Segundo día que vuelvo caminando desde Chania hacia el suburbio de playa en el que me hospedo. Es un trecho de casi tres horas a pie que, sin razón aparente, trato de hacer en dos. La verdad es que hoy no iba a ir a la ciudad pero un amiguillo de ocasión que me cae relativamente bien me avisó que iba para allá por lo que le dije que me recogiera (not pun intended…) y allí fuí a cenar con otro amigo. La cuestión pareciera ser la de mantener la agenda social ocupada sin otra razón aparente que la distracción. Esto de caminar o correr en condiciones un tanto proto-Cristianas es algo que traigo de Milos, la isla en la que estuve anteriormente donde, muchas veces, salía a correr por las montañas a la hora en la que más pegaba el sol. Wolfgang, un alemán supuestamente experimentado en las artes del trote estaba horrorizado pero cuando, finalmente, no dispusimos a correr juntos yo cantaba mientras él apenas podía respirar. Hoy, mientras caminaba en medio de la nada casi tocando la medianoche y mi amiga Clara me avisaba, desde Argentina, que ya estaba lista para hablar por FaceTime tras un día de desencuentros telefónicos; me dí cuenta de que esto que estaba haciendo lo hacía casi sin baterías en el celular; es decir, al límite de quedar a oscuras e incomunicado. Si eso ocurriese no sería terrible pero algo peligroso ya que en algunos tramos estoy en giros en la altura sin nada que avise a los autos que vienen en mi dirección que estoy ahí. Hay algo medio religioso o, mejor dicho, sacrificial en esas expediciones que como cuando corro o ando en paddleboard se transforma en un espacio personal, casi una burbuja en la que puedo estar conmigo mismo en condiciones no servidas por otros.

Tras mis ‘Lecciones Cretenses’ de hace un par de días y cierta vuelta al yo-ismo que caracterizó a este blog en sus comienzos, dos comentarios sobresalieron. El primero vinculó esas ‘lecciones’ con el personajes central de La Grande Bellezza que al cumplir sesenta y cinco años decide que ya no tiene mas tiempo en la vida para ser un ‘mundano’. La otra es la inefable Silvana que, a pesar de despreciar lo ‘difamante’ y ‘dañino’ de este blog, no puede parar de leerlo y en respuesta a mi pregunta de por qué sigo escribiendo hizo una suerte de catalogo de razones, varias de ellas válidas y otras cargadas de ideología desidentificatoria. En ambos casos existe cierto maniqueísmo direccionado que no hace otra cosa que confirmar un sistema de elecciones fáciles entre opciones excluyentes.

La verdad es que vivir es mucho más complejo que decidir ser o no ser mundano ya que eso es un rasgo de identidad que depende de quién lo dice. Cómo se mide la mundanidad? Uno puede creer que tiene conocimiento profundos y esotericos que lo alejan de la mundanidad pero esos conocimientos pueden ser usados por esa persona para darle certezas de ser diferente, en tanto mas profundo, al resto de los mortales. El auto-conocimiento en ese caso se transforma o, mejor dicho, se instrumentaliza como un modo de distinguirse o sentirse superior al otro. Pocas cosas son más mundanas que eso. El mundo del arte es un campo minado de este tipo de estupidez optimista. El problema viene cuando uno y sus amigos cumplen los cuarenta y comienzan o bien a tener hijos o a temer no tenerlos y los supuestamente no mundanos se transforman en fabricantes de ruido. En el (oh terrible!) caso de que a uno no le guste la manada, uno siempre tiene la opción de una más solitaria tinderización en tiempos post-Pandemicos de aislamiento digital. Pero qué más mundano que el sexo casual como modo de encuentro? Entre este auto-rebajamiento y el catálogo de ‘éxitos’ a ser mostrados a un senado de supuestos ‘pares’ que se suponen que a uno lo validan, se dirime la mundanidad.

Pero el ser mundano es un modo de desviarse de lo que verdaderamente importa y esto está relacionado con los lutos que uno hace en la vida. Cuando me refiero al luto, no me refiero a su acepción Freudiana según la cual uno necesita reconocer el vacío dejado por el objeto del afecto que se fue, se murió o desapareció para ‘dar vuelta la página’. Digo esto porque esta version del luto es individuante en tanto funcional a la construcción de un ego que se dispone a ser productivo y eventualmente, mundano. Es por esto que, personalmente, estoy cada vez más interesado en ese otro tipo de luto en el que uno comparte un espacio intermedio con ese objeto ausente no para ‘darlo de baja’ y dar vuelta la página sino para pensar el futuro como un lugar en el que lo que uno más quiere (volver a estar juntos, obviamente) es reconocido como algo imposible lo que acaba condicionando el presente ya no como un dar vuelta la pagina sino como un vivir, pero más pesado. Y esto poco tiene que ver con obsesiones sino con reconocer que el futuro es imposible o, en el mejor de los casos, una promesa que, al final de cuentas, oculta un inacabable vacío. Frente a semejante abismo, nuestra atención se vuelve hacia el presente pero no para distraernos maníacamente sino para hacernos cargo de la densidad de lo que tenemos alrededor. Creo que esa es en gran parte la labor de este blog y por esto, a Silvana, por mencionar una mosca, le molestan los pecadillos que atentan contra la sacrosanta, según ella y tantos serios argentos, distinción entre lo publico y lo privado.

Estoy tentado, antes de irme de Creta, de preguntarle a mi landlady (quien perdió a su hijo y a su marido hace tres años), cómo hace para seguir viviendo. Desde ya y obviamente que no voy a hacer semejante pregunta. Pero, a esta altura, es una fantasía que tengo porque me interesa particularmente la relación entre un futuro cierto aunque final y un presente dificil, si se decide prestarle la suficiente atención. Mi analista, conductista, por cierto; quiere hablar de mi duelo pero estoy casi convencido de que no es la persona indicada para eso porque su negocio es el del apuntalamiento de la individuación para avanzar en el camino de la productividad y lo cierto es que muchas veces pensar que hay un lugar mejor y alternativo a lo mundano, aun sabiendo que eso es algo casi imposible entre seres humanos de carne y hueso, me da un poco de esperanza. De nuevo, aún sabiendo que esa esperanza no es sino una proyección de esa inercia por vivir que para muchos (y cómo los envidio) es algo natural. J A T

 

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