rusa de 1917 no fue otra cosa que capitalismo de Estado lo escribió Kropotkin.

Todos estos cuestionamientos se aplican a Cuba. Donde el autoritarismo del régimen es reflejo del capitalismo estatal, porque el poder político descansa en el económico. Donde los medios de producción son propiedad de la burguesía estatal, no de los trabajadores. A quienes los sindicatos, cooptados por el Estado, no representan, sino que, junto con la policía y los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), controlan. Controlan porque la economía capitalista –sea privada o estatal– exige su explotación.

Estas semanas, mientras desde la derecha los oportunistas llevan agua para su molino aprovechando la ola de protestas contra el gobierno cubano que sacudieron las calles de La Habana, San Antonio de los Baños y varias ciudades más con los reclamos de un pueblo harto de hambre, penurias y desempleo, y mientras la «izquierda» burguesa de todas partes del mundo defiende a ese gobierno y su privilegiada burocracia parasitaria, es grato recordar que en la izquierda –sin comillas– existe una tradición crítica –aunque no represente a la «izquierda» oficial y mayoritaria ni sea demasiado conocida– que nunca renunció a pensar en sus propios términos las degeneraciones oligárquicas y capitalistas de los procesos que un día fueron revolucionarios, que se ha enfrentado una y otra vez, sin desviar la mirada, a los despojos de su propia historia, y que a los sueños rotos, a las ilusiones perdidas, a las esperanzas traicionadas, los ha llamado siempre por su nombre. 

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