ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE VEKA DUNKAN PARA NEXOS

El pasado mes de abril, el gobierno alemán anunció la devolución de los llamados “bronces de Benín” a Nigeria. Producidas entre los siglos XVI y XVIII para decorar el palacio del Reino de Benín —en territorio que hoy pertenece a Nigeria—, estas afamadas piezas de arte africano viajaron a Europa durante el siglo XIX tras ser saqueadas por colonialistas de Gran Bretaña. La mayoría fueron a parar al Museo Británico, pero una de las colecciones más completas de estas obras de latón (cuatrocientas, para ser exactos) terminó en el Fórum Humboldt de Berlín y otras fueron desperdigadas entre distintas instituciones alemanas. La noticia de su restitución marca un “hito histórico” en cuanto a la responsabilidad moral de las grandes potencias coloniales de Europa, como lo expresó la ministra de cultura alemana, Monika Grütters, y volvió a incendiar la conversación en torno a la descolonización de sus museos. Al mismo tiempo, en México veíamos, nuevamente, que se llevaban a cabo subastas de antigüedades prehispánicas en Estados Unidos y Francia, organizadas por las casas de subasta más prestigiadas del mundo y en complicidad con los gobiernos de sus respectivos países, que hacían oídos sordos a los reclamos del gobierno de la República o encontraban cualquier excusa posible para no entrometerse. Si bien las historias de saqueo y robo que involucran a la producción artística de países colonizados no siempre tienen un final feliz para los agraviados, lo cierto es que el tema ha cobrado cada vez más importancia en el debate público.

En un año de tanta agitación en torno a nuestro propio pasado colonial —con la remoción del Colón de Reforma, el cambio de nombre de la avenida Puente de Alvarado y la campaña #PoderPrieto en redes sociales—, El Museo Universitario del Chopo organizó una serie de conferencias y mesas virtuales bajo el título Arte, política y contracultura, para fomentar la discusión en torno al quehacer museístico. Una de las charlas más esclarecedoras fue la que entablaron Walter Mignolo, académico y director del Centro de Estudios Globales y Humanidades en la Duke University, y Francisco Carballo, codirector del Centro de Estudios Poscoloniales de la Universidad de Goldsmith en Londres. Bajo el título “El cambio de época y la descolonización de los museos”, los especialistas en estudios poscoloniales problematizaron el museo como un proyecto colonial en sí mismo. A propósito del tema, entablé con ellos lo que Mignolo definió como una metaconversación sobre aquella charla, para puntualizar cómo esto impacta en los museos latinoamericanos.

Para muchos de nosotros, el museo podría parecer a primera vista un espacio neutral, abocado simplemente a la conservación, investigación y divulgación del patrimonio, llámese artístico, histórico, arqueológico, antropológico, etcétera. Son espacios que disfrutamos, de goce estético, de esparcimiento y de reflexión que, además, fomentan nuestra apropiación de eso que vemos montado en muros y vitrinas como un reflejo de quiénes somos. Vistos sólo de esa manera, pensaríamos que su trabajo es un esfuerzo loable que debemos apoyar y defender a toda costa; no se nos ocurriría cuestionar que sean cualquier cosa excepto entidades inocuas. Pero si se le ve de cerca, el museo es la institución que sostiene el orden occidental y, por lo tanto, colonial.

Para Mignolo la pregunta que debemos empezar a plantearnos es qué función han tenido los museos en el patrón colonial de poder. Si rastreamos la historia del museo, su genealogía está en los gabinetes de curiosidades del siglo XVIII, donde se exponían toda clase de objetos y que derivarían en los museos de historia natural, de arte y de etnografía. “Estos últimos se tienen que ver más específicamente con relación a la colonización, cuando los viajeros saquean o compran. De esta manera, los grandes museos de Europa —el Museo Británico, el Louvre, etcétera—, tienen que ver con la expansión colonial, pero también con la fundación de la idea misma de Europa”, asegura Mignolo. Por otro lado, para el argentino, los museos de historia natural “están relacionados con la idea que Europa tiene del Nuevo Mundo, refuerzan esa imagen de un mundo nuevo en relación al viejo”. Es precisamente por esta turbulenta historia que debemos comenzar a cuestionar lo que el museo representa, el cual, siguiendo a Mignolo, es junto con la universidad una de las “dos instituciones seculares que controlan el conocimiento y la sensibilidad; es decir, los museos no solo están relacionados con el saber sino con los valores estéticos”.

¿Qué significa esta historia para el contexto latinoamericano? No es arriesgado afirmar que el museo ha contribuido a perpetuar dinámicas coloniales en nuestras sociedades en la medida en que ha creado un imaginario sobre los territorios colonizados, pero sobre todo porque aún en América Latina opera bajo los mismos códigos que están cimentados en ese orden colonial y occidental que señala Mignolo. Carballo resalta la idea que Mignolo propuso en El Chopo del museo latinoamericano como una sucursal del museo europeo, característica que para él es particularmente significativa en México. “El primer museo de México es de 1790. Se crea en el espíritu de Humboldt; es decir, con la idea de ir a descubrir el continente, pero no necesariamente por un orgullo, sino con la intención de hacer un nuevo catastro del territorio. La segunda etapa del museo es la consolidación del estado nacional. Después del museo de historia natural viene el museo de historia del arte y, en ese sentido, es un museo que trata de enfatizar la modernidad de los países americanos con todos estos pintores que se forman en Europa y regresan a pintar los paisajes locales; ahí es donde empieza a contruirse esta identidad nacional a través del arte. Entonces el museo es como una importación de la modernidad y después es una forma de solidificar el estado nacional”, apunta.

El tercer capítulo de esta historia lo ubica Carballo en las postrimerías del siglo XX y los primeros años del XXI, con la creación del museo neoliberal. México dejó de voltear a ver a Eruopa e hizo de Estados Unidos su modelo a seguir. Comenzaron a proliferar los museos privados, creados a partir de colecciones de empresarios. “Esa también es una sucursal del museo occidental —considera el académico mexicano—  [y], de esta manera, se puede trazar la historia de América Latina a través de sus museos y, en ese sentido, su historia colonial”.

Ilustración: Izak Peón

En el museo se consolida entonces la idea de modernidad, cimiento del colonialismo y la cultura occidental. “El museo ayuda a ver estas etapas históricas que son la calca de la modernidad occidental —considera Carballo— es una de las instituciones más consecuentes con esta idea de copiar la experiencia de la modernidad, traerla a nuestros países. Todo país que se respete debe tener un museo nacional y debe tener una proliferación de museos; cada pueblo chico o ciudad mediana debe tener un museo a escala de la población. Así como hay una carretera o un auditorio, tiene que haber un museo; es una infraestructura absolutamente necesaria para dar la impresión de que hemos alcanzado la modernidad”. Mignolo coincide: “no queremos estar rezagados del progreso y no queremos que nos vean como incivilizados”.

Las propias instituciones que regulan y supervisan el actuar de los museos también, de cierta forma, perpetúan estas dinámicas coloniales. Pensemos, por ejemplo, en la UNESCO o en el ICOMOS. Ambas siguen imponiendo una visión occidentalizada de lo que un museo debe ser o no, y a partir de ésta marcan las pautas para su operación, tema que Carballo señaló en la conferencia. Sin embargo, el hecho de que semejantes discusiones existan, como lo propone el Museo del Chopo, muestra un cambio de época. Para Mignolo, es una realidad contundente: “lo que está pasando ahora es una toma de conciencia de que el museo desnuda su propia colonialidad”, afirma. En ese sentido, así como hay una trampa velada en el actuar de las instituciones internacionales, Carballo añade otra en la que considera que no debemos caer: que sean los europeos quienes ahora nos enseñen cómo descolonizarnos. Aunado a esto, habría que considerar los alcances de sus prácticas en este sentido. Es cierto que los museos de las grandes potencias imperiales de Europa han iniciado ejercicios interesantes de descolonización, precisamente en el tenor de esta toma de conciencia de la que habla Mignolo, sin embargo, hay aún límites. “Esas instituciones tienen apetito de contratar gente que aporte una crítica al museo y la dejan hacerla, pero hasta cierto punto —considera Carballo— [pues] esas estrategias no cuestionan el ente museo, entonces no se cambian en realidad los términos de la conversación en un sentido amplio y, sin embargo, el museo puede vestirse en las túnicas de la pureza descolonial. Ahí hay un problema. Algo se gana, evidentemente. No es que sea una cuestión perdida, pero son esfuerzos algo tímidos. Curiosamente, el problema con ello es que después puede volverse otra forma de imperialismo cultural. Es decir, la modernidad imperial descoloniza y nuestra modernidad periférica aún no entiende que hay que descolonizar y ahí hay un peligro”. “Tenemos que estar insistiendo en la necesidad de cuestionar la institución museo porque si no se convierte en el salvador de los mismos desastres que produjo”, puntualiza Mignolo.

¿Cómo romper entonces con la lógica colonial y occidental de los museos? Para Mignolo, lo que hace falta es sacudir los cimientos de lo que él llama la entidad museo, es decir, la idea misma del museo. Esto no es un tema aislado, sino que se inserta en una conversación mucho más amplia que abarca los cuestionamientos recientes al racismo y a la construcción de una narrativa histórica desde perspectivas colonialistas. En México, el debate sobre los monumentos y las calles que, en esta cuenta regresiva a la conmemoración de los quinientos años de la caída de Tenochtitlan, ha generado una acalorada polémica. “Para mí esto también tiene que ver con esa idea de que debemos dejar las estatuas, el pasado es el pasado, así ocurrió. Tenemos que cuestionar eso, pero tenemos que cuestionar también la historia que construyó ese pasado, eso es fundamental”, opina Mignolo. A propósito de este debate, recordó también la conversación que surgió en Estados Unidos a partir del asesinato de George Floyd: “Cuando la cuestión de las estatuas [confederadas] en Estados Unidos, recuerdo a una periodista afroamericana que decía que tirar abajo las estatuas es cuestionar la historia; es decir, no contar una nueva historia, que es importante, pero cuestionar la historia y cómo se construyó, porque ese es el pasado de acuerdo a cierta narrativa. Recuerdo también a un hombre blanco que decía que está bien tirar las estatuas de los founding fathers, pero ojo: los founding fathers escribieron la constitución”. En el caso de los museos, no sólo se trata de modificar los discursos curatoriales o proponer nuevas narrativas en torno a las colecciones; hay que ir más allá de las cédulas y plantear un verdadero cuestionamiento lo que el museo representa.

Hay caminos posibles para lograr ese cuestionamiento de raíz o, por lo menos, para modificar los términos de la conversación. Carballo ve una salida desde lo que él llama la lógica del parásito: “hay que entrar como parásito, usar el museo y aprovechar algunas de sus facultades. En ese sentido, es importante restituir culturas, lenguajes, conocimientos. En buena medida, la nueva política pasa por la restitución de todo aquello que fue destituido por la colonización y entonces ahí la institución museo funciona bien, precisamente porque es institución, porque tiene el peso simbólico de la institución”. Otra alternativa, desde la perspectiva de Mignolo, es el museo comunitario o ecomuseo, de acuerdo al término propuesto por Hughes de Varine-Bohan, que supone el uso de esa misma institucionalidad por parte de una comunidad a partir de estrategias autogestivas y en una búsqueda de autoconocimiento. Mignolo considera que “son museos de memoria, de constitución de la sensibilidad de gente que sólo iba al museo a ver las grandes obras de los otros”.

Para profundizar en esta problemática, el argentino destaca una cuestión fundamental sobre la función tradicional del museo: “el museo está montado sobre objetos, sobre la sacralización de los objetos y el objeto es básico en la cosmología de occidente”. El museo comunitario, de cierta forma, revierte esa lógica y, por lo tanto, al orden occidental del museo; rompe con las dinámicas colonialistas porque el museo deja de ser el ente que tradicionalmente observa a esas comunidades: “El museo los ha estado usando y ahora la gente empieza a usar al museo. Ya no se trata de traer los objetos de seres extraños y exóticos, sino a las personas, que tienen sus saberes y tienen cosas que decir”. Si bien los museos comunitarios no cuestionan a la institución, tanto Mignolo como Carballo ven en esos esfuerzos una posible alternativa para la descolonización de los museos, pero también para su desoccidentalización. En este sentido, el uso del museo se vuelve muy significativo: “usan el museo para poner sobre la mesa lo que la institución museo, con todas sus regulaciones, criterios estéticos e históricos, dejaba fuera: lo popular, es decir, lo que era significativo para mucha gente. Ahora esa mucha gente tomó sus destinos en sus propias manos y creó museos o hizo intervenciones a los que ya había,” considera Mignolo. Por otro lado, Carballo afirma que el uso del museo desde una perspectiva descolonial es importante “a sabiendas de las limitaciones —muy grandes— que tiene. Al final de cuentas, el trabajo fuerte es cómo podemos cambiar la conversación y quizás, si es necesario pensarlo, salir del museo y dejarlo atrás. No es una conversación para hoy, pero es algo que quizás hacia el futuro debemos tomar en cuenta”.

Los museos cumplen un rol de primera importancia en la conformación de nuestro imaginario y, por lo tanto, tienen una responsabilidad moral que atender. Esa función social los obliga a cuestionar su impacto en la consolidación y continuación de sistemas coloniales y racistas en nuestras sociedades. En ese sentido, explicar el origen colonial de una pieza o restituir obras de arte saqueadas en contextos de colonialismo tiene gran valor simbólico, pero no podemos aceptarlo como única alternativa. No se trata de sólo cambiar los contenidos, sino la institución. Como concluye Mignolo, “no podemos perder el horizonte de constantemente cuestionar los términos y poner nuevos, crear nuevas conversaciones, como estamos haciendo ahora. Lo que estamos cuestionando es la idea de museo o la entidad museo y cómo usarla. Esto ya está en marcha y va a crear conflictos, pero es inevitable; es decir, los privilegios no se pueden mantener para siempre, no son eternos, no fueron dictaminados por el Señor”.

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