ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE SABATEZ

Hoy viví la peor experiencia de museo de mi vida: fuí al Museo Nacional de Bellas Artes, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Se permite el acceso solo con reserva previa, por protocolo sanitario. Y una vez adentro, el Museo está en manos de uniformados en negro y rojo (seguridad privada), que marcan desde el primer paso el recorrido QUE SE DEBE HACER. Es decir: no se puede recorrer en el orden que visitante quiera, sino como impone el lugar. Eso solo lo ví en la Colección Amalia Lacroze de Fortabat, y en su momento me pareció de un autoritarismo absoluto. Acá es lo mismo, con un par de agregados peores: se marca el tiempo.

Conforme avanzas por las salas y el recorrido obligado (que empieza con una exhibición sobre mujeres artistas, porque bueno), el staff uniformado te va arengando para que sigas adelante. Las excusas siempre giran en torno a lo mismo: que está entrando más gente, que no se puede aglomerar la sala (que tienen stickers en la pared con capacidad permitida, absurda en su número de admisión mínima), e incluso llegué a escuchar que uno le decía a otro: “Dale, apuralos que está llegando el malón”.

Sí: la vuelta del malón, pero en 2021!

No solo está pactado el tránsito entre salas, sino el orden de observación de las paredes de una sala. Es decir: el criterio curatorial (ponele) es el de imponer a espectadores por dónde empiezan, qué miran, en qué orden, y cuánto tiempo.

“Introducción a la esperanza” de Noé está bastante torcida. Otras obras colgadas también están arqueándose. Teléfono para el Departamento de Conservación de Obra, ya.

La exhibición temporaria de León Ferrari está bien, aunque el montaje y los “detalles de categoría”, como ver marcas de lápiz y la mala terminación de la pintura en la pared, o la línea-sticker en el suelo para mantener distancia de la obra cuasi desaparecida, son solo algunas de las otras cuestiones que menciono, pero solo para romper las pelotas con el detalle.

Faltando 12 minutos para las seis de la tarde, se nos comunicó que nos teníamos que ir, pese a que dan turnos para las cinco de la tarde. Si bien podría haber muchísimas más obras colgadas, y pisos, y salas habilitadas en el Museo Nacional de un país, me parece que en una hora (menos, en realidad) no recorres un carajo… aunque te apuren. Mal ahí, dar turnos en exceso para que se arme “un malón” o sobre el límite horario permitido.

Al bajar por la ruta pactada, quise ver la sala de Goya, pero ya había tres guardias bloqueando el acceso. Saqué encanto (?) y me dieron dos minutos para entrar, ver la obra que quería ver y que no tenía enfrente hace muchos años, y me fuí.

Iba a firmar el libro de quejas, pero prefiero firmarlo en LANP.

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