Una vez más Victoria Noorthoorn pone su marca de gestión con lo que podriamos llamar un acto de populismo cultural que, a esta altura, es la marca distintiva del gobierno del PRO en esa materia. Si el Kirchnerismo gris de Alberto Fernandez abrazó las políticas de identidad transformando la visibilidad del daño en un acto banal de pertenencia a un grupo dominante, Larreta se embanderó en la transformación no mediada del alto arte en algo retóricamente ‘vulgar’. Esto, desde ya, presentandolo como que ser popular o ‘nivelar para abajo’ es un derecho. En el centro de esto, esta la llegada de la cumbia y los Pimpinela al Teatro Colón. La ‘consagración’ prematura de Washington Cucurto en las paredes del Museo de Arte Moderno va en la misma dirección y debe ser colocada en el mismo contexto pero con un atrasado de, por lo menos, diez años lo que demuestra el agotamiento creativo de nuestra endogámico sistema del arte.

Cucurto se ha ganado y de pleno derecho, un lugar en la cultura argentina reciente de la mano de Eloísa la Cartonera. En realidad, no tan reciente, ya que fue él quien, en sintonía, con las chicas de Belleza y Felicidad generaron no sólo un mecanismo de difusión de material cultural cuando el corralito y el colapso financiero excluían a la juventud de esos medios sino que tambien fue parte de un circuito social de ‘liberación sexual’ cuando las condiciones de subsistencia no dejaban mucho más que hacer. Eso fue el 2001.Hoy es el 2021.  El problema ha sido, en primer lugar, que durante los primeros gobiernos Kirchneristas ese tipo de manifestaciones recibieron apoyo estatal y se transformaron no solo en el canon sino tambien, en varias ocasiones, en la política cultural oficial. En segundo lugar, aquella fue una experiencia corta que alimenta ad infinitum lo que sus dos líderes han venido haciendo, intentando vender objetos a los ricos (aquí tambien incluyo a Fernanda Laguna).

Es por esto que cuando Cucurto, en su madurez, decide mirar hacia atrás y en lugar de repensar su legado de cartonerismo cultural no hace otra cosa que travestirse de Lower East Side de los ochenta, haciendo cuadros de caballete con ciertos temas de ocasión (decolonialidad, herencia, persecusión, ser negro, etc); uno no puede dejar de ver un mero intento comercial de derivación de algo importado del Norte Global para un publico bruto que ya no quiere ni le interesa pensar las condiciones conceptuales en las que se produce arte en la Argentina. Dicho de otro modo, estamos frente al intento de los art dealers Alberto Sendrós e Ignacio Liprandi de inventar un nuevo Pablo Siquier (siempre, desde la derecha ideologica) pero para un publico con aún menos paciencia que pueda ver la asociación visual con Jean Michel Basquiat de manera inmediata. Es desde este punto de vista que la mala factura y el anti-academicismo formal y estético de los cuadros (que son adrede) siguen estando dentro de los limites del marco (cuadro de caballete burgues) y apelan, sin pudor alguno, a títulos grandilocuentes y académicos como Rey Lear de Shakespeare, Reynaldo Arenas o Francis Fanon. Mientras en Basquiat habia un juego de identificacion y desidentificacion con el mundo del arte a través de su relacion con Warhol en medio de la ebullicion del mercado del arte y lo que Iglesias llama el ‘punk tropical’ (supongo refiriendose a la presencia de un ya consagrado Helio Oiticica por esos lares); Cucurto intenta hacer lo mismo pero todo es pretencioso y snob. Lo suyo no es anti-académico sino hiper-académico, no es anti-burgués sino recontra-super-burgués y no es desidentificatorio sino pura identificacion con un proyecto ‘villero’ y ‘cartonero’ usado por la derecha para bastardear todo intento educativo formal que no pertenezca al emprendedorismo o a una escuela de negocios. Cucurto no es sino la muy desesperada punta de lanza visual de la nueva derecha Argentina. J A T

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